Al dedicarme al estudio y enseñanza de la economía cultural, despunta que a la gran mayoría de los emprendedores culturales, y no pocas veces a quienes ya tienen negocios en operación, les cuesta un enorme trabajo aprender la amplia gama de conocimientos que se demanda para ser un empresario cultural. Uno de esos elementos tiene que ver con la caracterización del sector.

La culpa no está sólo en la frágil educación que evidencian en estos menesteres quienes deciden emprender y de la cual ciertamente no se les puede acusar. Otras culpas se reparten entre grandes empresas del campo, negadas a dar paso a la identificación sectorial, a la competitividad y el comercio justo. En los distintos actores del sistema educativo, cuyas zonas de confort les impiden reformar planes de estudio y en las autoridades de gobierno en cultura, economía, comercio, del trabajo, estadística y hacienda pública.

Tantas décadas de desaciertos que poco han servido si nos atenemos en lo inmediato a la manera en la que el Conaculta, Banorte, la Secretaría de Economía y Nafin decidieron enfrentar no sólo un impresionante rezago, también el incumplimiento de un compromiso del programa sectorial del presidente Calderón (Eje 8, Industrias Culturales). Cerca de ellos, el INEGI intenta, en la presión que demanda una cifra mágica, desahogar lo básico de la Cuenta Satélite, el instrumento que cubre la carencia de sector cultural.

Renuente a una mayor profundización que cimiente no sólo lo que se busca, sino lo que se necesita, el Instituto hace lo que puede con lo que dispone: un sistema de clasificación industrial que para nuestro ámbito se enreda con las pocas definiciones que tiene y que es de difícil desagregación para medir el impacto de la economía cultural.

La convocatoria pondera un oasis, cuando en realidad es un espejismo en virtud de que el pragmatismo lo puede todo ante el paso de tortuga que es academizar las políticas y sus programas. Lo es por el mecanismo y el monto: un donativo de Banorte por 1 millón de pesos. Es decir, dame que yo no tengo (para eso). Recibir es dar: por un lado, la deducibilidad (¿o de qué forma se operará ese dinero?) y por otro, la exclusividad ante la competencia (banco que se toma sin pudor los conocimientos generados por distintos especialistas para, en breve, incursionar comercialmente en el nicho ). Lo es por el desplante lleno de pirotecnia del subsecretario Marón cuando ofrece lo que no tiene, 120 millones en garantías (negocio para los bancos), recursos que, en su caso, serían imposibles de aplicar habida cuenta la inconsistencia conceptual y normativa. ¿Cómo explicar la ominosa desproporción so pretexto de emprendedores en pueblos mágicos ?

Es evidente que, sin leer a Muhammad Yunus, los promotores de los 10 regalos de 100,000 pesos no se tomaron la molestia de repasar por encima lo que el TLCAN nos dejó: sin reserva y sin sector cultural. El Sistema de Clasificación Industrial de América del Norte dividió en 20 sectores de actividad en el nivel más general, en 94 subsectores, 304 ramas, 617 subramas y, en su nivel más detallado, en 1,049 clases de actividad, según nos educa el INEGI.

De los 20, el sector cultural se encuentra disperso (discusión con bostezo) en los que siguen: 31-33 Industrias manufactureras; 43 Comercio al por mayor; 46 Comercio al por menor; 51 Información en medios masivos; 53 Servicios inmobiliarios y de alquiler de bienes muebles e intangibles; 54 Servicios profesionales, científicos y técnicos; 61 Servicios educativos; 71 Servicios de esparcimiento culturales y deportivos, y otros servicios recreativos; 72 Servicios de alojamiento temporal y de preparación de alimentos y bebidas; 81 Otros servicios excepto actividades gubernamentales, y 93 Actividades legislativas, gubernamentales, de impartición de justicia y organismos internacionales y extraterritoriales.

Lo que sigue está aún más interesante. No se lo pierda.