La Alianza Francesa de Polanco tiene nueva fachada. Simula ser una terminal del Charles De Gaulle. El pasaje de avión cuesta 170 pesos, aproximadamente. Más si uno quiere viajar en primera clase (asientos, vino y la presencia del Embajador).

La clase turista tiene mesas y productos de todos los patrocinadores del evento. Las aeromozas ofrecen pólizas de seguro, cerveza, destinos para el siguiente viaje. Lo curioso del avión es que casi no hay franceses, sólo mexicanos que con cierta maldad o masoquismo (dependiendo del resultado) se meten a las trincheras del enemigo durante la guerra.

A las 12:30 de la tarde, mi acompañante se fuma su primer cigarro, con todo y que es vuelo de no fumar. En los alrededores de la Alianza, varios niños que acaban de salir de clases del Liceo Francés portan sus camisetas con cierto orgullo y a la vez miedo. Los padres caminan de prisa.

Despega el avión, con el capitán Márquez y su copiloto Torrado. Hay turbulencia: muchos amonestados. El avión no tiene paracaídas en caso de empate o emergencia.

Los aficionados mexicanos entonan el Cielito Lindo para calmar los nervios.

Los pocos franceses que se dieron cita en la Alianza no muestran muchos sentimientos. Una Selección así -para sus estándares- genera indiferencia.

El árbitro pita el final. Los mexicanos salen en hordas por el gusano de la entrada, celebrando el primer gran triunfo de un país que no esperaba aterrizar. El vuelo ha sido un éxito.

Todos pasan la aduana del Ángel, que hoy podría ser remplazado por otro símbolo: una pelota o un Chicharito. A unas cuadras el siempre fiel Cuauhtémoc, y en el otro sentido, la Diana. Ambos símbolos igual de necesarios.