Si uno camina desde el centro de Coyoacán, justo en la dirección en la que mira la entrada principal de la Parroquia de San Juan Bautista, y atraviesa el arco que fue construido en el siglo XVIII para delimitar la entonces amplísima extensión del atrio de la sede religiosa, ahora convertido en el Jardín Centenario, tendrá de frente Av. Francisco Sosa.

Al transitar por Francisco Sosa, aproximadamente unas diez cuadras adentro, hasta detenerse en contraesquina de la sede de la Fonoteca Nacional, habrá caminado los pasos que seguramente Salvador Novo caminó muchas veces de camino a la que fue su casa desde 1941 y hasta el día de su muerte, ubicada en la esquina con la calle que lleva su nombre y hacia la que, seguramente, algunas veces caminó errático por los alcoholes que, jovial como él era, se tomaba en la referencial cantina La Guadalupana, una de esas que Novo describía como los “templos de dos puertas” y sobre las que trabajó algunos textos, desde ensayos y hasta poemas.

Pasear es a pie

El historiador y cronista David Contreras Pineda se planta frente al atrio de la parroquia. Lo rodea un grupo sui géneris. Sostiene el libro Los paseos de la Ciudad de México, publicado por Salvador Novo en 1974, una antología de relatos para recorrer lugares de esta urbe como La Alameda o el Bosque de Chapultepec. Lo recomienda como lectura de cabecera para conocer, dice, “la concepción de pasear”, desde la visión del que fuera miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y a quien evoca en el marco del 45 aniversario de su deceso, sucedido el 13 de enero de 1974.

Hace pasar el ejemplar para que los ahora escuchas sobre Novo sean al mismo tiempo lectores de Novo. Un extracto del texto dice: “pasear en coche es ya un contrasentido; porque pasear es dar pasos, caminar, ‘andar a pie’, como con redundancia decimos”.

Más adelante en el texto, Novo hace referencia sobre las grandes avenidas ahora llamadas paseos y sentencia: “Ciertamente: al crecer desmesuradamente la ciudad: al prolongarse en ella, o abrirse, nuevas vías, se ha solido darles el nombre de paseo que ya no merecen, en sentido estricto, ni la prolongación nororiente del de la Reforma, ni la doblez del antiguo hacia las Lomas de Chapultepec y hasta su entronque con la carretera a Toluca; ni mucho menos el Paseo de las Palmas, por donde nunca pasea nadie, sino que se lo recorre en automóvil. Pero en esta monografía solo hablaremos de los verdaderos paseos de la ciudad”.

Es imposible hojear todo el libro, revisar a detalles los textos sobre los paseos descritos por Novo en la publicación. Hay que pasarla para la consideración del de junto. Eso sí, algunos toman nota en una hoja o en el celular sobre el nombre y la editorial. El historiador agradece la benevolencia de la mañana que le permite hablar sin tener que levantar tanto la voz, sin el bullicio de una feria, en un horario en el que aún no llegan los artistas de calle y a excepción del cilindrero que sí se apostó desde temprano.

Invita a los escuchas, hace un instante invitados a ser lectores fugaces de Novo, a convertirse ahora en paseantes del Coyoacán del escritor. Se da permiso de invitarlos primero al convento que forma parte de la parroquia, donde, de paso, hace referencia de Hernán Cortés, y precisa que en su testamento pidió ser enterrado en Coyoacán, aunque detalla que desafortunadamente su cuerpo jamás pudo descansar ahí. Luego explica ese paréntesis, ese brevario referencial: “No podemos hacer un recorrido por Coyoacán omitiendo esta visita al claustro. Hablamos de Cortés porque: qué mejor homenaje para Salvador Novo que hacer crónica”. Y luego entonces emprenden el camino a La Guadalupana.

De la cantina a la casa

El grupo cruza el Jardín Hidalgo. Sobre la calle de Higuera se observa la fachada de la hoy desaparecida cantina que cerró hace cinco años y recibió a muchos intelectuales contemporáneos a Novo. Ahí, mientras un niño interfiere en el relato y juguetea a su alrededor, relata algunas anécdotas de cómo Novo, un hombre, pulcro, elegante, ocurrente, de esbelto sentido del humor, orgulloso de su homosexualidad, supo imponerse en una época de cerrazón ante la diversidad sexual.

Como un chispazo recuerda la anécdota de una borrachera entre Novo y Andrés Henestrosa o cuando Novo defendió públicamente a Germán Valdés Tin Tan, quien fue duramente criticado por la manera en la que, según decían los intelectuales de la época, “deformaba el lenguaje”.

Ya de camino al que fuera el hogar de Novo, sobre Francisco Sosa,  el historiador desenfunda otro libro, esta vez de poemas, y recuerda las otras grandes amistades con Carlos Pellicer, la mecenas Antonieta Rivas Mercado o Xavier Villaurrutia, a quien, refiere, dedicó el texto X.V. Mientras que a un par de casas una persona de aspecto humilde entona con la trompeta la canción Esclavo y amo frente a los comensales de un restaurante, el guía recorre las páginas, mete el dedo índice entre un par de páginas, se detiene en la esquina con la calle Presidente Carranza y lee el texto dedicado a Villaurrutia que, entre otras cosas, dice:

Muchas horas, juntos,

apenas nos oíamos respirar

rumiando la misma paradoja

o a veces nos arrebatábamo

la propia nota inexpresada de

la misma canción.

La comitiva guiada por Contreras Pineda pasa frente una de las primeras casas coloniales construidas en la ciudad, las del siglo XVI, la marcada con el 314; también camina frente al Callejón del Aguacate, donde observa al menos a otro par de grupos que son guiados por esa calle estrecha en la que se conserva la fachada rústica y ante la cual, se suele mencionar, un hombre fue fusilado en la época de la Revolución y donde, dice que aseguran los más esotéricos, todavía es posible sentir los latidos al tacto sobre el adobe; camina por todas esas referencias con las que Novo convivía a diario.

Finalmente consigue llegar hasta la esquina de Francisco Sosa con Salvador Novo, en esa que fuera la casa del intelectual frente a la residencia de la actriz Dolores del Río y a la sede de la Fonoteca, que fue hogar de Octavio Paz, con quien, por cierto, Novo también tuvo rencillas durante el turbio año de 1968.

Los tranvías turísticos hacen paradas obligatorias en esa esquina. Dan referencia de la rica vida cultural del lugar, mientras el grupo que ha dedicado su mañana a evocar a Salvador Novo, se asoma por la pequeña rendija al interior de la propiedad que fuera parcialmente demolida en 1998; se dice adiós, rompe filas y se lleva en mente la figura de uno de los más reconocidos cronistas de la Ciudad de México.

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