Un amigo me lo hizo notar hace unos días: en Perros de reserva sabes quién es el policía desde la primera escena, me dijo mi amigo Jorge. Es el chivato que acusa a Mr. Pink de no haber dejado propina . Lo primero que hice al llegar a mi casa fue poner el DVD, ¡y es cierto! Tim Mr. Orange Roth, que después resulta ser un policía encubierto, acusa a Steve Mr. Pink Buscemi de no haber dado propina en la escena que abre la película. (Si no sabe qué escena es, vaya a YouTube y busque Reservoir Dogs tipping scene , de los mejores diálogos de los últimos 20 años).

Ese tipo de guiños, esos detalles que no necesariamente notas durante la película (a mí me tomó más de una década darme cuenta de lo de Mr. Orange y solo porque me avisaron), hacen de las cintas de Quentin Tarantino obras de ingeniería cinematográfica. Sus personajes, sean robados, prestados u originales (todo lo que pasa por el tamiz tarantiniano acaba siendo original) tienen una psicología creada cuidadosamente. Otro de mis detalles favoritos: en Kill Bill, Budd, un samurái vago que vive en un tráiler y que es lo bastante irresponsable como para vender su sable en El Paso, sirve las bebidas a sus visitantes en frascos, no en vasos. Solo es un instante, una mirada de un instante al gabinete de su cocina. Ni un vaso a la vista, solo frascos de mermelada viejos.

Tarantino no solo es un aparato digestivo de influencias, como algunos críticos le señalan cada vez que estrena película. Sin él, el cine independiente norteamericano no habría sido la fuerza renovadora que fue durante los 90 y la década de los dosmiles. Sin el éxito de Tarantino la casa productora Weinstein no sería el monstruo que hoy en día decide cómo se juega el juego en Hollywood.

Soy fanática de Tarantino. Era una niña de primaria cuando vi Pulp Fiction en el cine. Fue como ir al cine por primera vez. Claro, antes ya había visto westerns y El Padrino con mi papá, sin mencionar decenas de cintas vistas cada fin de semana en el cine (si algo debo a mis padres es hacerme una verdadera cinéfila), pero lo de Pulp Fiction fue otra cosa. Fue el encuentro con el cine de mi generación.

No soy la única. Recuerdo a mi amiga Loana tomándome de la mano cuando Uma Thurman se enfrenta a Lucy Liu al final de Kill Bill vol. 1, transida de emoción. Recuerdo a Guillermo diciendo Necesito cualquier citan de Marcellus una vez que perdió la chamba. Somos los niños de Tarantino y tenemos 30 años.

Así que fui a ver Django sin cadenas como quien va a visitar a la familia. No es la mejor imagen: a la familia no siempre se le ve con gusto. La memoria es una rosa con muchas espinas, escribió Sciacia, pero mis recuerdos tarantinescos pican y sangran, pero no duelen. Tarantino es, quizá, un estado mental. Así estoy yo cuando veo sus películas: atarantada.

Si escucharon Finde, el podcast de entrenamiento de este periódico (vayan ahora: eleconomista.mx/podcast, pestaña Finde) que conduzco, habrán oído una gran reseña por Cheko, mi compañero de micrófono (otro niño de Tarantino), mejor que cualquier cosa que yo pueda escribir en mi actual estado atarantinamiento. Así que repito dos brillantes observaciones de Cheko:

1. Django, el personaje de Jamie Foxx, es un reflejo de la historia afroamericana. Cuando lo liberan, Django pasa de inmediato de esclavo a pimp vestido de terciopelo azul rey. ¿Eso es racista? No: el personaje de Django es un ejemplo la dignidad. El tipo tiene clase. Aunque Tarantino usa el despectivo nigger con absoluta libertad en casi todas sus cintas, sus personajes negros nunca se odian a sí mismos.

2. Eso, claro, exceptuando a los negros que sí se odian a sí mismos como Stephen (un Samuel L. Jackson sacado directamente de La cabaña del tío Tom), el mayodormo del dueño de plantación interpretado por Leonardo Dicaprio. Como dice Cheko, Stephen es como un labrador color chocolate, dócil y atento a cualquier necesidad de su amo. Samuel L. Jackson, a quien Tarantino hizo el epítome de lo cool en Pulp Fiction, da en Django la mejor actuación de su carrera.

Django sin cadenas debe estar llena de esos guiños a los que hice referencia al principio de este Garage. Quise ser una crítica responsable y anotar algunos. No pude. Quedé atrapada instantáneamente en las aventuras de Django y el doctor King Schultz (Christoph Waltz, quien se va a refrendar el Óscar que se llevó en 2010 por Bastardos sin gloria). Me tragué mi distancia crítica con las palomitas.

Mi parte favorita de Django: la desafortunada cabalgata de unos blancos pre-Ku Klux Klan cuyas máscaras les impiden ver por dónde van (uno de ellos, por cierto, es Jonah Hill). Es un anti-homenaje a El nacimiento de una nación de D. W. Griffith.

Tengo que volver a ver Django. A lo mejor dentro de diez años me doy cuenta de otro de los guiños de Tarantino.

klm