Parasite es la gran triunfadora en los premios Oscar de 2020. Todo en Parásitos (Parasite) es un ensamble perfecto: guion, diseño visual, escenarios, dirección de actores, manejo del tiempo, edición, música, combinación de diversos géneros. El director surcoreano Bong Joon-ho (nacido en 1969) construye una geometría de la inequidad, de la desigualdad social en que vivimos, con cada elemento de su diseño cinematográfico. Todo deviene así simbólico de la propuesta narrativa. Lo veremos aquí.

El primer elemento visual que resalta es arriba/abajo. La película inicia en una ventana al nivel de la calle donde la cámara baja aún más para mostrar el subterráneo donde vive hacinada la familia Kim. La pareja de hijos jóvenes rastrea alguna señal exterior de internet y la encuentran junto a la ventana, irónicamente sobre el escusado. El plan de trabajo mejor remunerado que comenzará el joven Kim ─basado en un engaño─ lo llevará de su sótano a una mansión en un sector residencial al que hay que subir mucho.

La mansión de la familia Park no sólo está arriba geográficamente, sino su misma arquitectura pide estar siempre asciendo más niveles, de escalera en escalera. Pero en esas escaleras, ningún miembro de la familia pobre aparecerá por encima de los dueños en alguna toma de la cámara. La desigualdad debe mantenerse siempre, incluso visualmente. Al contrario, los esposos Park aparecen siempre subiendo escaleras y con luces que se encienden a su paso. Una escala social que parece un tanto falsa, pues los empleados dan muestras de mayor creatividad ante la ingenuidad de los patrones, y el señor Park hace sentir a su propia familia –y no sólo a sirvientes- que él es siempre el jefe. Una conversación entre los dos hombres dejará la duda de si Park en verdad ama a su esposa.

Y cuando vemos que esta desigualdad ya está bien definida, aparece otro nivel inferior en la misma casa, y con personajes que están aún más abajo que los empleados Kim. Una de las realidades más trágicas de la historia –y de la vida- será que los que están abajo se volverán enemigos entre sí, y enemigos a muerte. “No me llames hermana”, dicho entre dos mujeres pobres, es una de las realidades más punzantes que golpean en esta historia.

En uno de los momentos de mayor tensión de la película, cuando los dueños se quedan a cumplir el capricho del niño de dormir en la carpa, los niveles de arriba/abajo estarán expuestos magistralmente: el matrimonio Park se recuesta sensualmente en el sofá, mientras la familia Kim se esconde debajo de las mesas de la sala y luego se arrastrará por el piso como cucarachas.

En medio de la lluvia, la familia pobre saldrá huyendo de la mansión y, obviamente, tendrá que bajar y bajar cada vez más la ciudad, hasta llegar a su pocilga totalmente inundada. La lluvia no afecta por igual a los ricos que a los pobres: para la señora Park es una “bendición”, para los otros, un desastre que los vuelve damnificados. En el final de la película, el sótano, lo más bajo, y el encierro serán nuevamente el destino de los pobres.

Las líneas que separan a las personas es otro de los elementos simbólicos más fuertes de la película. Así, el primer encuentro entre el jovencito Kim y la señora Park está diseñado por el director por una línea natural que los separa: en la ventana hacia el jardín, en la puerta, en la línea del refrigerador, en las escaleras, en los cuadros de la pared... Más adelante, una de las convicciones más fuertes y presuntuosas que manifestará el señor Park será: “No soporto a la gente que se atreve a cruzar la línea”. Esa es su opción de vida, que mantendrá tercamente.

Dos elementos de la historia vendrán a ser detonadores del clímax y del final: el olor corporal y una roca. Para el patrón, el olor del pobre crea siempre la diferencia; hay personas que huelen a trapo sucio, a vagón del metro, dice. El olor viene a ser la no aceptación del otro, del distinto. Pero este asco, este rechazo, se regresa hacia uno mismo para aniquilarlo. No aceptar al otro es causarse la propia muerte. La violencia estalla entonces cuando alguien se cree por encima de los demás.

Un extraño regalo está en el inicio de la historia: un amigo regala al joven Kim una roca. Ella representa ─dice─ la abundancia, la riqueza, el futuro. El joven mantendrá esa ilusión, concretada en una profesión universitaria, una novia rica, una casa. “La roca sigue aferrada a mí, no me abandona”, dirá después del diluvio. Pero la piedra se volverá contra él como un arma. Y el sueño será sólo un sueño. El joven terminará en su oscura casa. La esperanza será volver a ver a su padre algún día. Sobre este triste final, el director ha afirmado: “No trato de decirte cómo cambiar el mundo o cómo debes actuar cuando algo está mal. Solo muestro el terrible y explosivo estado de la realidad. Esto, creo, es la belleza del cine”.

Según el diccionario, un parásito es “un organismo que vive sobre un organismo huésped o en su interior y se alimenta a expensas del huésped”. En esta fábula cinematográfica, todos son parásitos, tanto los pobres que se instalan en la mansión rica, como los ricos que no pueden hacer nada sin sus sirvientes, y los mismos pobres que se atacan entre sí. La película muestra una realidad social bastante cruda y desesperanzada, no sólo local sino universal. (En México, la mitad de la población vive en situación de pobreza; Corea del Sur es una de las potencias económicas mundiales, pero con gente sobreviviendo en subsuelos). Al mostrar tan simbólicamente la realidad que vivimos, la película nos invita a romper esta geometría de las diferencias, a cruzar líneas o a eliminar muros, a encontrarnos verdaderamente con otros seres humanos, a recrear una comunión de vidas en la que nos hagamos prójimos.

Luis García Orso es jesuita, profesor en la Universidad Iberoamericana y crítico cinematográfico.