A menudo queremos vernos en el Post como una gran familia, un clan de viejos sabios, jóvenes traviesos y generaciones intermedias en una gran sede de ladrillo en el 1150 de la 15th St. NW, envueltos de bullicio y emoción, drama y propósitos. Hace dos semanas dejamos nuestro hogar; sus paredes hacían eco de nuestros placeres y angustias de 43 años, en los que algunas veces nos sentimos el epicentro del mundo. Al igual que con cualquier familia que se muda de una casa vieja, los armarios estaban llenos de recuerdos.

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La descomunal sede, que nuestra ex editora, Katherine Graham, construyó y que nunca realmente admiró, abrió sus puertas en 1972 y fue al mismo tiempo una fábrica y una oficina. (Entre 1950 y 1972, el Post ocupó un edificio en el 1515 de la calle L St., que posteriormente se unió a la nueva estructura). Los trabajadores administrativos estaban en los pisos superiores; las prensas, en los inferiores, y en medio, las unidades de negocios y la sala de redacción, donde participaban todos aquellos que forjaban palabras e imágenes. Para todos, había algo mágico al dejar el edificio todas las noches y ver las prensas, a través de las ventanas del lobby, temblar y retumbar.

El edificio fue testigo de la cumbre de la era de lo analógico y la llegada de la era digital. Por muchos años había un sólo plazo de entrega para las noticias y para los anuncios publicitarios cada 24 horas. Una primicia significaba vencer a la competencia para conquistar un espacio. Cuando salía el primer tiraje de las rotativas, los corredores se formaban en la 15 th para comprar un ejemplar y llevarlo a otras agencias de noticias o a la Casa Blanca. Las páginas del periódico se diseñaban con lápices y reglas. Los mensajes telefónicos se recibían en papelitos rosa y los teléfonos tenían cordones. La gente fumaba cigarrillos (incluso puros) dentro de la redacción. Un gran símbolo de la era de la imprenta, una linotipia, montó guardia a la entrada principal después de haber rendido frutos durante años en el sótano. Todo esto, eventualmente, cambió al tiempo que la tecnología y la sociedad evolucionaban. Un día memorable, nuestro editor en jefe, Benjamin C. Bradlee, salió apresurado de su oficina, sosteniendo un objeto circular brillante: el primer disco compacto que alguno de nosotros había visto. Dijo que podía almacenar un año de nuestros periódicos; nosotros quedamos atónitos. Nuestra transformación al mundo digital apenas comenzaba. Hoy en día es incesante. Ahora, los plazos de entrega son cada minuto.

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Antes de que apaguemos las luces de nuestro viejo edificio y nos mudemos a unas cuadras de distancia, debemos mencionar que lo que más importó no fue la vieja sede, sino las personas que estábamos ahí. Si pudieras haber seguido nuestras discusiones a lo largo de los años, habrías visto a un montón de personas ambiciosas y que se cuestionaban constantemente, conscientes de nuestras deficiencias, pero impulsados por la búsqueda de la verdad en todas sus complejidades y dificultades.

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En el 1150 de la calle 15th, los periodistas trataron de contar historias convincentes y echar luz sobre los engranes de nuestra democracia. Esto no pudo haber pasado sin el compromiso de los Graham en los años posteriores, especialmente, bajo el liderazgo de Donald Graham, nuestro director editorial hasta el 2013. Pero el milagro diario en el fondo siempre estuvo en el esfuerzo colaborativo, dependiendo de nuestras prensas y nuestros fotógrafos, de nuestros vendedores de anuncios y choferes, ayudantes de redacción y editores. Hoy, los videógrafos y los diseñadores web y muchos otros se han integrado a nuestras filas, pero la misión no ha cambiado, y no lo hará. Mientras nuestra sede, con todo y sus memorias, sucumbirá ante una bola de demolición, tenemos la intención de seguir persiguiendo las mismas complejas y confusas verdades, con un nuevo dueño y una oficina para una nueva era.

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