La violencia contra las mujeres no es (sólo) un asunto de mujeres. Es (también) un asunto de hombres. No porque ellos, todos, sean agresores, sino porque muchos de ellos no lo son ni quieren serlo ni toleran la violencia de los demás. Y porque la violencia machista también les afecta.

Jackson Katz se ha especializado en programas para prevenir la violencia de género, en particular contra las mujeres, en Estados Unidos. Sus libros y programas educativos se dirigen a los hombres, rompiendo así con los relatos estereotípicos que cargan a la víctima con la tarea de protegerse o tomar medidas para (intentar) evitar que otros (los hombres) la agredan. Lo que el autor y quienes imparten programas basados en su método plantean es que los hombres pueden y deben ser agentes activos en la prevención de la violencia machista, contra las mujeres, la población LGBTTII y contra otros hombres.

Según explica en un artículo,?Katz se dirigió en un inicio a deportistas como figuras populares que para muchos representan un modelo a seguir. Si éstos no sólo evitaban y condenaban la violencia sino intervenían para evitarla, darían un potente mensaje a sus compañeros y admiradores. Luego?amplió su campo de trabajo a estudiantes universitarios y militares, entre otros, en talleres que hoy incluyen a mujeres.

El autor de The Macho Paradox no se enfoca en el agresor ni en la víctima sino en quienes están presentes en una escena potencial o actual de violencia: los bystanders, es decir, los testigos presenciales. ¿Por qué ellos? Porque no están directamente involucrados en la situación o acción, pero la ven; porque tienen un criterio propio y pueden intervenir o adelantarse a los hechos. Esto parte del supuesto de que no todos los hombres son violentos ni todos toleran o aplauden el machismo o la homofobia. Tampoco son todos cómplices pasivos de la masculinidad violenta, aun cuando romper con los pactos de silencio que ésta impone no sea fácil.

La clave para que los testigos?presenciales no se queden al margen, en la inacción, es que se den cuenta de que vale la pena romper el silencio y la apatía, aun cuando corran el riesgo de marginarse del grupo en un principio. Que sepan que su acción es necesaria y transformadora para ellos mismos y para el grupo. Así, mediante trabajo de discusión y acción en grupo, se busca cambiar las actitudes y conductas individuales y colectivas, de modo que todos rechacen el código implícito de fraternidad en la violencia y adopten un código de ética que reivindique la no violencia.

A través de programas educativos y folletos basados en estas ideas, organizaciones como MVP Strategies difunden propuestas concretas que conviene mencionar. Invitan a no quedarse callado ante una situación de violencia, a examinar la propia conducta para no reproducir el sexismo; a buscar ayuda profesional YA , si se es o se ha sido agresor; a reconocer la homofobia y el sexismo y manifestarse contra ellos , a informarse sobre las causas de la violencia de género, no financiar el sexismo comprando?revistas y materiales que degradan a las mujeres, apoyar el trabajo de las mujeres contra ?la violencia y enseñar a otros a no ser violentos. Se propone pues asumir una actitud crítica y proactiva desde un reconocimiento de los efectos negativos del machismo en mujeres y hombres y desde la propia responsabilidad.

No se trata de promover un falso heroísmo: el testigo debe actuar midiendo el riesgo. No es lo mismo intervenir solo en una pelea que oponerse al acoso contra un compañero gay o impedir que el amigo salga del bar con una chica borracha a la que puede violar. Lo que importa?es intervenir, de inmediato o después, no como protector paternalista de la víctima sino como testigo responsable y solidario con ella, como agente de no violencia.

Esta alternativa contra la reproducción de la masculinidad violenta, centrada en los hombres, es una de muchas opciones constructivas que el Gobierno de la CDMX pasa por alto en sus pésimas campañas contra la violencia machista.

lucia.melgar@gmail.com