Tramposos olímpicos ha habido muchos. Mucho tiempo antes de que salieran a la luz casos como tan famosos como el de Ben Johson, quien pasó a la historia por haberse valido de trampas para conseguir la gloria olímpica que después le fue retirada al comprobarse su dopaje.

Sin embargo, uno de los primeros casos de tramposos en la historia de los Juegos Olímpicos fue sin duda el del estadounidense Fred Lorz. La tercera edición de la justa veraniega de la era moderna, había resultado una intensa lucha entre las ciudades de Chicago y San Luis para adjudicarse la competencia que se llevó a cabo en 1904.

Fue al final la ciudad de San Luis la elegida como sede de la justa que por primera ocasión entregó medallas de oro, plata y bronce en los 91 eventos que se disputaron en la justa entre los cuales se encontraba el maratón y fue precisamente esa disciplina por la cual son especialmente recordados esos Juegos.

Era la tercera ocasión que se corría el maratón y aún no se había establecido bien la distancia a recorrer, así que para esa ocasión fueron 42.300 kilómetros los que los aún inexpertos atletas tenían que disputar.

Una prueba extenuante, en la que Lorz fue uno de los 14 que cruzó la meta y lo hizo en primer puesto.

Apenas unos pasos adelante, lo esperaba ya la hija del presidente, Alice Roosevelt, para tomarse la foto con el ganador. Fred entonces festejaba su triunfo, disfrutaba los aplausos y daba entrevistas a la prensa.

Minutos después apareció Thomas Hicks, quien llegó segundo y al ver a Lorz festejando fue con los jueces y les dijo que nunca había visto a ningún corredor que lo rebasara. Fue entonces que Fred tuvo, obligado por Hicks, confesó que el trayecto se le había hecho muy pesado y decidió hacer gran parte del recorrido en el coche de su entrenador.

Los jueces decidieron inhabilitarlo de por vida, y aunque en 1905 lo perdonaron y ganó el Maratón de Nueva York, Lordz pasó a la historia como el primer tramposo en la historia olímpica.