Este sábado 21 de enero, miles y miles de mujeres se reunirán en la capital de Estados Unidos para marchar en defensa de los derechos de las mujeres como derechos humanos. Nunca antes se había organizado una marcha de protesta (aunque las organizadoras no la llamen así) en respuesta a la toma de posesión de un nuevo presidente. Tampoco nunca antes, en la historia más reciente, y menos en la era de la corrección política, se habían oído?declaraciones más abiertamente misóginas, racistas y excluyentes por parte de un candidato a la silla más respetable de la llamada principal democracia del mundo. El futuro presidente, podría decirse, se ganó a pulso el rechazo de millones de personas que no sólo no votaron por él sino que repudian, temen o desprecian su figura triunfante.

Propuesta a través de Facebook por una abogada jubilada de Hawai que sintió la necesidad de hacer algo?ante los resultados electorales del 8 de noviembre, la marcha pronto ?se convirtió en el objetivo de miles de mujeres y una minoría de hombres, que sintieron también la necesidad de defender lo ganado, exigir lo pendiente o expresar su repudio, hartazgo o frustración ante un sistema socioeconómico y político desigual e injusto. Rebasada la iniciativa individual, la organización de la marcha se ha convertido en un proyecto complejo, auspiciado por unas 200 organizaciones sociales y políticas, feministas o no, respaldado por celebridades de distintas esferas de la vida artística, cultural, intelectual y política. La Marcha de las Mujeres sobre Washington incluirá una enorme concentración, así como marchas hermanas en más de 300 ciudades y en numerosos países. El impacto de la convocatoria y el entusiasmo y valor de las miles de mujeres que enfrentarán un frío extremo es, sin duda, un signo esperanzador ante la obscuridad anunciada por la conformación de un gabinete de ultraconservadores, militares y millonarios, con minoría simbólica de mujeres, encabezado por un vicepresidente militante contra el derecho a decidir sobre la maternidad y un presidente que una y otra vez degradó a las mujeres, a la gente de color, a los migrantes, a los mexicanos, a los musulmanes... y que sigue hostilizando a quienquiera que lo cuestione.

Como toda iniciativa que se vuelve masiva o como muchas marchas e iniciativas feministas, ésta ha dado ?pie a críticas y discusiones. Hubo quien criticara que las organizadoras fueran sólo mujeres blancas, de clase media; hubo luego diferencias acerca de las demandas que debían incluirse y no faltó quien quisiera imponer su programa o excluir propuestas más políticas , como en Portland, donde habrá dos marchas, con respaldos y lemas específicos.

En un afán incluyente, o de solidaridad, la marcha se define como movimiento encabezado por mujeres, que reúne a personas de todos los géneros, edades, culturas , etcétera. Reconoce además las identidades intersectadas de las mujeres, en quienes inciden múltiples cuestiones de justicia social y derechos humanos. La larga lista de propósitos y reclamos de las participantes revela la magnitud de los problemas que enfrentan millones de mujeres y hombres en esa sociedad: las discriminaciones, la violencia contra mujeres y niñas, el abuso policiaco y el encarcelamiento masivo, la militarización, los sesgos del sistema judicial, el embate contra el aborto y el derecho a decidir, la brecha salarial, la privatización del cuidado y su invisibilización, la falta de derechos laborales y de un salario mínimo digno...

La capacidad de inclusión de las organizadoras, que lograron articular a grupos muy diversos con prioridades particulares, es sin duda notable. La división que significa el voto de 53% de las mujeres blancas a favor del candidato, o en contra de?Hillary Clinton, ha derruido la ya minada imagen de la mujer como?oprimida, lo cual es positivo, pero?también ha renovado viejas desconfianzas en liderazgos de un solo color. El reto será superar estereotipos y unir para la acción, desde y en la pluralidad, a corto y largo plazo. La brutalidad del adversario así lo exige.