El presidente mexicano ha formulado su estrategia de política exterior a través de la siguiente premisa: la mejor política exterior es la política doméstica. Siendo consistente con ella, durante los próximos seis años habrá un muro virtual entre Palacio Nacional y el mundo.

De visión claramente etnocéntrica, como sucede con el grueso de la población, el presidente López Obrador no recibirá presiones políticas ni mediáticas para llenar el vacío de su agenda internacional.

La cultura internacional de la clase política de este país fue incubada a través de la relación bilateral con la dictadura cubana. Con cierto pudor, el PRI prefirió desviar la mirada de la violación sistemática de los derechos humanos por parte de Fidel y su tropa con tal de sobrevivir a través de una dictadura de partido.

Pero en el siglo XXI las relaciones internacionales no son una materia optativa. En particular, la relación con Estados Unidos nunca lo ha sido. El territorio mexicano forma parte de la estrategia de la seguridad doméstica estadounidense. Así lo entendió el presidente Bill Clinton al otorgar un préstamo por 40,000 millones de dólares en febrero de 1995. Un terremoto económico mexicano generaría réplicas de todo tipo en territorio estadounidense.

Si bien es cierto que las agresiones verbales de Trump han disminuido de volumen, no significa que haya cambiado de opinión. En sus decisiones subyace un México que le sirve a manera de un storytelling electoral; bélico y nunca diplomático; enemigo y nunca empático.

Sobre el cuarto de máquinas de Trump, le resultó agradable que Peña Nieto no haya entrado a su Despacho Oval. Su pragmatismo popular y su distanciamiento del mundo han hecho que sólo le interesen los votos.

Fue Jared Kushner y no la Secretaría de Estado quien esbozó la relación bilateral con Luis Videgaray durante el gobierno de Peña Nieto. La presión popular mexicana se hacía sentir sobre Peña cada vez que Trump mencionaba la palabra “muro”. Ahora que Trump ha dejado de recibir tarjetas diplomáticas por parte de la cancillería mexicana, el estadounidense se siente más cómodo para solicitar 8,600 millones de dólares a su Congreso. Sabe que de la cancillería mexicana no saldrá ni un solo gesto que desvele el ánimo de la relación bilateral.

Es claro que durante los próximos 18 meses el presidente Trump preferirá no encontrarse con López Obrador ni en Washington ni en México. Su figura ha entrado ya en plena planeación de su reelección.

No resulta una sorpresa el hecho de que el presidente López Obrador no haya tocado territorio internacional durante sus primeros 100 días de gobierno. Lo que resulta preocupante es el casi nulo desplazamiento internacional del secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard.

Viajó a Uruguay el 4 de febrero para acudir a la defunción del Mecanismo de Uruguay, una mesa de diálogo que nació desfasada un año y medio.

El vacío de la política exterior mexicana lo encarna Maximiliano Reyes, subsecretario para América Latina y el Caribe. Sin pudor, revela públicamente que las agendas de los cancilleres mexicano y uruguayo no han permitido sesionar avances del Mecanismo de Montevideo. Mientras tanto, Venezuela arde.

@faustopretelin

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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