En esta ocasión, la televisión se encuentra empotrada en el tablero de un microbús. Las orejas de conejo están torcidas, y el canal 5 parece transmisión bloqueada de Pago Por Evento. Ángel, el chofer de la unidad, al que peyorativa o cariñosamente le dicen Gordo , se prepara para zarpar.

Brasil empezará su participación en Sudáfrica en unos cuantos minutos. En el sitio de taxis contiguo hay un pequeño borlote: resulta que el partido de la verdeamarelha, la única otra obsesión mundialista permitida de todo aficionado terrestre, será transmitido en exclusiva por uno de los servicios de paga. Hasta donde yo me quedé, el futbol más hermoso del mundo era gratis, un derecho fundamental. Lo podíamos ver en las condiciones que fuera. Inclusive en unas tan hostiles como el televisor de cinco pulgadas en blanco y negro durante el zigzageo de un pedazo de latón con ruedas en Calzada de Tlalpan. Ahora no: el balón es un privilegio, como tantas cosas. El pan es Wonder y el circo Ringling.

Toda proporción guardada, es como cuando en Bolivia privatizaron el servicio de agua hace unos años. La reacción es similar: sacrificas una cosa por otra. Ángel, que tiene una chiva uniformada al mismo nivel que la virgencita en el vidrio delantero de su unidad , como el le llama al micro, piensa un poco. Al final se decide. Me espero a las tres , sentencia. Saca la llave y se va con el resto de los compañeros. Yo, por mi parte, me siento en una película de los cincuenta. O en una historia de Cristina Pacheco. Es culpa de los grandes consorcios: nos trasladaron su melodrama chafa a la vida real.

Lo curioso: el partido será narrado en radio. Pero ya a nadie parece importarle.