El poder constituyente es una cosa maravillosa en una democracia representativa. Tras las elecciones de noviembre, los analistas políticos especularon que el logro del presidente Obama, el Affordable Care Act, también conocido como ­Obamacare, probablemente estaba tan muerto como era posible. Algunos pensaron que el presidente Donald Trump podría incluso firmar un proyecto de ley, el Trumpcare, en su primer día de gobierno. Pero el viernes 28 de julio los republicanos del Senado anunciaron que su intento de revocar Obamacare se había derrumbado.

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La derrota estuvo meses en el tintero. En diciembre se publicó un documento de Google titulado Indivisible: Una guía práctica para resistir la agenda de Trump. Como antiguos miembros del ­Congreso, fuimos testigos del surgimiento del tea party y vimos el poder de la defensa local y la defensiva del Congreso. Después de la elección de Trump, recomendamos que los progresistas implementaran las mismas estrategias y tácticas restándole el racismo y la violencia. Para nuestra sorpresa, el documento de Google se volvió viral y hoy se comparte localmente entre grupos indivisibles en cada distrito congresional del país, donde participan miembros que aplican su poder constituyente.

El Trumpcare fue víctima del poder constituyente, que se basa en un principio de la democracia estadounidense: los miembros del Congreso necesitan que sus electores los vuelvan a reelegir, lo que les obliga a representar sus intereses. Cuando un grupo suficientemente grande de constituyentes demuestra en repetidas ocasiones la oposición local a un proyecto de ley, es muy difícil para los miembros del Congreso que representan a esos grupos apoyarla. Ese es el poder constituyente en acción.

No se equivoquen: los líderes de nuestro nuevo gobierno conservador estaban desesperados por decretar el Trumpcare. Pero el poder político combinado del presidente, el portavoz de la Cámara y el líder de la mayoría del Senado no fueron rivales para una cosa por demás simple: la gente habló.

Y así se demuestra por qué el poder constituyente es el poder aplicado localmente. Desde los ayuntamientos hasta las protestas por correo electrónico, los constituyentes tomaron medidas, no en la capital política, Washington, sino en sus estados de origen. Desde antes de la investidura de Trump, y en los meses siguientes, estos líderes locales se opusieron sin cesar al Trumpcare en todas las oficinas del Congreso local, en el ayuntamiento y en mítines domésticos.

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Si bien esta presión local puede haber sorprendido a algunos, su poder no podría haber sorprendido al líder de la mayoría del ­Senado, Mitch McConnell. El senador ha trabajado en política desde la Administración de Johnson, es un archiconservador y un legislador brillante. Encargado de lograr el apoyo al Trumpcare a través del Senado, no permitió audiencias públicas y repetidamente intentó hacer avanzar la legislación sin divulgar sus detalles, incluso a sus compañeros, también senadores republicanos. Es un proceso demente , dijo uno de ellos. Pero había orden en la locura. McConnell sabía que un proceso tradicionalmente metódico y abierto del Senado permitiría que la presión pública se concretara y que la única estrategia con posibilidades de éxito fuera el secreto y la rapidez: tratar de esconderlo a la gente y superar los obstáculos con discreción. Todas sus maquinaciones secretas no fueron suficientes.

Hubo muchos giros en el camino a su derrota. Hace tres semanas, un número suficiente de senadores republicanos anunció su oposición al Trumpcare para matar el proyecto de ley. Mientras que este estuvo temporalmente muerto, ­McConnell anunció que iba a avanzar en un nuevo voto para revocar el Obamacare sin un reemplazo. Pero los senadores republicanos se pusieron en contra de este esfuerzo en pocas horas. En respuesta, McConnell se comprometió a votar sobre otra versión del Trumpcare. La derrota del viernes 28 de julio marca otra muerte de este proyecto de ley zombi.

¿Por qué los falsos comienzos y fracasos? En todo el país, los defensores locales han luchado contra el Trumpcare usando la única herramienta que tienen: el poder constituyente. En Maine se coordinaron visitas estatales a las siete oficinas regionales de la senadora Susan Collins. En Alaska, viajaron a las lejanas oficinas de la ­Senadora Lisa Murkowski para compartir sus historias de salud. En Arizona, las muchedumbres se reunieron con sombrillas fuera de las oficinas del senador John McCain, mientras cantaban ¡Manténganos cubiertos! . Y cuando parecía que el Trumpcare estaba en las últimas, estos grupos en casi todos los estados celebraron más de 170 eventos en un solo día en las oficinas locales de sus Congresos para dejar claro que la oposición al Trumpcare había llegado para quedarse.

Lo sorprendente fue la amplitud y profundidad de las acciones coordinadas. Se buscaron alianzas y vínculos con activistas de organizaciones como la ­National ADAPT, Planned Parenthood, MoveOn, Ultraviolet, el Centro de Democracia Popular y Credo ­Mobile, entre otros. La característica común del trabajo de estas organizaciones en los últimos meses fue simple: el poder constituyente, aplicado sin descanso.

Esta presión hizo que el proyecto de ley y el cálculo político de McConnell fuera imposible de aplicar, dejando a los senadores de todo el espectro ideológico la responsabilidad de hundir el proyecto de ley juntos. Así, el zombi Trumpcare está muerto otra vez. No sabemos si McConnell tratará de resucitarlo. Sabemos que los republicanos han prometido revocar el Obamacare por más de siete años, y aún no se ha ido.

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