La sentencia fincada por los conocedores de que las primeras líneas de un poema, un cuento o una novela son en buena medida definitivas para atrapar a cualquier tipo de lector se confirma en Los niños de Dios (Editorial Ítaca, 2010): Sentir y ver la sangre ahora, quince años después de la primera vez, le provoca aún el mismo escalofrío, la misma sensación de angustia que registró su cuerpo aquella tarde gris y lluviosa de San Diego cuando los niños de Dios comenzaron a pasar por sus manos hábiles de cirujano .

Las palabras que siguen son aún más violentas. Detonan los imaginarios del quirófano, del bisturí zanjando todo aquello que en el mercado negro de órganos puede alcanzar cifras inimaginables de dólares. Un negocio que campea en el orbe tanto como el narcotráfico, pero que Sergio Gómez Montero ubica en distintas ciudades de México, Estados Unidos y Canadá, amplio territorio en el que se mueven los personajes de una novela sin par, en estos años de producción literaria en nuestro país.

Nació en Morelia, el Distrito Federal fue su núcleo formativo, deambuló la República como educador, es parte de la generación que encarnó el movimiento estudiantil del 68, de la izquierda radical de los años 70. El activismo político de Gómez Montero tiene base en la docencia, la investigación, la gestión cultural y la literatura, con dos ejes que alientan con intensidad su labor como autor, columnista, ensayista y promotor de innumerables proyectos: los procesos educativos y el análisis de la realidad a través del marxismo. La transversalidad cobra carta cabal en el libro de cuentos Historias de la guerra menor (Universidad Veracruzana, 2000), obra que en tenaz coincidencia se cruza con dos piezas fundamentales para comprender aquellos años gobernados entre Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y José López Portillo. Me refiero a Guerra en el paraíso, del ausente Carlos Montemayor y La guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín. Tres títulos donde ya distintas guerras y sus muertos azotan a México.

En los 80, Sergio y su esposa Norma Bocanegra -sin duda una gran figura de la danza contemporánea y de las humanidades- se toman Mexicali, convirtiéndose ambos en referentes de la cultura bajacaliforniana.

Años después, leales como han sido por décadas a la Universidad Pedagógica Nacional, lograron al lado de su hijo Sergio una magnífica residencia en Ensenada, la Cenicienta del mar Pacífico, según alecciona el biógrafo de las Baja californias, el inolvidable Fernando Jordán.

La ruta descrita tiene asidero cuando se avanza en la lectura de Los niños de Dios. El médico, que no escatima precisión a pesar de ese llanto más animal que humano, que a él siempre le ha llevado a recordar el degüello de los lechones que se preparaban en las fiestas grandes de su familia en Pénjamo , conduce a Tecate, la cuna de esos niños.

La complejidad narrativa de Gómez Montero impone un intento por desarmar la maquinaria de un reloj sin ser ni por asomo aprendiz del oficio de relojero. Irrumpe un Tecate inhóspito, donde la casa de los Hermanos da albergue y picota a numerosos infantes, hasta que un incendio activa la trama que habrá de llevarnos de un lado a otro de esa geografía trinacional. Así, Los niños de Dios establecen tiempos y anecdotarios, secuencias casi cinematográficas y diálogos de calado escenográfico, tanto como dosis de erotismo y mezquindad. Se vierten en ese transcurrir no sólo las raíces y sentidos de un comercio lacerante. También la polvareda de una serie de capítulos negrísimos de la historia mexicana, de la política, la corrupción, la complicidad policiaca, la sangre gélida de médicos y hospitales, se desenreda el fino y asfixiante hilo donde un puñado de estadounidenses y canadienses aprietan, jalan con sus pares de este lado nuestro para erigir lo que es también un laberinto o, en palabras de Sergio, el circo que debe continuar: ¿Así, hasta el infinito? .

El profundo conocedor de la geopolítica, como bien refleja su libro Tiempos de cultura, tiempos de frontera (Fonca/Noroeste, 2007), hace una enorme contribución no sólo a la literatura de la República. También a la conflictiva tarea de investigación de un tráfico de seres y órganos que se reviste de intereses intocables. Los niños de Dios trastoca por poner en cara del lector momentos cruciales de la historia del México del siglo pasado. Es la narrativa de Sergio Gómez Montero, el hombre de maneras suaves y hablar quedo, una evidencia de su razón: una obra creativa es una posición ante la realidad.