Dos millones de mujeres unidas con un mismo propósito en gran parte del mundo: la defensa de los derechos humanos de las mujeres. En Washington, Chicago, Los Ángeles, Nueva York y cientos de ciudades más las participantes, jóvenes, adultas, con hijas e hijos, o veteranas de las luchas por la defensa de los derechos sexuales y reproductivos, de la igualdad racial, de la diversidad, del derecho al trabajo digno, a un salario igual por trabajo igual, al respeto a la dignidad de todas y todos, desbordaron las calles con pancartas, gorros rosas, consignas y gritos de alegría, indignación y solidaridad. Un éxito inmenso, emocionante y esperanzador.

El éxito de esta histórica marcha de las mujeres en Estados Unidos y en el mundo no se cuenta sólo en números, aunque cada mujer y niña cuente y cada hombre solidario, también. Las cifras son apabullantes, sin duda. Lo ejemplar y hasta grandioso es la capacidad de organización, la voluntad de unir causas y fuerzas más allá del motivo principal para marchar de cada una. Muchas caminaron en defensa de Planned Parenthood, la organización que no sólo garantiza abortos seguros, sino también servicios de prevención del cáncer y enfermedades venéreas y servicios de salud que permiten prevenir los embarazos no deseados. Otras salieron para protestar contra el racismo, la violencia policiaca, el sistema carcelario, las deportaciones masivas, las violaciones sistemáticas a los derechos de millones y millones de hombres y mujeres. Alguno quiso honrar la memoria de su esposa muerta poco después de las elecciones, o el legado de su madre o abuela feminista. A otras y otros los llevó la preocupación por el futuro de sus hijas o nietas, hoy desdibujado bajo un horizonte sombrío que no están dispuestas a tolerar.

La ejemplaridad de la marcha se deriva también de los discursos de las organizadoras y de las estrellas del arte, la política y la militancia feminista: Gloria Steinem, Angela Davis, Scarlett Johansson, Ashley Judd, America Ferrera, Alicia Keys, Madonna, Elizabeth Warren y tantas más, cada una con su estilo y tono, personal o militante, suave o vertiginoso, advirtieron del peligro de esta nueva era, invitaron a hablar y actuar, a vencer el miedo juntas y desde cada cual, a resistir, a poner el cuerpo donde están nuestros principios y lo que consideramos bueno y correcto. A afirmar Mi cuerpo, mi cerebro, mi decisión , ampliando así la defensa del derecho al cuerpo contra la opresión patriarcal a la defensa del pensamiento y de las libertades contra el autoritarismo misógino y las tendencias fascistas del nuevo régimen.

El eco de esta convocatoria en el mundo, de París a Sidney, de México a la Antártida, permite imaginar ese mundo sin fronteras que también se invocó en las marchas. Un mundo sin muros, solidario. Un mundo que reconozca el derecho humano a migrar. Un mundo que se reconozca interdependiente no sólo en la amenaza del cambio climático sino en la necesidad de vivir en paz, de convertir este planeta en un espacio sustentable y habitable, donde la dignidad y el respeto sean principios cotidianos de convivencia.

No se trata de utopías ni de sueños radicales. Hace 100 años las mujeres de EU todavía no podían votar. Hace medio siglo muchas no accedían a la universidad. Si nuestras antepasadas lograron lo que entonces parecía una idea loca, hoy defender lo ganado y demandar lo justo no es descabellado. La corriente retrógrada que hoy impera en Estados Unidos y en gran parte del mundo tiene dinero, ímpetu de dominación y fuerza policiaca-militar. No será fácil vencerla. Tampoco es imposible.

Para Hannah Arendt, el poder es la capacidad de actuar en conjunto, desde el diálogo. En este sentido, la invitación a canalizar la indignación en acción colectiva y personal, desde la diversidad, durante los próximos cuatro años (womensmarch.com), es una apuesta por crear un movimiento social transformador. Construir ese poder alternativo, contrario a la violencia y a la dominación, es hoy tarea urgente. Las mujeres, ya en marcha, nos inspiran a asumir este reto.

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