Sí, así es José Antonio Morante de la Puebla, un torero gitano que salió de vena al ruedo de la Plaza México para regalar un concierto de espontaneidad, cadencia y temple, para cortar dos orejas y proclamarse como el triunfador del festejo, potentado de un toreo fino, artístico y que cala fuerte en el ánimo de los aficionados.

Fue la decimocuarta corrida de la Temporada Grande en la Plaza México, el de la Puebla del Río conectó fuerte con el público asistente como hacen los artistas consagrados, sin trampas, lanceando con cadencia a la verónica, derrochando arte en su faena de muleta con adornos fantásticos como el soberbio trincherazo o el desdén, una vitolina, el de las flores o las tandas cargadas de temple tanto por el lado derecho como por el lado natural que remató con un extraordinario pase de pecho, lento, pasmoso y muy coreado. Mal la estocada y saludó en el tercio.

Saltó al ruedo el quinto de nombre Debutante y de Teófilo Gómez, la ganadería titular, para que Morante hilvanara lances magníficos a la verónica y realizara un perfecto quite por chicuelinas de brazos bajos y lentos que le corearon a rabiar.

Pases templados, suaves y de juego envidiable de muñeca prendieron el ánimo en los tendidos por lo embebido que iba el burel en el engaño mientras la gente no daba crédito a lo que estaba presenciando. Una tanda de naturales que rayó en lo sublime más el remate con trincherazo y un desdén que coronó de un espadazo de efectos mortales para recibir los dos apéndices al término de su labor.

Por su parte, Octavio García el Payo tuvo dos labores destacadas, de mano firme, templada y valerosa, que le valieron una fuerte ovación en su primero y saludos en el tercio, tras matar al segundo de su lote.

Fermín Espinoza IV no tuvo suerte. Su primero fue muy protestado, tardó en matar y le pitaron, y con el segundo de su lote tuvo voluntad, pero se eternizó con la espada y fue silenciada su labor.

Destacaron los subalternos Gustavo Campos y Rafael Romero en banderillas y brega respectivamente.