Es habitual comenzar el mes de enero con el propósito de anticipar lo que nos deparará el año. No obstante, la experiencia demuestra que esto suele conllevar determinadas presunciones sobre los mercados financieros.

Recordemos el caso de enero de 2014: ¿quién habría sospechado que los tipos de interés estadounidenses a diez años, que arrancaron el año en 3%, bajarían hasta 2.2%, 12 meses después, una vez que la Reserva Federal (Fed) concluyera la compra de bonos y que la economía estadounidense alcanzara un crecimiento de 5% en el tercer trimestre? ¿O bien, en el mismo contexto, que el precio del petróleo acumularía una caída de 45 % y que los principales mercados de renta variable sufrirían correcciones del orden de 10 % hasta en tres ocasiones para acabar el año en positivo?

En un mundo en el que se intensifican las tensiones -presiones deflacionistas del desendeudamiento, intervención de los bancos centrales, realidad de los ciclos económicos-, sumiendo a los mercados financieros en el caos, más vale no jugar a las adivinanzas.

La búsqueda de una rentabilidad sólida para los ahorros a largo plazo de los inversionistas se basa fundamentalmente en la gestión de los riesgos: elegir los riesgos que estamos dispuestos a asumir, esforzarnos por reaccionar de manera eficaz a los imprevistos e impedir que aquello que no representa más que volatilidad y ruido nos desvíe del objetivo que conforman las grandes tendencias a largo plazo.

El ritmo del crecimiento mundial seguirá siendo débil

La tendencia de un crecimiento mundial extremadamente mediocre, a la que contribuyen principalmente el estancamiento persistente en Europa, la ralentización china y los contratiempos en Japón, constituye el núcleo del problema en lo que respecta a la visibilidad de los mercados. Tal y como si se tratara de un dos ruedas a poca velocidad, es precisamente la debilidad del crecimiento económico mundial la que le aporta inestabilidad. Cada envite externo perturba drásticamente su equilibrio. A principios de 2014, el temporal invernal en Estados Unidos fue el primer factor que frenó bruscamente la recuperación del país. Más tarde, la subida del IVA sumió a Japón en la recesión y el conflicto de Ucrania hirió brutalmente el clima empresarial en Alemania.

En 2015, la pregunta es si el desplome inesperado del precio del petróleo, con un efecto similar al de una bajada de impuestos para los consumidores con menos ingresos, podría constituir el viento en popa que impulse a toda vela la economía mundial para que ésta recobre su dinamismo. Se trata de una hipótesis que todavía nos parece arriesgada. Incluso en Estados Unidos, donde el efecto riqueza es, en general, mucho más directo que en Europa, un sondeo reciente realizado por la cadena CNBC indicaba que tan sólo 8% de los consumidores tenía previsto gastar más gracias al ahorro en carburante. Asimismo, los pedidos de bienes duraderos y las ventas de viviendas nuevas en Estados Unidos seguían manteniendo una tendencia a la baja en noviembre. Por consiguiente, mantenemos la prudencia en cuanto a la perspectiva de una aceleración considerable del crecimiento al otro lado del Atlántico en los próximos meses y, asimismo, prevemos que se mantenga la volatilidad en los mercados.

El eterno obstáculo de la falta de confianza

Los esfuerzos por acabar con el desánimo, particularmente persistente en Europa, se topan con una alteración profunda de las leyes más básicas de los mercados. Normalmente, unos tipos de interés tan bajos y unas condiciones de refinanciación tan favorables para el sector bancario habrían permitido, desde hace mucho tiempo, impulsar la recuperación del crédito, del consumo y de la inversión. La experiencia extraída de Japón desde hace veinticinco años nos ha enseñado cuál es el mayor obstáculo para las políticas monetarias tras una crisis crediticia muy acusada: la preferencia recurrente de los actores económicos por el ahorro preventivo (un comportamiento pusilánime que refleja la falta de confianza o la limitación presupuestaria, según emane de los consumidores -sobre todo europeos o japoneses-, del sector empresarial o de los Gobiernos). Este comportamiento explica la escasísima participación que hasta ahora ha mostrado el sector bancario ante las ofertas de refinanciación con objetivo específico a precios muy reducidos propuestas por el Banco Central Europeo (BCE) (TLTRO).

El gran salto del BCE hacia las medidas de relajación cuantitativa, el inicio de la subida de los tipos en Estados Unidos, la relajación monetaria en China, así como los avatares de orden geopolítico en Grecia, Rusia y otras zonas podrían, a su manera, afectar al ritmo del crecimiento mundial en 2015, en uno u otro sentido. No sería realista tratar de cifrar hoy el resultado neto de los grandes acontecimientos de 2015 sobre el crecimiento, cuando ni siquiera sus propios protagonistas conocen cuándo sucederán o qué alcance tendrán. Nuestras carteras de renta variable, a principios de este año, se estructuran fundamentalmente en torno a sectores y temáticas que ofrecen una mayor visibilidad, independientemente de las sorpresas en el plano macroeconómico que sin duda nos deparará el 2015. Nuestras carteras de renta fija se estructuran también de manera equilibrada, con el fin de generar la máxima rentabilidad mediante un posicionamiento poco orientado a los tipos de interés (en este sentido, nos posicionamos en previsión de un aplanamiento de la curva de tipos en Estados Unidos).

Contenido de la Red Iberoamericana de Prensa Económica

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