Hace cinco años en Timbuktu, una ciudad al norte de Mali, los goles se marcaban sin pelota, se imaginaban, llegaban desde el pensamiento, el lugar donde creamos o sugerimos las ideas más macabras o más maravillosas del mundo. Y el Mundial, por ejemplo, nos hace soñar que todo es posible.

Entre marzo del 2012 y febrero del 2013, un grupo extremista islámico tomó el control de tres ciudades al norte de Mali, África y una de ellas fue Timbuktu, donde se prohibieron todos los actos occidentales, incluido el futbol. Las reseñas cuentan que los habitantes se las ingeniaban para jugarlo sin balón en una cancha que estaba a las afueras de la localidad en medio del desierto del Sahara o escuchar los partidos de la Champions League. El futbol les ayudó a vivir o a olvidar. Que nadie menosprecie el poder de la pelota.

¿Por qué tendrá atención en el mundo la final entre Francia vs Croacia? El futbol no da soluciones a los problemas, pero sí alegrías. Nadie, en su sano juicio, no se emocionó con el ‘gol que no fue’ de Pelé en México 1970, el milagro húngaro en Berna o el salto hasta la luna de François Omam-Biyick ante Argentina.

Francia y Croacia tienen el reto de hacernos sonreír, olvidar que hay que pagar una renta, que eres el presidente de Francia y saltes de tu butaca perdiendo la compostura y gritando gooool como si quisieras que tu garganta estallara y también —¿por qué no?— imaginar que el mundo tiene esperanza.

Joe Sacco, periodista y caricaturista, relata en Historias de Bosnia, que los hombres de la antigua Yugoslavia tenían un sentido tan patriótico que en la guerra les podrían cortar las cabezas a todos y sacarían fuerzas para ponerse en pie. Si eso es una teoría, Modric, Rakitic, Vida, Perisic comprobaron que es real. Croacia representa la historia del pequeño, el débil, el sometido, que de repente, resurgen con valentía, agallas y pundonor.

Francia es el talento trabajado, el que se ha cultivado tanto que en algún momento dará resultado. A Griezmann si le apetece puede ser el canciller francés en cualquier nación, su imagen de nacionalismo y compromiso la envidia cualquier diplomático. Una final para reivindicar el esfuerzo como bandera o el talento como la premisa máxima. La pelota nos sentará frente al televisor para imaginarnos —al menos por un rato— que todo está bien.

Hace unos años, Miguel Ángel García Vega escribió en El País un artículo que se llamó: “El futbol, balón de oxígeno social” y allí relataba una charla que tuvo con un alto directivo del Real Madrid: “Hay algo que nunca ha dejado de sorprenderme (...) Y es que 100,000 personas en paro griten enardecidas a 22 personas que ganan millones de euros. Y, a la vez, que haya cientos de familias en dificultades económicas que se gasten 100 euros por acudir al estadio”.

Ahora mismo no hay ninguna parte del mundo donde las tensiones estén rebajadas. Que si Donald Trump nos plantará el muro, que si Brasil nos engañó pensando que América Latina podría ser primermundista, que si en México la corrupción “es cultural”, que si en África hay más de 300 millones de personas que pasan hambre, que si París es ya el sitio más inseguro del mundo o que si en Asia será donde estalle la guerra nuclear.

¡Qué paradójico!, el Mundial en Rusia, el sitio temporalmente neutral, hace años y ahora mismo vive tensiones. Pero ahora la pelota los cita y todos pueden tomar una copa de vino sin problemas, brindar y tirar sonrisas.

Millones de personas verán la final. Una potencia y un underdog. Dos modelos, dos estilos, personalidades que hacen que un chico de Mali, Panamá, Estados Unidos, México, Corea, Nueva Zelanda se identifique y diga: “si yo tuviera que definir mi personalidad como un equipo sería Francia o Croacia”.

A nadie le cae mal que sea un partido majestuoso, es más el mundo lo necesita para sonreír, que en estos tiempos no es poca cosa.