Por el momento mi nombre no importa. Baste señalar que nací en la víspera de 1879 en el Salto, Uruguay. Dos meses después quedé huérfano de padre. Cierta mañana, según me contaron, al arribar al puerto del río, un perdigón de su escopeta se disparó de manera accidental. Su muerte, dicen, fue instantánea.

Mi madre, Juana Pastora Corteza, le guardó luto por poco más de una década. Se volvió a casar, ahora con Ascencio Barcos, quien se convertiría en mi mentor durante un lustro. No obstante, cuando yo tenía 17 años, sufrió una hemorragia cerebral y, casi inválido, tuvo la fuerza suficiente para vencer la parálisis que lo ataba y suicidarse de un balazo.

Con el dinero que me heredó, en 1900 viajé a París donde conocí a Rubén Darío. Buen escritor, este nicaragüense. De vuelta a Uruguay, publiqué mi primer libro, lo que me colmó de gozo. En ese año, sin embargo, la fiebre tifoidea se llevó a mi hermana Pastora y a mi hermano, Juan Prudencio.

Para 1902, Guzmán Papini publicó en el periódico una nota en la que calumniaba a mi amigo Federico Ferrando, quien, pese a que nunca había cogido un arma, retó al infame a batirse en duelo. Héctor Ferrando, su hermano, compró una pistola de doble caño y, cuando les enseñaba a usarla, estalló una bala perdida en alguna de sus cámaras y maté a Federico.

Héctor y yo dimos aviso a las autoridades que, luego de mostrarles cómo sucedió el accidente, se convencieron de mi inocencia y, al cabo de unos días, me dejaron libre. Pero seguir viviendo en Uruguay era pesado, por lo que le pedí a mi hermana María asilo en Buenos Aires.

En Argentina, me reencontré con mi maestro Leopoldo Lugones, quien me invitó a trabajar en Misiones, cuyas selvas son magia pura. De regreso a Buenos Aires, me enamoré de Ana María Cires, con quien me casé y a quien le construí con mis manos una casa en San Ignacio. Tuvimos dos hijos, Eglé y Darío. Y si bien Ana María se mostraba débil en la naturaleza, tomó una decisión fuerte y atroz: se suicidó con un veneno que prolongó su agonía una semana, tras la cual quise aniquilar a su fantasma, quemando su ropa y pertenecías. Fue en vano. Sin ella la vida perdió sentido.

Volví a Buenos Aires para dedicarme a nuestros hijos, a escribir y publicar. Gané prestigio literario en la hipócrita sociedad bonaerense. Conocí a María Elena Bravo, amiga de generación de Eglé, con quien me di una segunda oportunidad: nos casamos y fuimos a vivir a Misiones, en donde nació la menor de mi estirpe.

María Elena, sin embargo, tampoco se adaptó a la vida selvática y se llevó a nuestra hija a Buenos Aires. Tiempo después enfermé y me atendí en un sanatorio de la capital del país. Los médicos determinaron que padecía cáncer de próstata, una enfermedad que en la década de los treinta era incurable.

¡Qué caso tenía prolongar los dolores, la miseria del cuerpo, el olor a naftalina del hospital! Así que, en 1937, hace 80 años, yo, Horacio Silvestre Quiroga Corteza, hijo de Prudencio, salí a dar un paseo por los alrededores de la clínica en donde estaba internado, compré cianuro en una farmacia y, a mi regreso, lo mezclé con agua y me bebí mi vida de cuentista, de hombre de selva, de uruguayo signado por un destino griego, de un solo trago.

¿Y saben qué? Mi vida no es más interesante que mi literatura.

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