Tuapse. Un PT Cruiser púrpura circulaba rápidamente en la noche, casi derrapándose en curvas mojadas y cerradas en una misión clandestina de rescate.

Eran las 3 de la mañana. De frente, las fuertes luces de un punto de control de seguridad observaban como ojos en la noche. Sochi había quedado 96 kilómetros atrás. Éste era el borde exterior del llamado Círculo de Acero que resguarda los Juegos Olímpicos y el Chrysler tenía el objetivo de atravesarlo, hacia el vasto campo ruso que esperaba al otro lado.

La parte trasera del coche estaba llena de pasajeros, desconcertados e inquietos. La mayoría babeaba de ansiedad. Una de ellos había vomitado varias veces, pero en este momento tan crítico recargó su pata delantera, de manera tranquilizadora, sobre el hombro del humano sentado en frente de ella. El coche pasó a toda velocidad frente a la policía. Seis vidas más habían sido salvadas.

De acuerdo, el Anillo de Acero no está diseñado realmente para mantener a los coches, personas -o perros- en su interior. Se supone que sirve para mantener afuera a visitantes no deseados, no acreditados y non gratos. Pero ésa es la razón por la que el Chrysler tuvo que hacer este viaje a lo largo de la costa montañosa del Mar Negro que corre al noroeste de Sochi.

Los Juegos de Invierno del 2014 han hecho que las jaurías de perros callejeros que vagan por las calles de Sochi y alrededor de las arenas deportivas sean más visibles y vulnerables que nunca. La ciudad trató de intensificar el esfuerzo para deshacerse de los caninos, con exterminadores disparando dardos envenenados a cualquier perro suelto que encuentren. Eso provocó que los amantes de los perros intensificaran la resistencia.

En esta noche, el Chrysler tenía un encuentro con voluntarios de Moscú, quienes acababan de manejar 1,600 kilómetros hacia Tuapse; lo más lejos que podían llegar legalmente sin tener credenciales Olímpicas. Planearon llenar sus vehículos con los perros, dar vuelta y manejar 1,600 kilómetros de regreso, para salvar a estos perros callejeros de Sochi de un exterminio casi seguro.

La operación fue coordinada en Sochi por Dina Filippova, una abogada de medio tiempo que renunció a su trabajo en la gestión de constructoras, cuando se dio cuenta de que se preocupaba más por los perros que por los edificios.

Encontré seis cachorros en el parque. Yo no sabía nada de los dardos venenosos entonces. Pensé que los perros vivían felices en la calle , comentó.

Se enteró de lo contrario. Sochi tiene una gran población de perros callejeros que continuamente se repuebla y, durante siete años, la ciudad ha tenido sólo una política sobre los perros: pagarle a los exterminadores para matarlos.

Filippova se unió a otros activistas en un intento para salvar la mayor cantidad de perros -y gatos también- como sea posible. Filippova y un amigo alojan a 24 perros en hogares adoptivos temporales por 150 dólares al mes, más alimentos y medicinas, pagados por donaciones. Ella tiene cuatro perros en su apartamento. En los últimos dos años, aseguró, ha ayudado a rescatar a 500 caninos.

Sobre todo rescatamos a perros en vulnerabilidad -perros que han sufrido de abusos o que han sufrido un accidente, cachorros sin sus madres, perros en un lugar peligroso , afirmó. En otras palabras, perros que viven en un lugar donde alguien puede llamar a los exterminadores.

En el extremo de Moscú, el guerrero de la carretera es el infatigable Igor Airapetyan, de 41 años. En enero, condujo desde Moscú y rescató 11 perros de Sochi. El lunes por la noche, en Tuapse, él y tres compañeros conspiracionistas tomaron a los seis perros del Chrysler -una de ellas embarazada- y a otros 18 de otros cuatro coches.

Si alguien no lo hace, nadie lo hará , aseveró Airapetyan. Esto no va a resolver el problema, pero estamos tratando de atraer la atención al respecto. Y una vida es una vida. Salvar aunque sea una vida es importante , concluyó.