El álbum debut de Fobia no es el más viajado, ni el más comercial, ni el disco más agridulce de la banda. Ese disco sigue siendo una anormalidad dentro del canon del rock mexicano. Las letras y melodías que constituyen este álbum editado en junio de 1990, y que esta semana celebran 30 años de su lanzamiento, son un collage de influencias y contradicciones estéticas que trascienden los surcos del disco. “Raquel no seas tan juiciosa” y escucha que en este universo cohabitan las fábulas de Cri Cri y las perversiones de Pete Townshend con el Marqués de Sade.  

Fobia nunca se caracterizó por abordar las realidades del México de finales de los ochenta y principios de los noventa que otros grupos como Maldita Vecindad exploraron. No miraba directamente hacia las raíces de la música y la cultura popular mexicanas como los Caifanes, Café Tacvba o El Tri. No había letras de denuncia sobre la siempre existente tragedia nacional ni sobre las realidades urbanas de la calle, mientras que sus escenarios eran decorados con aspiradoras, flores y botargas.

Las letras del disco simplemente intitulado Fobia eran fábulas depravadas, coplas infantiles, historias de bichitos y animalitos surrealistas; con personajes obsesivos, voyeristas, y miembros de una logia de rebeldes, que en el buen sentido marxista —de Groucho— nunca pertenecerían a un club que los aceptara a ellos como miembros. Este club de reprobables, como escribió Xavier Velasco, aún se trata de un club, cuyos miembros asisten a un extenso ritual de risotadas, “que siempre se empeñaron en ser y parecer lo opuesto”.   

En la historia de Fobia, sus integrantes hicieron una banda de rock para evitar convertirse en dentistas —como su bajista Cha!, quien abandonó la escuela de odontología por unirse al circo— e ir en contra de las preconcepciones de sus padres y sus contemporáneos. Siempre hubo algo en oposición en todo el conjunto que se le llamaba Fobia.

Firmados por la disquera BMG Ariola y apadrinados por el productor argentino Marteen, la banda grabó su primera placa en Nueva York y la Ciudad de México. La portada en la que los retratos de estudio de sus integrantes —Leonardo de Lozanne, Cha!, Paco Huidobro, Gabriel Kuri e Iñaki Vázquez— alternaban con garabatos infantiles daba una pequeña pista de lo que escondía ese disco.

Ese álbum lanzado en junio de 1990 marcó el inicio de una historia que ha estado acompañada por salidas de integrantes, dolorosas separaciones y algunos de los discos más importantes en la historia del rock mexicano de los últimos cincuenta años.

30 años después de haber sido lanzado, el álbum debut de Fobia sigue sonando a una banda llena de inocencia. Es un disco juguetón con aquellas melodías siniestras y perversas, donde jugaban Pierrot, Juan Pirulero y los muñecos que habían despertado para bajar a jugar. Es ese universo donde habitaban esas criaturas fantásticas y singulares, provenientes de la imaginación de Paco Huidobro.

A la distancia, Fobia no es el disco el más fantástico. Ese lugar tal vez lo tiene Mundo Feliz. Tampoco es el álbum más experimental (quizá lo sea Leche). No es el más álbum popular (Amor Chiquito) ni tiene los elementos de tragicomedia que rodean a sus últimos dos trabajos (Rosa Venus y Destruye Hogares). El disco de debut de Fobia sigue siendo un retrato de una banda del sur de la Ciudad de México que mostró otro lado de la juventud mexicana de finales de los ochenta. Es un sonido un poco gótico, un poco azotado y con otra dosis de humor e irreverencia, que, como sus creadores, se alimentaba de cómics, rock, new wave, punk y otras influencias para contar historias fantásticas de otros mundos. Estas canciones nos siguen transportando a otro mundo donde viven nuestras obsesiones musicales más oscuras con esas criaturas fantásticas y todo pertenece a ese circo de lo fantástico llamado Fobia.  

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Antonio Becerril

Coordinador de operaciones de El Economista en línea