Un hombre entra a una sala de juntas donde dos mujeres diseñan el stand de la compañía para la próxima feria comercial. (Por favor, siéntese cómodamente, eventualmente esta historia se convertirá en una historia sobre género, desesperanza, y sobre si nuestra sociedad está completamente estropeada).

“Oigan, chicas, necesitamos prepararnos para esta feria,” el hombre dice. “Así que, a menos que el plan sea llamar la atención con botas largas y tops, necesitaremos un mensaje e imagen llamativos”.

La escena anterior se extrajo de un vídeo de concientización sobre el acoso sexual que, si trabajas en una oficina, probablemente hayas visto. La escena fue producida por Emtrain, una empresa establecida en California que se especializa en este tipo de campañas.

Para facilitar una discusión abierta, Emtrain pide a sus clientes catalogar la conducta inapropiada en función de una escala: amarillo (problemático), naranja (moderado), o rojo (tóxico). La idea radica en que resulta más fácil decir, “Oye Jerry, esa broma es un poco naranja,” que decir, “Jerry, eso es acoso”.

Emtrain consigna dicho video con la etiqueta naranja. Sin embargo, en semanas recientes la fundadora de Emtrain, Janine Yancey, notó algo peculiar. Cuando los espectadores ven el vídeo —el cual trata de mostrar a un jefe varón hablando del atractivo de dos subalternas— se les permite emitir preguntas y comentarios.

“Las mujeres son claras al señalar, ¡eso es rojo, es rojo!” comenta Yancey. “Y los hombres, por el contrario, dicen: ¿En verdad es naranja? Me parece amarillo”.

Antes de fundar Emtrain, Yancey ejercía derecho laboral, por lo que su razonamiento es en términos de legalidad y sabe que en el pasado los jueces no considerarían este tipo de incidentes, en lo individual, como “tóxicos”. “Sin embargo, no tenemos mecanismos para determinar cómo la reciente ola de noticias (sobre acoso sexual) podría impactar en los jurados”, menciona. En otras palabras, no es posible saber cómo ciertas conductas que en el pasado pudieron haber sido consideradas como amarillas —o incluso verdes, un ambiente laboral sano-  puedan ahora ser calificadas como rojas.

Ése es el enigma legal. Sin embargo, el asunto más delicado en esta anécdota es que pareciera que los hombres y las mujeres ni siquiera están viendo el mismo vídeo.

Yancey se refiere a la ola de noticias relacionadas con el hashtag #MeToo en redes sociales con el que mujeres declaran haber sido objeto de asedio. Las anécdotas sobre acoso sexual en las esferas de la política y el espectáculo que hoy resuenan pronto perderán cierta fama ante los nuevos casos que surgen continuamente.

En este punto sería fácil, como mujer, observar nuestro entorno y señalar a cada hombre como un depredador. ¿Qué es lo que queremos? Justicia. ¿Cuándo la queremos? Tres siglos atrás estaría bien, pero la tomaremos ahora, gracias. Y ¿qué es lo que sigue?

¿Cómo lidiar con esto? ¿Enviando a prisión a los acusados? ¿Despedirlos de sus trabajos? Rebeca Traister señaló recientemente en un ensayo en New York Magazine que ha habido quejas sobre el hecho de que las carreras de algunos hombres acusados de comportamiento sexual inapropiado puedan quedar arruinadas.

Pero ¿y qué dicen de las mujeres que jamás pudieron construir una carrera por elegir su seguridad por encima de sus sueños?  ¿Deberíamos jerarquizar los actos de transgresión? ¿Determinar que meter la mano bajo la falda de una mujer es peor que mirar su trasero? ¿Quién definiría esta jerarquía? Cabe preguntarse si tanto las mujeres como los hombres han sido contagiados por una misoginia cultural que impide notar si estas conductas son inapropiadas.

Meg Bond, una profesora en la Universidad de Massachusetts que colaboró en el grupo de trabajo sobre acoso sexual de la Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo confirma que, desde una perspectiva psicológica, los pequeños detalles suman para generar un ambiente laboral hostil. “Me preocupa que la atención a estos casos indignantes provoque que otros tipos de acoso no se contemplen realmente como un problema”.

Entonces: ¿es amarillo, naranja o rojo? Esta pregunta podría ser el punto de partida para todas las discusiones y debería implicar un juicio fácil de resolver. Es alarmante que en realidad no lo sea. Sólo basta una rápida revisión en Twitter para encontrar un ejército de hombres argumentando que esta nueva ola de conciencia significa que “ahora no tienen permitido coquetear más”.

 “¿Lo dicen en serio?” pregunta Aminatou Sow, conductora del podcast Call Your Girlfriend. “Todos saben la diferencia entre coquetear y acosar a una mujer. Las historias que hemos escuchado no tratan de coqueteo, sino sobre personas eyaculando en floreros”. (Harvey Weinstein, después de forzar a una mujer a verlo masturbarse). En relación con Louis CK, que admitió haberse masturbado frente a colegas comediantes, el columnista John Podhoretz, que escribía los discursos para George W. Bush, preguntó a sus seguidores: “¿Qué hizo él (Louis), ya sea como un asunto criminal o como un acto por el que pueda procesársele, que amerite esta exposición, aparte de ser indescriptiblemente desagradable?

 Después eliminó el tuit, alegando que no intentaba defender a CK, simplemente preguntaba sobre la legalidad de la situación.

Tal vez la pregunta de Podhoretz señala el núcleo del problema: las mujeres no hablan sobre si es “factible procesarlo o si es criminal”. El sistema de justicia criminal es lento y está diseñado para proteger los derechos del acusado, mientras que este momento cultural está estructurado para pensar en lo que no es correcto, lo que no podemos tolerar y cómo es necesario encontrar una solución de inmediato. 

La idea de que el acoso pueda confundirse con el coqueteo es verdaderamente desconcertante para muchas mujeres.

“Estoy impresionada por la cantidad de hombres que han defendido a Louis CK porque ‘preguntó’ antes de masturbarse”, dice Kristi Coulter, escritora de Seattle.

“Es nuestro papel (de los hombres) ser responsables para que las mujeres y las niñas no vuelvan a sentirse así”, dice Neil Irvin, director ejecutivo de la organización Men Can Stop Rape.

Irvin piensa en el acoso como un problema de salud pública. “No podremos arreglar esto mientras las mujeres tengan que persuadir a los hombres de que ‘esa ofensa era roja’”.