Londres. El tiempo de decir adiós llegó. Al momento, se agolpan en su mente los recuerdos. Sucede aquella tarde de 1992. Michael Phelps, merodea una piscina en Baltimore. Observa que ahí, debajo del agua, se encuentra la fórmula perfecta de acallar los gritos de sus padres en las peleas que se han vuelto cotidianas. No obstante, al chico le asusta imaginarse ahí, nadando a toda brazada y encuentra mil pretextos para evitarla.

Me duele la cabeza, voy a vomitar, tengo frío , son las excusas más recurrentes del pequeño. Pero Michael no sabe aún que será justo en el agua donde su destino habrá de fraguarse. Veinte años pasarán para que Phelps se convierta en una leyenda. En unos años, los largos brazos, musculosos, habrán de hacer historia.

Michael es diferente a sus compañeros de escuela. Mientras los alumnos de Towson High School, preocupados, apuran a estudiar para pasar los exámenes finales, él no. Ha optado por dejar los estudios para convertirse en el símbolo de una nación. Su imagen ya está por todos lados, en espectaculares, carteles, comerciales, televisión.

Y carga una enorme dosis de confianza pues a sus 15 años decide competir en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 donde es el atleta más joven de su delegación. Y queda quinto en su competencia, los 200 metros mariposa. ¿Qué hacemos ahora? , se preguntó ese día su mentor, Bob Bowman. Trabajar para Atenas , contestó Phelps.

Empezó a vivir una ocupada vida: atención a los patrocinadores que comenzaron a llegar, entrevistas. Todo en su tiempo libre. Porque vive en la piscina. Se dedica todos los día a perfeccionar su técnica.

Hay quien siente compasión por la carga emocional y de trabajo que tiene entonces el chico ya a sus 19 años. Él no. Trabaja para conseguir medallas y lo logra en Atenas, donde se cuelga seis oros. Pero quiere más.

Porque Michael tiene, sin duda, un don en el agua. Y junto con su talento físico, mide 1.93 metros y pesa 88 kilos, está también su mente firme, sin miedos. Y por eso ni se inmuta ante las miradas escrutadoras de quien lo ve como el próximo Mark Spitz, aunque en realidad, su objetivo va más allá de una marca. Quiero que la natación se vea en todo el mundo, así como ven un Mundial de Futbol .

Como un profeta. Porque para Beijing 2008, Phelps se quedaba con ocho medallas. Empezaba pues el mito. El Tiburón de Baltimore nacía y todo mundo estuvo atento a la hazaña. Récord del mundo y medalla tras medalla, de un lugar a otro, competencia en competencia, Michael se había convertido en una estrella que lo mismo figuraba en el show de Oprah Winfrey que dedicaba tiempo una fundación que cre+o con el premio que obtuvo en Beijing.

No bastaba a Phelps eso. Quería seguir trabajando, construyendo y romper las mejores marcas del mundo. Trabajaría, incansable para eso. Nunca he tenido unas vacaciones desde que recuerdo . Pero se ha cansado Michael de tanto nadar. De todas las ciudades que he visitado, lo único que conozco son el aeropuerto, el hotel y el centro acuático .

Y el sábado, en el Aquatic Centre de Londres encontró el lugar exacto para empezar a vivir ese sueño. Aunque al inicio de los Juegos decepcionó por no lograr el oro en los 200 metros mariposa, su especialidad.

Pero eso no opacó al brillante Phelps que volvió a la competencia con más fuerza que nunca. Porque la decepción no es una palabra que esté en su vocabulario. Y ahí, en la Mantarraya, el hombre amante del hip-hop, de las hamburguesas, ídolo estadounidense, leyenda olímpica con 22 medallas, 18 de ellas de oro, la última conseguida en los 4x100 combinados, dijo adiós, maravillado, volando como una mariposa, como el niño insaciable, que alguna vez le tuvo miedo al agua.

cristina.sanchez@eleconomista.mx