El apartamento del economista Winston Licona está en el noveno piso de una de las Torres Procoil. Goza de un ventanal con una espléndida vista de este céntrico punto de Bogotá. Conmueve mirar la iglesia de Monserrate allá en lo alto, montada en los verdísimos cerros que bordean el altiplano, el cual se desparrama al pasear los ojos por la Avenida 19, una arteria que conecta con el eje ambiental Jiménez de Quesada. En este vértice se iba a construir la sede del Centro Cultural de España. El terreno vacío es testimonio de la fuerte caída de la cooperación ibérica, tan valorada en Latinoamérica. Un boquete difícil de cubrir. Los españoles han demostrado por años que la diplomacia cultural es una forma de ser ante el mundo.

La desnudez del predio en este retorno a Colombia, por unos momentos, fue un signo contrastante ante el profundo desconocimiento que los candidatos presidenciales tienen sobre la política exterior de la nación que, ni modo, uno de ellos gobernará. El triunfador recibirá una cancillería orgánica y estructuralmente disminuida, con un presupuesto que indica el menosprecio, tanto del mandatario como del Congreso, hacia sus tareas, rol por lo demás oscuro y titubeante, prendido a los designios de los asuntos de seguridad nacional, a los paladines de las secretarías de Hacienda y Economía, a las coyunturas que visten de lentejuelas un paraíso turístico para que se diga que en el mar las crisis son sabrosas.

En el salinato se vivió el último intento por impulsar el reacomodo de la intervención internacional de México, del ejercicio del poder suave y de su articulación con los intereses de la agenda económica y política. Al recorrer el barrio de La Candelaria, recuerdo la primera cita mexicana en la Feria del Libro de Bogotá. En 1993, se ocupó un pabellón de Corferias. En esos días, con la presencia de Carlos Fuentes, abrió sus puertas la Casa de Cultura de México, modelo que vio su fin en el año 2000, poco antes de concluir el sexenio de Zedillo. Correspondió al último priísta de esa era el implante de convertir a la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) en apéndice de otros despachos.

José Ángel Gurría es quien tomó una ruta de la cual hace desmemoria, tan cómodo él en la OCDE, misma que Jorge G. Castañeda intentó revertir en la llamada transición política. Fue el secretario, y no Fox, el que promovió un vuelco con fuerte acento en la diplomacia cultural, labor que destruyó Derbez a su llegada. Obsesionado por alcanzar la OEA, le entregó a Patricia Espinosa, miembro del Servicio Exterior, una dependencia en ruinas. Sobre ellas ha caminado. La estela es clara: no por ser del Servicio se hacen mejor las cosas que cuando el canciller y otros funcionarios del despacho no lo son.

En medio de tanto desgano, como ejemplos el desvanecimiento de los escasos institutos que tenemos en ciertas naciones, la falta de interconexión con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el torpe manejo del año cultural con Francia y la nebulosa ley y Agencia de Cooperación, sobresale, precisamente en Bogotá, el Centro Cultural Gabriel García Márquez del Fondo de Cultura Económica, erigido bajo la gestión de Consuelo Sáizar. Es el eco de una diplomacia cultural que pudo ser. Casi 12 años de panismo la echaron por la borda. En alguna medida también el director del FCE, quien de pronto decidió abandonar el proyecto de la nueva sede en Argentina. Díez-Canedo debe una explicación.

LO QUE VALE, LO QUE SIGNIFICA

La cinta Miss Bala, que llegó en febrero al Festival de Cartagena, movió el interés de un distribuidor. Los números: tres copias, 2 mil espectadores y pérdidas por casi 4 mil dólares.