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Capital Humano

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El abogado que no se automatiza

La inteligencia artificial está transformando la práctica jurídica, pero el mayor desafío para los abogados no es tecnológico, es aprender a convertir el conocimiento legal en criterio, estrategia y soluciones para sus clientes.

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La inteligencia artificial está transformando la práctica jurídica, pero el mayor desafío para los abogados no es tecnológico.sFOTO: SHUTTERSTOCK.

Jimena Sánchez

Quienes llevamos tiempo dedicándonos a la prestación de servicios legales enfrentamos un reto que va mucho más allá de aprender a utilizar inteligencia artificial. La tecnología nos está obligando a revisar algo más profundo: la forma en la que entendemos nuestro trabajo y asistimos a nuestros clientes.

En la realidad laboral actual es inviable ofrecer estrategias viejas para problemáticas nuevas. Las empresas están cambiando más rápido que muchas de sus estructuras jurídicas. Automatización, inteligencia artificial, nuevas formas de trabajo, reducción de jornada, transformación sindical, nuevas generaciones, productividad y modelos de negocio cada vez más flexibles conviven con una práctica legal que, en ocasiones, continúa siendo excesivamente rígida.

Por eso, quizá la pregunta no sea qué queda del abogado cuando una máquina puede leer, comparar y redactar más rápido que él. La pregunta debería ser qué tipo de abogado necesitan hoy las organizaciones.

Durante mucho tiempo confundimos sofisticación jurídica con complejidad. Documentos extensos, opiniones llenas de citas, estructuras rígidas y respuestas jurídicamente impecables que terminaban con una pregunta del cliente: “Está bien, pero ¿qué hago?”

Ahí está probablemente una de las transformaciones más importantes que necesita nuestra profesión. El cliente no contrata únicamente conocimiento de la ley. Contrata criterio para tomar decisiones. Quiere saber qué puede hacer, qué no debería hacer, cuánto riesgo existe, qué alternativas tiene y cuáles son las consecuencias de cada una. Y, cada vez más, necesita esa respuesta rápido.

Eso no significa simplificar el Derecho. Significa hacer mucho más sofisticada nuestra capacidad para traducirlo en decisiones prácticas. La tecnología debería devolvernos tiempo para pensar.

La inteligencia artificial puede localizar información, comparar documentos, organizar antecedentes, construir cronologías y producir primeras versiones en minutos. Bien utilizada, es extraordinaria, pero su mayor aportación a la profesión jurídica quizá no sea hacer más rápido lo que ya hacíamos.

Debería permitirnos dejar de invertir tiempo en tareas que aportan poco valor para dedicarlo a las que realmente importan. Entender el negocio del cliente. Sentarnos con Recursos Humanos y Operaciones. Conocer una planta. Escuchar a las personas. Entender por qué existe un conflicto antes de decidir cómo enfrentarlo. Construir escenarios. Negociar. Prevenir.

En materia laboral esto es particularmente importante porque pocas decisiones ocurren exclusivamente dentro de la ley. Una terminación puede ser jurídicamente viable y empresarialmente inconveniente. Una modificación organizacional puede ser perfectamente válida y generar un conflicto colectivo si se comunica mal. Una estrategia agresiva puede ganar un litigio y perder una relación laboral que tomó años construir.

El cambio más profundo en la función del asesor jurídico

Quizá una de las mayores rigideces de nuestra profesión está en la forma en que respondemos. Durante años, parte del valor del abogado se construyó alrededor de identificar riesgos. Y eso sigue siendo indispensable. Pero identificar un riesgo no equivale a resolver un problema. Cuando un cliente pregunta si puede hacer algo, la respuesta jurídica más sencilla muchas veces es “no”.

La respuesta útil es más complicada: “Así no. Pero podemos hacerlo de esta otra manera.”

Ese cambio parece pequeño, pero transforma completamente la función del asesor jurídico. El abogado moderno no debería ser únicamente quien establece límites. Debería ayudar a construir caminos jurídicamente responsables para que el negocio pueda avanzar. No se trata de flexibilizar el cumplimiento de la ley. Se trata de flexibilizar nuestra manera de encontrar soluciones dentro de ella.

El abogado necesita entender el negocio y éste probablemente es el cambio más importante. Un abogado que no entiende cómo opera una fábrica difícilmente podrá diseñar correctamente una jornada. Si no entiende productividad, será complicado asesorar sobre una reducción de horas de trabajo. Si no comprende la cultura de una organización, difícilmente anticipará un conflicto colectivo.

Podemos conocer perfectamente la Ley y aun así dar una mala recomendación, porque la mejor respuesta jurídica no siempre es la mejor decisión empresarial.

Nuestro trabajo consiste precisamente en encontrar el punto donde ambas pueden convivir. Eso requiere salir del escritorio. Preguntar cómo funciona la operación. Entender qué quiere lograr el cliente antes de explicarle por qué algo presenta riesgos. Conocer sus restricciones financieras, operativas y humanas. En otras palabras, dejar de comportarnos exclusivamente como prestadores externos y empezar a funcionar como socios del negocio.

Durante décadas la formación jurídica estuvo construida alrededor de una premisa: primero había que pasar años haciendo trabajo mecánico para eventualmente tener acceso a la estrategia. Ese modelo empieza a perder sentido. Si una herramienta puede hacer en minutos una parte importante de la investigación que antes tomaba horas, mantener a un abogado joven exclusivamente realizando esas tareas no lo está formando: probablemente está retrasando su formación.

Tenemos que enseñar antes a preguntar, analizar, escuchar, negociar y tomar posición. El abogado joven tendrá acceso a más información jurídica que cualquier generación anterior. Su ventaja competitiva no estará en encontrarla, sino en saber qué hacer con ella.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a llegar más rápido a una conclusión, pero no debería decidir cuál es la conclusión. Por eso el verdadero riesgo no está en automatizar demasiado, sino en dejar de pensar porque podemos automatizar.

Estamos viviendo una transformación extraordinaria del mundo del trabajo. Discutimos jornadas más cortas, productividad, inteligencia artificial, nuevas relaciones colectivas, flexibilidad, trabajo remoto y organizaciones menos jerárquicas.

Sería paradójico pretender asesorar esa transformación manteniendo intacta nuestra propia forma de trabajar. La inteligencia artificial probablemente automatizará una parte importante de lo que hacemos. Y eso puede ser una excelente noticia.

Nos obliga a concentrarnos nuevamente en aquello por lo que realmente deberían contratarnos: criterio, experiencia, estrategia, creatividad y capacidad para resolver problemas.

Quizá el abogado que corre mayor riesgo no sea el que no se automatiza, sino el que teniendo toda la tecnología disponible, sigue pensando y asesorando exactamente igual que hace veinte años.

Jimena Sánchez

Especialista en Derecho Laboral, relaciones humanas y estrategia organizacional. Combina enfoque legal y entendimiento operativo para anticipar riesgos, optimizar recursos y acompañar la toma de decisiones estratégicas con impacto sostenible.

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