Acostumbrado está Ryan Lochte a sumergirse una y otra vez en el agua. No está compitiendo, tampoco entrenando. Atiende una a una las filmaciones de comerciales y sesiones de fotos a las que se ha comprometido con sus sponsors. Es el precio de la fama. Y del talento. Ése mismo que lo ha llevado a ganar medallas y a romper récords como los del fin de semana en Estambul.

Considerado el siguiente Michael Phelps, Lochte ha logrado impregnar en cada competencia un rasgo suyo. Ya sea por su afán de competir en su speedo color rosa, o por su estrafalario grill (un tipo de joyería que se pone en los dientes). Quizá también por los 130 pares de zapatos que llenan su armario y entre los cuales, los consentidos son aquellos que tienen la bandera de Estados Unidos como principal adorno.

El nadador estadounidense, quien se adjudicó cinco medallas en los pasados Juegos Olímpicos de Londres 2012, ha confesado que si algo le gusta es la libertad. Por eso nada, bracea, se aventura y, sobre todo, disfruta. Porque tiene claro que, para él, el deporte es diversión, siempre y cuando vaya precedido de un arduo y serio trabajo.

Ryan Steven Lochte nació el 3 de agosto de 1984, un año antes de que lo hiciera el ídolo Michael Phelps. Fue un extraño neoyorquino al que le gustó el futbol soccer como primer deporte, pero que tuvo que dejar porque su familia se mudó a Florida.

Optó entonces por el skate, el surf y la natación, en la cual inició su práctica a los cinco años, en cierta parte, gracias a que su papá Steven era entrenador de esta disciplina. En sus planes entonces se fijó la meta de, algún día, participar en unos Juegos Olímpicos.

Sería sólo 20 años después, cuando Ryan habría de comenzar a figurar al hacer su debut en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, donde consiguió la plata en los 200 metros combinados detrás de Phelps y el oro en los 4x200 libres, en equipo con Michael.

Cuatro años después, justo cuando Phelps vivió su mejor momento en una competición olímpica al romper todos los récords hasta entonces impuestos, Lochte tuvo que conformarse de nuevo con estar a la sombra del Tiburón de Baltimore y quedarse con dos bronces individuales y dos oros en equipo.

No fue sino hasta Londres 2012 cuando, por fin, Ryan comenzó a sacudirse la maldición que significaba Michael al vencerlo en los 400 metros libres y empezar a escribir su propia historia, la misma que el fin de semana le dejó con seis oros en el mundial de piscina corta de Estambul e imponer dos récords mundiales en los 100 metros combinados (50.71 segundos) y en los 200 metros combinados (1:49.63 minutos).

Así, Lochte parece querer cumplir la profecía que dicta que en la natación habrá pronto un nuevo rey… el de las piscinas del mundo.

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