Fue el tercer mensaje que finalmente me llamó la atención. ESPERABA MÁS... PERO PUEDE QUE TENGAS QUE SER ENCARCELADO , es un grito que apareció en el sitio de LinkedIn en noviembre pasado. DE TU DELITO A NUESTRA CORONA... NO LO TOMES PERSONAL .

En este punto, yo estaba empezando a tomarlo como algo personal. La autora una conocida lejana me había estado enviando mensajes sin sentido en las redes sociales desde el 2012. Mal momento para decir esto, pero ¿qué es lo que está pasando en realidad? , se leía en el primer mensaje de Facebook. No importa, déjame tener un par de sueños, no así... sólo una visión. ¿Eres Mariah? .

Desde el principio, no respondí. Apenas conocía a la mujer; hace más de una década vivió en el mismo pasillo que yo en la universidad. Éramos poco más que conocidas. No sé dónde vive y no tengo manera de comunicarme con ella más allá de las redes sociales. Me imaginé que el mensaje había sido enviado por error y pronto me olvidé de él.

Entonces, después de una pausa de dos años, ella volvió a surgir con otro mensaje de Facebook enviado directamente a mí: ¡¡¡CUIDADO!!! escribió, sin relación a nada. Me sorprendió lo suficiente como para hacer clic a su perfil, que, por decirlo suavemente, era angustiante. La página estaba llena de divagaciones que, cuando eran descifrables, sugerían paranoia y delirios de grandeza. Había videos, también, en los que mi conocida se quedaba mirando a la cámara durante unos minutos a la vez.

Si Internet es un foro público, entonces los medios sociales son el megáfono instalado en el centro del foro. Ciertamente que atrae a los oversharers (aquellos que comparten demasiado), los que discuten sus rupturas en estados de Facebook y tuitean sus días con detalles embarazosos. Éste es el voyeurismo moderno en su forma más entretenida. Pero también hay gente como mi conocida que parecen entrar en una categoría diferente, donde la angustia parece privada, pero se emite, intencionadamente o no, a una amplia red de espectadores. Y se parece, sospechosamente, a una enfermedad mental.

Desde el principio, yo estaba reacia a responder a los mensajes. ¿Qué iba a decir? Me sentía rara de entrometerme en lo que parecía ser un asunto privado. Seguramente alguien que la conociera mejor vería sus mensajes de Facebook e intervendría.

Nadie lo hizo. Mientras veía con preocupación su perfil los mensajes seguían llegando y sus mil y tantos amigos de Facebook se mantuvieron en silencio el no hacer nada me hacía sentir cada vez más mal. Pensé en el infame asesinato de Kitty Genovese en 1964 en Queens, en el que se registró más de una docena de personas que habían presenciado o escuchado el apuñalamiento mortal, pero no pudieron acudir en ayuda de Genovese. Si bien se demostró que muchas de las afirmaciones acerca de las personas que no estaban dispuestas a ayudar eran una exageración, las consecuencias de la historia original en los medios despertó el interés en un fenómeno psicológico social conocido como el efecto espectador, que postula que cuanto más personas estén presentes en un crimen, es menos probable que cualquiera de ellos ayude. En una multitud, al parecer, se diluye el sentido de responsabilidad del individuo. Ahora, yo temía estar experimentando un efecto espectador en la era moderna.

Pensé en otro amigo de la universidad que comenzó a comportarse de forma errática en Facebook unos meses después de la graduación. Sus mensajes sin aliento que a veces se publicaban de a 10 en un lapso de cinco minutos iban desde diatribas religiosas a comentarios sobre la última canción de Beyoncé. No puse mucha atención en el momento, pero las cosas eran mucho peores de lo que parecían.

Básicamente, en el 2009, empecé a tener más y más energía, dormir menos y menos , me dijo por teléfono hace poco, pidiendo que su nombre no fuera revelado para preservar su privacidad. Empecé a ser más religioso, y luego llegué al punto en que decidí que necesitaba administrar servicios para las personas sin hogar . Él empezó a recoger personas sin hogar y a comprarles ropa y otros artículos de primera necesidad.

Esto venía de buenas intenciones, pero era muy peligroso , dijo. Acabé fumando crack con algunas personas sin hogar, y luego decidí que era la segunda venida de Jesucristo, y era mi misión compartir la Revelación. De hecho comencé a actuar mucho como Jesús. Yo era amable y desinteresado y esas cosas. Pero también estaba loco .

Alarmados por su comportamiento, mi amigo dice que sus padres lo llevaron a especialistas, que en última instancia lo diagnosticaron con trastorno bipolar y consiguieron ayuda. Desde entonces, ha tenido algunos episodios maniacos, que a menudo se manifiestan en Internet.

Cuando revisa algunos de sus escritos, dice: Es una locura. Sólo pienso: estoy tan avergonzado, no puedo creer que lo hice. Es algo de lo que ni me acuerdo .

Él recuerda, sin embargo, que varios amigos se le acercaron, algunos le escribían para expresar su preocupación: La gente que dice: ‘Estoy rezando por ti’. Es agradable escuchar ese tipo de cosas, pero no ayudan a estar mejor, ¿sabes? . Le habría gustado que estos amigos se hubieran puesto en contacto con sus familiares, quienes no lo seguían tan de cerca en Facebook, cuando se dieron cuenta de lo extraños que se habían vuelto sus posteos.

Teniendo en cuenta su historia, me preocupaba que responder directamente a mi conocida fuera una pérdida de tiempo. En su lugar, envié mensajes de Facebook a tres personas que parecían estar relacionadas con ella. Les expliqué quién era y que estaba preocupada por su comportamiento en línea reciente. Sólo quiero asegurarme de que su familia está consciente y es capaz de ayudarla, si es que ella necesita ayuda , escribí. No he recibido ninguna respuesta.

Entré en contacto con Facebook para recibir orientación. El representante de políticas de comunicación, William Nevius, me dirigió a una entrada de blog acerca de la iniciativa más reciente de la empresa en temas de salud mental, la cual permite a la familia y amigos etiquetar mensajes preocupantes. De acuerdo con Facebook, equipos de todo el mundo revisan los mensajes dan prioridad a los más graves, como los que amenazan con autolesión y envían ayuda a la parte en peligro: información de contacto del National Suicide Prevention Lifeline (una línea de ayuda telefónica a casos de suicidio), además de sugerir charlar con una persona cercana sobre sus sentimientos.

Pero los mensajes de mis conocidos y sus actualizaciones de estado no parecían ajustarse a esta herramienta de Facebook. Cuando traté de usarla, se me preguntó si los mensajes de mis conocidos eran amenazadores, violentos o suicidas, o si hacían referencia a violencia gráfica, vandalismo o consumo de drogas. Mi respuesta fue no. No hubo espacio para posteos extraños, desordenados, preocupantes o que estuvieran fuera de la norma. Cuando les pregunté si otra herramienta se podría ajustar mejor a mis propósitos, no obtuve respuesta.

Aún en busca de respuestas, contacté a Keris Myrick, del Centro de Servicios de Salud Mental en la Administración Federal de Abuso de Sustancias y de Servicios de Salud Mental, o SAMHSA. Myrick sufre de trastorno esquizoafectivo, que es similar a la esquizofrenia, y de trastorno obsesivo-compulsivo. A pesar de sus diagnósticos, ella ha dicho que ha desarrollado mecanismos que le ayudan a vivir una vida más rica y productiva, incluyendo la creación de una comunidad de Twitter de apoyo que conoce lo que desencadena su condición.

Informar a los amigos, en línea o no, de los síntomas a detectar es importante, dijo Myrick. Puedo decir: ‘Realmente no me estoy sintiendo bien’, o algo que tal vez no haga mucho sentido, y la gente va a decir: ‘Hey, ¿qué está pasando?’ , dijo sobre sus interacciones en Twitter. Incluso en medio de un episodio errático, explica Myrick, los mensajes de preocupación pueden motivar a una persona a buscar ayuda.

Dicho esto, Myrick ha entrado en conflicto en el pasado por la posibilidad de acercarse a una persona con problemas. La enfermedad mental varía mucho de persona a persona, dijo, y no siempre hay claridad en lo que se debe hacer. Aun así, dijo Myrick, hay algunas prácticas positivas.

Muchas de ellas son cosas como no ser crítico, y extender la mano y participar en la conversación con la persona , dijo. Hay que recordarles a los amigos que la enfermedad mental es tratable y la recuperación es posible .

Myrick también sugirió llamar a la Línea de Ayuda Nacional de SAMHSA, que ofrece servicios de referencia e información en inglés y español las 24 horas del día.

Llamé. Quien me atendió me dijo que ella recibe llamadas todo el tiempo de gente como yo que está preocupada por personas que apenas conocen, aunque la modalidad de los medios sociales era nueva para ella. En cualquier caso, explicó, mis opciones eran limitadas, dado que yo no sabía dónde vive mi conocida. Incluso si lo supiera, el recurso podría ser tan drástico como tratar de conseguir su consignación a un centro de salud mental. Esto me asustó.

Preocuparse es muy amable y te reconozco por hacerlo , respondió ella, pero sólo se puede dar información a la gente, y ellos deciden qué hacer con eso . Sugirió que enviara a mi conocida un mensaje expresando mi preocupación y que incluyera un enlace a la página web de la línea de ayuda. Así que eso es lo que hice a principios de abril. Durante un mes escaneé nerviosamente mi bandeja de entrada. Y entonces, un día, hubo una respuesta: ...GRACIAS. TODA LA RED PUEDE NECESITAR UN CAMBIO , decía. ESCRIBÍ PORQUE MUCHOS HAN FRACASADO EN RESPONDER. PERO REALMENTE APRECIO LA PREOCUPACIÓN .

Y entonces se abrieron las compuertas. Mi conocida me empezó a inundar con enlaces a videos de YouTube extraños, y buscaba motivos confusos para hablar conmigo por teléfono acerca de temas no relacionados con su estado mental.

Estaba angustiada y confundida. Me pregunté: ¿qué tanto me involucro? ¿Tengo el poder para ayudarla en absoluto? ¿En qué me he metido? Al final, repetí mi sugerencia anterior, de que llamara a la línea de ayuda. Y entonces me desconecté.

En general, la experiencia me dejó abatida. Había hecho lo mejor que pude, pero no tenía las ganas suficientes de seguir. Sin embargo, dada la ubicuidad de los medios de comunicación como las redes sociales, mi instinto me dice que hay más gente que nunca como ella por ahí.