Iván Rakitic no conocía Croacia, pero ese día se dio cuenta de que la extrañaba.

Jugaba para la selección sub 17 de Suiza, país donde nació, creció, se formó como futbolista y le dio refugio a Kata, su madre de origen bosnio, y Luka, su padre nacido en Croacia.

Ellos decidieron marcharse en 1987 de Croacia por la ola de represión de la policía serbia en contra de los ciudadanos croatas, que sería uno de los antecedentes de la guerra de Yugoslavia que estallaría en 1991.

Rakitic recuerda el día del juego en el que Suiza se enfrentaría a Croacia.

“Ese partido siempre lo tengo en mente, porque fue el que menos he disfrutado en mi vida”, reconoció al diario El País. Jugar contra la nación que vio nacer a su padre le creó sentimientos de nostalgia, de incomodidad. Pero lidió con ellos.

Esos sentimientos regresaron cuatro años más tarde, en un partido contra la sub 20 de Bosnia-Herzegovina. Ese día se dio cuenta de que no podía mantenerse como elemento de la selección suiza, pese a que ese país le había dado todo. Quería representar el país de su padre. Por eso, cuando llegó la convocatoria de la sub 21 de Croacia en septiembre del 2007, no tuvo duda de aceptarla. Y así sigue hasta ahora.

La familia de Kovacic —de origen bosnio-croata— también tuvo que huir de Croacia por la guerra. Si los Rakitic encontraron refugio en Suiza, ellos los hicieron en Austria.

En 1994 —cuando la guerra en casa vivía sus últimos años—, la familia le dio la bienvenida a Mateo, su primer hijo. El niño nació y creció en Linz, una ciudad al oeste de la capital Viena. Ahí también conoció el futbol. Se formó en el LASK Linz y a los 13 años llamó la atención de clubes como el Ajax, Inter de Milán y Bayern de Múnich.

Pero él y sus padres rechazaron las ofertas de esos clubes y decidieron regresar a Zagreb, la capital croata, que en ese entonces ya se había recuperado de la guerra.

A su llegada, lo inscribieron en las divisiones juveniles del Dinamo Zagreb y casi inmediatamente fue convocado para la selección sub 14 croata. Aceptó.

Tiempo después diría que nunca se planteó aceptar un llamado a la selección austriaca. Porque, si bien era la nación que lo vio nacer y crecer, él se sentía croata por sus padres y lo confirmó cuando vivió sus primeros días en Zagreb.

Luego pasaría por todas las divisiones inferiores hasta que debutó con la selección mayor. Rusia 2018 es su primer Mundial.

El fallecimiento de Josip Broz —el presidente y militar yugoslavo— en 1980 propició que las regiones del sur de Yugoslavia, como Croacia, se convirtieran en los bastiones de la oposición. Los estadios croatas se convirtieron en sitios de expresión en contra del gobierno, que mayoritariamente estaba integrado por serbios y donde los aficionados expresaban “un nacionalismo croata reprimido”, de acuerdo con Loïc Tregoures, académico de la Universidad Católica de Lille autor de la tesis Futbol, política e identidad en la ex-Yugoslavia.

El estallido de la guerra de Croacia en 1991 hizo que cientos de familias croatas emigraran a otros países como Suiza, Austria, Alemania y algunas naciones escandinavas. Cuando el conflicto terminó en 1995, el seleccionado pudo participar en la eliminatoria para la Eurocopa de 1996. Calificó en primer lugar, por arriba de Italia, aunque en el torneo fue eliminado en cuartos de final por la anfitriona Inglaterra.

Su actuación hizo que los ciudadanos croatas encontraran un motivo para sentirse orgullosos de su país y de sus orígenes, explica Tregoures en su investigación. Ese sentimiento incrementó cuando el equipo terminó en el tercer lugar en el Mundial de Francia 98.

Miroslav Blazevic, seleccionador de aquel equipo, diría después que ninguna nación se identifica tanto con su selección como Croacia.

“Los croatas nos reencontramos con nosotros mismos en el futbol. Es un símbolo de identidad nacional”.

Los cantos de los aficionados croatas apoyan las declaraciones de Balzevic. El más popular dice:

“Juega mi Croacia. Cuando te veo, mi corazón se enciende”.

De acuerdo con datos de ambos gobiernos, la guerra de Croacia dejó, por lo menos, 20,000 muertos y al menos 447,000 desplazados. La familia de Luka Modric pertenece a este último grupo.

Cuando cumplió seis años, su familia sufrió los efectos de la guerra. Stipe, su padre, fue reclutado por el ejército croata. Mientras que el resto de los Modric tuvo que abandonar Modrici, el pueblo donde vivían, porque el conflicto armado se acercaba a la localidad.

La familia recurrió al nomadismo. Fue de hotel en hotel por todo Croacia, al tiempo que Luka participaba en partidos improvisados para distraerse. Pero la tragedia de la guerra los alcanzó. En diciembre de 1991, su abuelo y otros seis civiles fueron ejecutados por rebeldes serbios en el pueblo de Jesenice, que se encontraba a dos horas de su hogar.

Cuando la guerra concluyó, los Modric inscribieron a Luka en la primaria y regresaron a su pueblo. La familia observó, en 1998, cómo su selección se quedaba a un paso de avanzar a la final del Mundial y el infante quedó maravillado por el desempeño de Davor Suker y compañía.

Hoy, esta generación puede superar a la selección de 98. Pero primero deberán vencer a la Inglaterra de Gareth Southgate.

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