De pronto apareció Oswaldo Sánchez dando pequeños brincos, al mismo tiempo que agitaba sus brazos, con un gesto de enojo, frustración, mientras hacía un enorme esfuerzo por contener las lágrimas y miraba de reojo hacia el otro extremo de la cancha, en donde ya todo el plantel de Monterrey abrazaba a Jonathan Orozco, su arquero, el héroe de la noche, quien los llevó a Japón con una soberbia actuación evitando una catástrofe.

La mirada perdida, las lágrimas que se alcanzaron a asomar en el rostro de Oswaldo contrastaron con los cientos de abrazos, jalones de cabello y palmadas en la espalda que se llevó su colega, quien permitió que su equipo cayera por sólo 2-1 (ganando 3-2 en el global), en una noche que jamás olvidará, que significó el pasaporte al Mundial de Clubes, la revancha para Rayados, que en diciembre fracasó al caer sorpresivamente ante el Kashiwa Reysol de Japón.

Fue tal el dolor del arquero de Santos, equipo que cayó por cuarta ocasión consecutiva en una final, que mientras los campeones festejaban con la poca gente que viajó desde Monterrey, se acercó a Aarón Galindo y le cuestionó de manera injusta la desafortunada acción que terminó entregándole la copa a los visitantes.

Y es que a ocho minutos del final, cuando parecía que los locales tenían todo para llevarse el torneo de la Concacaf, apareció Neri Cardozo, argentino que recibió una pelota en los linderos del área y sin pensarlo mandó disparo que se estrelló en Galindo, quien desvió el balón a su arquero, que instantes después ya hacía rabietas, presagiaba lo peor, una final más quedando en la orilla, la cuarta en apenas dos años.

El tanto rayado apagó las voces del Corona, fulminó la intensidad con la que jugaba Santos, esa misma que lo llevó a emparejar el global momentáneamente y que de no haber sido por Jonathan Orozco, se hubiera ido en su favor.

Primero apareció Daniel Ludueña, a segundos del descanso, con un riflazo de media vuelta, a unos pasos del área grande, para poner la pelota en el ángulo y dar esperanza a los suyos, a Benjamín Galindo, a toda la Comarca. Y después, al 51 fue Oribe Peralta quien aprovechó un rebote dentro del área para meterle el empeine al esférico y ponerlo en la orquilla, decretar el 2-2 y hacer sentir el pase a Japón más cerca que nunca.

Pero no. El resultado fue el mismo de casi todo el partido, compromiso en el que Orozco voló una y otra vez para sacar goles que ya festejaba la afición, tras disparos de Iván Estrada, Carlos Darwin Quintero y Oribe Peralta, quienes saben que el villano no fue su compañero Aarón Galindo, sino que el aguafiestas fue el guardameta rayado.

Por eso, apenas Roberto García Orozco decretó el final del partido, de la nada Jonathan ya tenía a todos sus compañeros encima, quienes lo rodearon hasta desaparecerlo en una bolita y lo señalaban con el dedo índice, para dejar claro que si anoche salieron airosos del Corona, fue gracias a sus felinos reflejos. A unos metros, Oswaldo respiraba hondo para contener las lágrimas, ansioso de volver al vestuario, envidiando a su colega, quien quería que la noche no terminara.

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