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La vejez tiene el estigma de la devastación física y, casi siempre, mental. Poco queda del hombre al paso de los años y lo que sobrevive es una vaga sombra de lo que fue.

En De la vejez , que forma parte de los Diálogos (Servet, 1968) del filósofo romano Cicerón, se hace una defensa de esa edad en la que se rebate la imposibilidad de los viejos para realizar negocios; o la debilidad que los anula; o la falta de goce en los placeres de la vida, y, por último, la muerte próxima.

Uno de los argumentos del pensador latino es el que dice: ¡Cuántas cosas recuerdan ¡La inteligencia permanece en los viejos, si permanece el estudio y la aplicación, no sólo en los hombres ilustres y que han tenido cargos públicos, sino en los hombres que han vivido reposados y retirados. Sófocles compuso tragedias hasta en plena vejez .

Esto en los días actuales es asunto que puede convertirse en tragedia. Aun los sabios, los hombres lúcidos, son susceptibles de padecer los estragos de la ancianidad.

Thomas de Quincey, en Los últimos días de Kant (Premia, 1978), anota que el filósofo conocía perfectamente su condición, y ya en 1799, le oí decir en una reunión de amigos: Caballeros, soy viejo y débil, e infantil, y debes tratarme como a un niño .

El autor de La crítica de la razón pura terminó sus días en su lecho. Apenas si hablaba, susurraba algunas palabras y se mostraba en exceso sentimental. Murió en 1804, poco antes de cumplir 80 años.

Mientras que la escritora británica Iris Murdoch (1919-1999), considerada como una de las mentes más brillantes de las letras inglesas de la segunda mitad del siglo XX, fue víctima del Alzheimer. La enfermedad la alcanzó en 1990 y quedó a merced de la anulación de sus facultades mentales, que se trasladaron a un punto cero. Su marido, el crítico y biógrafo John Bayley describió las penurias de su esposa en Elegía por Iris (1999), texto que dio lugar al filme Iris (2001) de Richard Eyre. En la película, la novelista fue interpretada por Kate Winslet y anciana por Judi Dench.

Un ocaso terrible es el de Gabriel García Márquez. En Vivir (Grijalbo, 2012) de Julio Scherer, aparece una anécdota que pinta de cuerpo entero la situación en la que se encuentra uno de los escritores fundamentales del siglo XX.

Cuenta el periodista que Gabo pidió verlo. Esa cita se cumplió el 15 de mayo, día en que murió Carlos Fuentes. En pocas palabras, el autor de Cien años de soledad estaba indefenso, avasallado por los demonios del Alzheimer. Preguntó por la esposa de Scherer, muerta hacía varios años y hecho que García Márquez conocía a la perfección. Luego olvidó el nombre de su amigo invitado y después fue incapaz de escribir el apellido del periodista. Todo esto hace decir a don Julio: Me resultaba claro que nunca más vería a García Márquez y obedecí a un impulso: despedirme de él... .

Un médico, Miguel Alvarado, con ironía comentaba: La vejez carece de ventaja alguna. Todo duele y todo pesa. Se equivocan los que la alaban. Ahora se vive, por ejemplo en México, un mayor número de años, sólo que con padecimientos crónicos.

Por todo esto, un retrato memorable es el que hace el austriaco Michael Haneke en su filme Amour (2012). Crónica implacable, como todas las películas de tan aguerrido cineasta, observa los últimos días de una profesora de piano octogenaria, que está acompañada por su marido, quien comparte gustos musicales y afectos, es la ruptura de los esquemas melodramáticos y la entrada a un mundo realista y devastador.

La vejez es un retorno en donde el olvido es parte de los días. La vida se borra, se vuelca al vacío y la noche interior es inexorable. Obra maestra del cine actual, la película obliga a las reflexiones, es una entrada a un territorio en ruinas que nunca se quisiera habitar.