Reconocimientos internacionales, pavoneos, aplausos, calificaciones sobresalientes, reformas aprobadas, muestras de colaboración partidista, en fin, el preámbulo perfecto para un guión de telenovela de corte rosa y, sin embargo, la realidad es que no pasa nada.

En efecto, la situación económica en el país no ha tenido mejora alguna y en muchos sectores se ha venido deteriorando considerablemente. Un crecimiento minúsculo, una inflación controlada pero de alto impacto en los bolsillos de los mexicanos, limitación del endeudamiento individual, incremento en la cartera vencida del crédito al consumo, Inversión Extranjera Directa limitada, recaudación fiscal con poco impacto hacia el crecimiento, desarrollo de infraestructura un tanto inútil, más inseguridad, publicidad gubernamental barata, conflictos intrapartidistas, batallas en las telecomunicaciones y un grupo considerable de bajones sociales, políticos y económicos que para nada dan muestra de un posible futuro fructífero para el país.

Tenemos una carta magna de inicios del siglo pasado para una sociedad apostando a un futuro, con la cantidad suficiente de parches para no perder ese contexto histórico pero apuntando hacia nuevos retos, al menos eso se pretende; un cambio en el sector energético ya vendido al mundo, pero detenido por las incongruencias y en ocasiones incompetencias legislativas. Un fomento empresarial que busca allanar el tortuoso camino de los hombres y mujeres de negocios en México convirtiéndose más en barrera que en aliento; una estructura educativa hundida en la época de la revolución industrial y un esquema socioeconómico que acentúa la brecha entre las ya casi totalmente polarizadas clases sociales. Y entonces, ¿qué falta?

La respuesta es simple, faltan ganas. Un sentido de ambición por un mejor México, que nos lleve a dejar la historia para construir el futuro, en conjunto con las correspondientes confianza y corresponsabilidad, que nos hagan consolidar verdaderos grandes acuerdos, son los tres elementos que sin lugar a dudas colocarían al país en un fiel reflejo de lo que la comunidad internacional espera de nosotros. Las fanfarrias son para todos, no sólo para el gobierno, pero es indispensable ser parte del cambio y no contrapeso del mismo, a la sociedad la divide mucho más que simples tendencias políticas, nos aísla la apatía y ello llevará a que, sea cual fuere la propuesta o el gobierno en turno, nos quedemos cortos en la transformación del país.

Es prácticamente imposible predecir el impacto de cualquier cambio si la restricción más grande a él es la población misma, hasta el más grande economista entendería la gran limitante que es un comportamiento social como el nuestro para una propuesta de desarrollo económico independiente de la calidad y contenido de ésta. Si alguien cree tener una mejor solución, éste es el momento.

*El mtro. Ricardo Gutiérrez es profesor del Tecnológico de Monterrey Campus Toluca. [email protected]