La inflación se define como el aumento generalizado y sostenido de los precios de bienes y servicios en un país a lo largo del tiempo. En México, la inflación se mide oficialmente a través del Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC), el cual refleja la variación de los precios de una canasta de bienes y servicios que se consumen.

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) es responsable de medir este índice y la información se compara quincenal, mensual y anualmente para observar la variación de los precios de un periodo a otro y, así, conocer la inflación.

Los precios de cada concepto genérico el INPC considera 283 conceptos para el cálculo se comportan de forma distinta debido a que son más sensibles a diferentes efectos. Por ejemplo, hay productos más expuestos a los mercados internacionales como el arroz y el trigo; hay precios más sensibles a decisiones gubernamentales, como el agua, la luz, el transporte público, la tenencia y la gasolina, y otros que obedecen a fenómenos climatológicos que afectan de manera importante a los productos agrícolas y ganaderos.

Cada uno de los productos que componen el INPC tiene una ponderación diferenciada en función del porcentaje del gasto que representa para las familias; de esta manera, el INEGI mide la proporción del gasto familiar en cada concepto y asigna el peso que tendrá en el INPC. Es así como se llega al número que leemos en periódicos y escuchamos en las noticias cuando se habla de la inflación.

Una de las principales funciones del Banco de México (Banxico) es precisamente controlar la inflación, cuyo objetivo, desde el 2001, se estipuló en 3%, y sería justo mencionar que se ha logrado mantener cercana a esa cifra hasta el 2016. En este 2017 el escenario es más complejo debido a circunstancias como el incremento en el precio del combustible y la fuerte depreciación del peso frente al dólar estadounidense. Ambos factores son claros detonadores de inflación que pueden llevar a intervenciones del Banco de México para mantener cierta estabilidad mediante un posible aumento de tasas de interés.

Ahora bien, esta inflación medida por el INEGI, controlada por Banxico y que se publica en todos los medios de información, es en realidad una muestra estadística que puede ser muy distinta de la inflación real que cada uno de nosotros está experimentado. Los hábitos de consumo de cada persona y familia son diferentes y la proporción de la canasta del INPC puede resultar lejana del comportamiento de los consumidores que compran productos de importación, artículos de lujo, consumo discrecional, tecnología y otros conceptos que o no se encuentran en el INPC o su peso es considerablemente más bajo.

La inflación a la que usted se encuentra expuesto puede ser totalmente diferente a la de su hermano o su vecino. Dichas distorsiones obedecen a sus variadas necesidades, hábitos y preferencias de consumo y alcance económico. Si una familia tiene necesidad de comprar una medicina de importación de manera recurrente para un tratamiento, su inflación se verá impactada por los movimientos del tipo de cambio. Por otra parte, no es comparable el alza de precios que experimentará en un mercado sobre ruedas que en un supermercado de lujo. El efecto inflacionario tendrá repercusiones en diferentes escalas en familias con más holgura económica que en familias más desfavorecidas, pero aun en individuos con la misma capacidad económica, la inflación de cada uno de ellos puede divergir sin percibirlo.

La capacidad de ahorro se puede ver afectada si la inflación crece y el ingreso se mantiene fijo. El efecto inflacionario puede ser muy discreto y silencioso; por ello, debemos ser muy conscientes y conocer nuestros hábitos de consumo para que nuestra inflación personal no afecte nuestra economía familiar.

El autor es VP Internal Networks BP & P de BBVA Bancomer.

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