Plácido Domingo reafirmó su categoría como el magnífico cantante que es en la ópera La isla encantada, que se presentó este sábado en el Met de Nueva York y que se transmitió en vivo al Auditorio Nacional de la ciudad de México; Plácido hizo una entrada a escena espectacular, impresionante, al grado que la soprano Deborah Voigt -a quien tocó el papel de entrevistadora en los intermedios de la obra-, comentó que este ingreso podría ser la envidia de cualquier diva del espectáculo.

Y es que, juzgue usted: Domingo apareció ataviado como Neptuno, junto con un ballet de sirenas que nadaban en las alturas del escenario al tiempo que al dios del mar lo acompañaban coros, una música deliciosa; inmersos todos en una escenografía deslumbrante.

Así, sentado en su trono de concha gigante, Plácido no necesitó cantar una sola nota para que el público neoyorquino -y aun el mexicano que seguía la obra en el Auditorio Nacional- estallara en aplausos apenas lo vieron aparecer. Impresionante es el cariño que le tienen al tenor nacido en Madrid, que este mismo sábado 21 de enero cumplió 71 años.

Pero si el primer acto fue para Plácido Domingo, el segundo se lo llevó Joyce DiDonato (Sycorax), quien hizo alarde del dominio que tiene del repertorio barroco y que fue capaz de arrancar abundantes aplausos por la interpretación plena de perfección, técnica y ternura en una pieza en que le explica a su hijo Calibán algunas verdades sobre el primer amor, que casi siempre es también el primer desengaño...

Y ni qué decir de Danielle de Niese, la soprano australiana que aparte de cantar muy bien, hizo el papel de Ariel, un duendecillo o espíritu chispeante, harto gracioso.

La isla encantada es una fantasía barroca, pieza ligera, melodrama superficial de divertidos enredos. El libretista Jeremy Sams escribió el guión para el Met de acuerdo con la técnica del pastiche, tan de moda en el siglo XVIII.

Un pastiche (no peyorativo)

El Diccionario de la Real Academia define pastiche, como imitación o plagio que consiste en tomar determinados elementos característicos de la obra de un artista y combinarlos, de forma que den la impresión de ser una creación independiente .

Aquí hay un sentido peyorativo, sobre todo en el vocablo plagio . Pero en inglés es distinto: el Oxford English Dictionary define pastiche como mezcla de varios ingredientes; una mezcolanza, fárrago, revoltijo .

Esta última definición es la que más queda a la representación que vimos este fin de semana. Sin embargo, es oportuno decir que tal mezcla no se da a tontas y a locas, sino que tiene un fin estético y requiere un libreto que dote a la pieza de unidad y sentido. Y claro, como ha ocurrido en muchos casos en la historia de la ópera, la obra debe irse puliendo con las sucesivas representaciones. Por lo pronto, es un buen método para allegarse nuevas óperas y no seguir repitiendo el viejo repertorio barroco.

Al respecto, Peter Gelb -gerente general del Met-, declaró enfático que la idea de este pastiche fue de él, se me ocurrió a mí , y aclaró que lo concibió como una forma de acercar ese repertorio al público neoyorquino. En este caso, los personajes de La isla encantada fueron importados de dos obras de Shakespeare: La tempestad y Sueño de una noche de verano. En cuanto a la música, las arias fueron tomadas de Handel, Vivaldi, Jean-Philippe Rameau, André Campra y Jean-Marie Leclair.

El experimento realizado por la producción del Met, a cargo de Phelim McDermott, resulta interesante y fue bien arropado por cantantes de calidad como el mencionado Plácido Domingo (Neptuno), Joyce DiDonato (Sycorax), David Daniels (Prospero), Danielle de Niese (Ariel), Luca Pisaroni (Calibán), Lisette Oropesa (Miranda) y Anthony Roth Costanzo (Ferdinand).

El director de orquesta es William Christie.

La producción es de Phelim McDermott, como ya se dijo, y la escenografía de Julian Crouch. A estos dos últimos los recordamos por la deslumbrante e ingeniosa escenografía de la ópera de Philip Glass, Satyagraha. El vestuario, a cargo de Kevin Pollard, es una maravilla.

El éxito de la pieza se vio en la prolongada y entusiasta ovación que propinó el público del Met a los artistas; una obra en que el aplausómetro indicó que Plácido Domingo sigue siendo de los preferidos, esta vez con un Neptuno ambientalista y regañón que se queja de que los humanos, cual niños malcriados , hayan echado a perder el océano.