El Palacio Nacional ha sido un personaje más de la historia de México: a veces abrazado como la patria misma, otras desdeñado por sus propios habitantes o a causa de ellos. Si sus piedras hablaran, contarían la historia olvidada por los documentos que se fueron perdiendo en cada guerra, en inundaciones, motines e incendios, como aquel de 1692 en el que los indígenas, reprimidos por el virrey Gaspar de la Cerda por exigir comida a causa de una agonizante hambruna, irrumpieron en el Palacio para saquearlo e incendiarlo todo a su paso.

Si las piedras del edificio del Palacio Nacional hablaran, sabrían decir los nombres de las cocineras del Patio Central y de los peones que atendían a los caballos y los carruajes de los funcionarios que lo visitaban cuando los poderes se concentraban ahí. Dirían sobre la muerte de Benito Juárez, el 18 de junio de 1872, a causa de un infarto de miocardio, en su sobria habitación del entrepiso del segundo Patio Mariano. Relatarían con gracia la noche en que Maximiliano de Habsburgo abandonó a su refinada archiduquesa Carlota en una cama infestada de chinches para buscar el descanso sobre una mesa de billar.

Sus piedras más antiguas contaría sobre los baños, las pasiones y angustias de Moctezuma Xocoyotzin, sobre cuyos aposentos el que respondía al nombre de Hernán Cortés impuso su segunda residencia oficial en 1522. Otras contarían, con amargura quizás, sobre los días en que el Palacio fue ocupado por las tropas estadounidenses a mediados del siglo XIX y cómo cientos de habitantes observaban desde la plaza, los balcones y los techos cómo la bandera norteamericana se levantaba en el asta del balcón central.

Casa de gobernantes

Carmen Saucedo Zarco es historiadora, investigadora y escritora egresada de la Universidad Nacional Autónoma de México. Conoce a detalle el Palacio Nacional, desde los pormenores de la intimidad de sus ventanas arqueológicas hasta los porqués del vistoso revestimiento de tezontle y cantera de Chiluca de la fachada. El Economista dio un recorrido junto a ella por el emblemático edificio patrimonial.

Si se entra al Palacio por la calle de Moneda, por la puerta que con coincide con el Antiguo Palacio del Arzobispado, lo primero visible es el Jardín de la Emperatriz, un lugar en el que casi por requisito se esfuma el bullicio de la calle. Es parte del legado de la instalación del primer jardín Botánico de América, en 1791, rico en especies endémicas como el ahuehuete, el nopal cardón, el palo loco o el llamado Árbol de las manitas, o macpalxóchitl.

Frente a él, una imponente media luna de altísimas columnas conecta con el Patio Central,donde desemboca la puerta principal desde el Zócalo capitalino. En la esquina inferior izquierda del patio, si se ingresa por el jardín, hay una reja de metal que resguarda quizás la más importante ventana arqueológica del edificio, rodeada por altas paredes coloniales. Una barandilla permite observar una escalera prehispánica y sobre ella los restos de una columna colonial.

“Sobre esta ventana vemos los estratos constructivos de Palacio Nacional. La escaleras pertenecen a lo que fue el Tekpankalli de Moctezuma. Sobre esa construcción se ve un relleno de aproximadamente dos metros en el cual se plantó una base de columna tetralobulada de estilo renacentista que marca una de las esquinas de los tres patios que hubo en las casas que mandó a construir Hernán Cortés”, constata la especialista.

Cortés, viendo a Moctezuma como gobernante máximo que en dicho complejo desarrollaba su vida privada pero también despachaba, se apropió del lugar y edificó sus propias casas.

Al fondo de la escalinata prehispánica se ve un cúmulo de agua. Se trata del nivel freático. “Esto nos ayuda a comprender por qué fue tan difícil la construcción del Palacio, por qué duró tantos años y por qué se caía”, dice y agrega que los españoles comenzaron a imitar las técnicas prehispánicas de construcción que eran las más efectivas para ese tipo de terreno fangoso: emparrillados con morillos que se iban hincando en el fango y se rellenaban con diversos materiales concretos para buscar la estabilidad.

Si uno se pone a pensar en la base del edificio de Templo Mayor y la profundidad de la base de la casa de Moctezuma, la disparidad del nivel será evidente: el primero no es tan profundo como el de los vestigios de Palacio Nacional. Pero la respuesta es sencilla: “En el Templo Mayor cometieron el error de tirar todo lo que había, lo cual provocó un desequilibrio en los pesos de los edificios: nosotros nos estamos hundiendo y ellos están emergiendo”, asegura la investigadora.

Centro de la vida pública

El Patio Central, de estilo barroco, se construyó a finales del siglo XVII, después del incendio, a partir de un patio más reducido. Es un espacio amplísimo que se fue enriqueciendo a lo largo del siguiente siglo. El edificio que lo rodea primero tuvo dos niveles y el tercero se construyó a principios de los mil novecientos, cuando Plutarco Elías Calles emprendió obras de enriquecimiento y crecimiento, incluyendo el recubrimiento de la fachada.

La comba de la explanada es notoria y obedece a dos factores: es un arqueo premeditado para canalizar el agua de lluvia a los extremos de la explanada. “Pero también tiene una comba: la fachada se hundió por la construcción del Metro. Eso causó estragos en la Catedral Metropolitana y en el Palacio Nacional”, confirma Saucedo.

A partir de esa afectación se formó un comité de especialistas dedicados al cuidado de los recintos y con ello se creó la fuente coronada con un pegaso (a principios de los 70) que se impone en el centro el gran patio, una remembranza de una que se instaló en el siglo XVII, por orden del virrey Diego Fernández de Córdoba, pero que se desmontó a causa de su deterioro por decisión del Juan Vicente de Güemes, conde de Revilla Gigedo.

Hasta antes del Porfiriato, cuando en el Palacio Nacional se concentraban la Cámara de Diputados y la de Senadores y todas las secretarías de Estado, el Patio Central fue escenario de la vida más activa del lugar. Había desde puestos de frutas hasta pulquerías. “Originalmente todas las partes bajas eran áreas de servicio: caballerizas, cocheras, mas allá estaba el almacén de azogues, es decir, del mercurio para el beneficio de la plata —detalla la historiadora mientras señala al otro extremo del patio—; la cárcel también estaba de aquel lado. La administración virreinal tenía todo reunido: tribunales, gobierno, archivo. El entrepiso que hoy llamamos mezzanine es donde vivía la gente y la labor de gobierno se hacía en la parte alta”.

Finalmente, en el siglo XX, ese patio agregó un interés artístico con la intervención de un mural de Diego Rivera.

Riqueza artística

“Uno de los tesoros del Palacio son los murales de Diego Rivera”, anticipa Carmen Saucedo frente a las escaleras que conectan con el resto del recinto. “La idea de José Vasconcelos como secretario de Educación Pública fue tener un pueblo con bajos índices de analfabetismo en un país dividido por la Revolución. Entonces propuso que uno de los medios educativos por los cuales se tenía que reintegrar el país era a través de los murales en edificios público”, refiere.

Bajo esa convicción, en 1929 Diego Rivera fue invitado a pintar los muros del cubo de la escalera.

Hoy es posible visitar ese tratado de la vida pública del país a través de la obra Epopeya del pueblo mexicano que, curiosamente, inicia la narración en el muro norte y ofrece una lectura cronológica de derecha a izquierda para sugerir, fiel a su pensamiento comunista, que “el futuro están en la izquierda”. Una obra donde personajes como José María Morelos y Pavón, un hombre con una espada y un obrero señalan a la izquierda que corresponde al espectador. Un trabajo de oposición binaria donde es posible reconocer todos los momentos históricos y su protagonistas sin importar su posición histórica, como los enfrentamientos entre los Insurgentes y los Realistas durante la Guerra de Independencia, la Santa Inquisición o la lucha de los tlaxcaltecas aliados con los españoles contra los mexicas. Este tipo de trabajos, explica la especialista, “se hicieron con la finalidad de fortalecer los valores nacionales para que los mexicanos se sientan identificados en su variedad étnica, racial y valoren todo lo que han heredado del mundo mesoamericano”.

Las innovaciones

Espacios para apreciar el Palacio Nacional hay por doquier. De cada metro cuadrado en el recinto es posible contar una historia. Son esas piedras las que han permitido que la historia del edificio no sea olvidada.

Ahí está el Salón de la Tesorería, un bellísimo espacio renovado en 1925, de arquitectura decó que es parte del mejoramiento de la imagen del país a cargo de los posrevolucionarios. Dentro es posible percibir los detalles nacionalistas de relieve y rostros tallados en bronce que adornan en las trabes, que se complementan con un piso de mosaicos romanos pulido a la perfección.

“Una de las cosas fundamentales de la arquitectura (del poder), es que se transmite un discurso y este es un excelente ejemplo. El Salón de la Tesorería, hoy llamado Guillermo Prieto”, señala la investigadora y aclara que desde 1997 cambió su uso con la creación del Servicio de Administración Tributaria (SAT) y sirvió para recepciones oficiales y actos del Ejecutivo Federal.

Junto a este salón, la Escalera de la Emperatriz, aunque nunca fue usada por Carlota, se levanta en espiral sin la ayuda de ninguna columna. Es una de las maravillas de la ingeniería que convirtió al Palacio Nacional en un espacio para las innovaciones técnicas.

“Esta escalera fue hecha con la técnica de la estereotomía: el corte preciso de los peldaños de tal manera que actúa como un arco y por eso no tiene ningún soporte. En el siglo XIX esta técnica alcanzó un mayor desarrollo por el surgimiento de las máquinas. Es una escalera muy grácil, hermosa, con solidez y que está en uso”, recalca.

Todos estos espacios, entre muchos otros del Palacio Nacional, aguardan para ser visitados de manera gratuita. Incluso es posible solicitar una visita guiada bajo ningún costo. Son patrimonio de todos y testimonio de la envidiable historia que nos antecede.

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