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Finanzas Personales

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Lo que enseñamos a nuestros hijos sobre el dinero (Parte 1 de 2)

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Joan Lanzagorta | Patrimonio

Joan Lanzagorta

Gran parte de la responsabilidad de los padres, es ofrecer herramientas y habilidades a nuestros hijos para que puedan enfrentar el mundo de la mejor manera posible. Porque no todo se enseña en las escuelas.

Lo que se aprende en el seno de las familias es fundamental, empezando por los valores y principios que moldean la conducta, como el respeto y la consideración por los demás, entre muchos otros.

La relación con el dinero también es algo que se forma en casa, más por lo que se hace que por lo que se dice. Porque los chicos aprenden con el ejemplo, no tanto con las palabras.

En este sentido, si en casa lo “normal” es vivir con deudas de tarjeta de crédito y pagar los mínimos, lo más probable es que los hijos, en su vida adulta, vivan de esa manera. Aunque se les hable de la importancia del ahorro.

Hay muchísimas familias en donde no se habla de dinero. Se considera un tema incorrecto o hasta sucio. Algo personal, que a los demás no les importa. En algunos casos, incluso, se le considera la fuente de todos los males.

En este espacio varias veces he hablado de mis dos educaciones financieras contrapuestas y cómo lo que viví y aprendí moldeó en gran parte mi propia relación con el dinero.

En casa, mi padre siempre fue muy desordenado y vivía con deudas. Cada vez que llegaba el estado de cuenta de la tarjeta de crédito, era todo un drama. Mis hermanos y yo nos escondíamos, porque no queríamos ser parte de él.

Mis padres no hablaban sobre dinero: discutían. Nunca se pusieron de acuerdo. Si mi madre necesitaba más (por lo general para nosotros, sus hijos) no pedía: exigía. Mi padre no sabía de dónde sacarlo y se ponía a la defensiva. Ese patrón se repitió siempre y era muy estresante.

En cambio, mis abuelos tenían completamente otra visión y otra forma de ser. Desde que se casaron, hicieron un presupuesto juntos. Mi abuela era encargada de administrar y verificar que no se gastara de más. Ella siempre dijo: “el abuelo me podía dar esta cantidad, y yo tenía que cuidarla. Nunca gasté de más, nunca le pedí más porque sabía que lo que me daba era todo lo que me podía dar. Esa era mi responsabilidad como su esposa”.

Mi abuelo nunca estaba endeudado. Usaba sus tarjetas de crédito de vez en cuando, pero siempre pagaba el total cada mes. Para él eran simplemente un medio de pago.

Mi papá nunca tenía dinero. Nunca tuvo una inversión, pero sí deudas. Mi abuelo, en cambio, tenía un patrimonio que construyó desde cero. Nunca fue rico, pero logró juntar lo suficiente para que él y mi abuela pudieran vivir el resto de su vida con la misma calidad.

Ese contraste me hizo tener claridad del camino que quería seguir. No quería ser como mi padre. No quería que el dinero (o la falta de él, causada por su desastre financiero) fuera la principal fuente de estrés en mi vida.

Pero sí quería ser como mi abuelo: ordenado, ahorrativo, previsor.

Claro que hubo otros factores que influyeron. Mi abuelo, por ejemplo, invertía de manera muy conservadora, porque él vivió los horrores de la guerra y perdió todo lo que tenía, incluyendo su patria.

Mi padre vivió crisis tras crisis, periodos de hiperinflación y devaluaciones que causaron estragos económicos. Aunque nunca tuvo inversiones, me quedaba claro que tenía aversión a la volatilidad y a la incertidumbre.

En ese sentido yo no fui como ninguno. El entorno me hizo ver las cosas con un cristal distinto. La educación financiera también, además de la experiencia, que me hizo evolucionar. Hoy soy un inversionista mucho más agresivo que ellos (pero nunca especulador, hay una enorme diferencia).

Así como aprendí yo, aprendieron mis hermanos. Las bases fueron las mismas, aunque la manera como las hemos aplicado en nuestra vida ha sido distinta.

Los hijos aprenden de lo que ven y lo que escuchan en su entorno, en su familia y en su círculo social. Su relación con el dinero la forman a partir de ello y de los pensamientos y sentimientos que eso les provoca.

A pesar de eso, es interesante darnos cuenta que los hombres y las mujeres no aprenden lo mismo, a pesar de recibir los mismos ejemplos. Esto se debe a que las mamás suelen hablar más con sus hijas y los papás más con los varones y transmiten así perspectivas muy distintas. De esto hablaré en la segunda parte.

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Joan Lanzagorta

Ejecutivo de alto nivel en seguros y reaseguro con visión estratégica de negocio, alta capacidad de liderazgo, negociación y gerencia. Además es columnista de Finanzas Personales en El Economista, Coach en Finanzas Personales y creador de la página planeatusfinanzas.com

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