La semana pasada fallecieron Eduardo del Río, Jaime Avilés y Luis Enrique Délano. Con Rius bebí café en Mazatlán, con Lumbrera chico compartí el gusto por la tauromaquia y las bebidas espirituosas, mientras que Poli antologó para Ficticia un libro de cuentos, de cuatro generaciones de cuentistas chilenos, obra que presentamos a lo largo de Chile, desde Santiago a Puerto Mont.

Hace poco, en un conversatorio sobre el exilio español, comenté un tanto en broma, un tanto en veraz que, después de que perdimos la Guerra Civil, la realidad nos seguía derrotando en lo que José Gaos llamaría transtierro, pues en la actualidad España es gobernada por una monarquía parlamentaria y, México, por una democracia capaz de engendrar presidentes como Fox, Calderón y Peña.

Tal visión, la de los vencidos, la pensé luego de la única charla de café que tuve con Eduardo del Río, de quien se dice que educó a medio México con sus historietas de Los Supermachos, Los Agachados, sus muchos libros para principiantes y otros que suman más de cien, en los que Rius enfatiza una posición de izquierda frente al mundo, postura muy mexicana en la que, con una sola mano de pintura, se cree que es suficiente para cambiar la realidad. En la misma carrera de Filosofía tuve varios amigos marxistas, leninistas y antitaurinos que sólo habían leído Marx y Lenin para principiantes, respectivamente, y Toros sí, toreros no. ¿Y así cómo se puede ganar la guerra?

Con Jaime Avilés la historia es otra. También él era de izquierda, pero más intenso que Rius. Yo, en mi calidad de cronista taurino como Pepe Malasombra, y su padre, don Jaime Avilés, quien se firmaba Lumbrera para escribir de tauromaquia, nos conocimos tirándonos dagas venenosas de periódico a periódico, so pretexto de la chicuelina antigua y el quite de oro, discusión que acabamos por dirimir con un pollo y un frasco de Bacardí en El Tío Luis.

A partir de entonces nos convertimos en amigos y vivimos varias aventuras, como desenmascarar al furibundo antitaurino Superanimal una vez que irrumpió en una charla en el Palacio de Iturbide, falsificar dibujos taurinos que los propios artistas falsificados nos autentificaban o pretender una tauromaquia mexicana con toros de cuatro o cinco años, bravos e íntegros en sus cornamentas como en sus demás partes anatómicas al salir al ruedo.

A la muerte de don Jaime, Jaime hijo tomó la estafeta y escribió unos pocos textos taurinos con el sobrenombre de Lumbrera chico. Pero con Jaime, más que amistad, nos unía mi admiración por algunos de sus trabajos periodísticos que son verdaderas joyas de humor negro, además de que nos solíamos descubrir a deshoras en el Covadonga para endulzar con ron la realidad de un país sin aparente salvación.

Otro amigo que pensaba que el bien común es más importante que el personal fue Poli de Policarpo, el nombre que su madre no le quiso poner; de Polifemo, como le dijo Pablo Neruda al nacer , novelista y cuentista nacido en España, nacionalizado chileno y exiliado político en México por una década.

A Poli me lo presentó Leo Mendoza. Y entre los tres, más 33 cuentistas chilenos, hicimos el libro Después del 11 de septiembre. Narrativa chilena contemporánea, que reúne relatos a 30 años del golpe militar de Pinochet, y recorrimos Chile presentando dicho trabajo porque hay crímenes que no merecen el perdón ni el olvido.

Un rasgo de Poli que siempre me llamó la atención era que, a pesar de ser varios lustros mayor que nosotros, también era más fuerte y más jovial. Incluso una noche que, en casa del escritor boliviano Yuri Soria-Galvarro, le quemamos las patas al diablo, todos perdimos la compostura mientras que Poli parecía un lord inglés.