Washington. En enero, cuando la nueva directora de la CIA, Gina Haspel, junto a algunos de los líderes de las agencias de inteligencia declararon ante el Congreso que Irán no estaba tratando de construir armas nucleares, el presidente Trump los ridiculizó calificándolos como “extremadamente pasivos e ingenuos” y sugirió que “volvieran a la escuela”.

Haspel, quien ha pasado su carrera de 34 años en la CIA trabajando casi completamente desde la sombra, es decir, encubierta, ahora se erige como un baluarte entre Trump y la comunidad de inteligencia.

A diferencia de su predecesor, el ahora secretario de Estado Mike Pompeo, Haspel pasa gran parte de su tiempo en la sede de la CIA en Langley, Virginia, administrando la agencia día a día y manteniendo distancia con la Casa Blanca en lugar de cultivar una relación personal con Trump.

Eso le ha valido puntos con el personal de carrera que se sintió aliviado de que Trump eligiera a uno de los suyos.

Haspel puede parecer de madera. Ella habla en con tono monótono, pero fuera del escenario. Es posible que Haspel conjeture que no hay ningún beneficio en responder preguntas que probablemente la pondrían en desacuerdo con Trump, sobre Irán, Corea del Norte y Rusia, entre otros.

Después de convertirse en directora de la CIA en mayo del 2018, Haspel, quien se especializó en periodismo, le confió a un colega que sólo hubo dos resultados al dar una entrevista a un periodista: “malo y terrible”.