Idealmente, las universidades son centros de intercambio intelectual, de formación, especialización e investigación. Representan espacios de pluralidad y libre expresión donde, además de adquirir conocimientos, se aprende o consolida el respeto a la diversidad de ideas y la importancia del sentido crítico. Por eso, pese a la urgencia de mayor pensamiento complejo para entender y transformar las sociedades conflictivas y desiguales en que vivimos, en muchos países, hoy las universidades están bajo ataque.

Los gobiernos autoritarios que temen la crítica y ven en la búsqueda de conocimiento y en la argumentación racional el peligro de la disidencia, los que desprecian las humanidades porque no sirven para nada , los que ignoran todo lo que no sea ganancia constante y sonante, todos ellos atacan directa o indirectamente a la universidad, en particular a la universidad pública.

Los más descarados intervienen las universidades como lo hicieron Pinochet o Videla en nuestro continente.

Hoy ante el silencio cómplice de la Unión Europea, Estados Unidos y Naciones Unidas, lo hace Erdogan en Turquía. Desde el golpe fallido (o autogolpe) de julio pasado, las purgas de maestros, profesores universitarios, funcionarios y periodistas, bajo el pretexto de la seguridad nacional, no han cesado. La intensidad de esta persecución arbitraria es tal que más de 100,000 personas han sido condenadas a la cárcel o al desempleo, con nefastas consecuencias. En la Universidad de Ankara, por ejemplo, se ha despedido a más de 300 académicos. En el departamento de Teatro está en riesgo la continuidad del programa de posgrado y hasta la licenciatura por la destitución de siete docentes. Las dictaduras odian la imaginación y el arte.

Otros debilitan a la universidad mediante el recorte de fondos. En Puerto Rico, tratado como colonia de Estados Unidos, la Junta de Conciliación Fiscal recurre al argumento de equilibrar el presupuesto para justificar un brutal recorte de 30% en dos años a la universidad pública. Con dignidad, la presidenta interina y nueve rectores renunciaron a sus cargos, explicando que no se puede sacrificar a la universidad cuando más le hace falta al país.

Otros preservan la fachada mientras debilitan a las humanidades, base del pensamiento crítico. En Europa occidental hace tiempo que se cuestiona la utilidad de los estudios clásicos , de la literatura y, en general, de otras culturas . Así, en Francia, por ejemplo, muchos departamentos de literatura extranjera se van convirtiendo en centros de enseñanza de idiomas: maestrías y doctorados ya no son populares . Menos mal que las lenguas sirven para los negocios. Así, aunque las empresas dicen buscar creatividad , la instrumentalización del saber por y para el dinero tiende a generalizarse.

En México se combinan las estrategias para debilitar la educación pública superior. En los estados no hace falta intervenir las universidades: se imponen o toleran en rectoría a personajes que ven en ella un trampolín político o una plataforma personal; los escándalos por opacidad o misoginia no importan. El recorte presupuestal es también instrumento socorrido contra el desarrollo académico. El desvío de fondos y la falta de pagos han afectado a la Universidad Veracruzana, cuya rectora tuvo que enfrentar al gobernador Duarte ante la imposibilidad de pagar sueldos. El mal uso de recursos para la educación en ese y otros estados sigue impune. Más común es la disminución real de las partidas federales para la educación, recurrente en éste y otros sexenios: en el 2017 hay menos dinero para la educación superior, y se redujo el monto de las becas de Conacyt. ¿Cómo responderán entonces las universidades al posible retorno forzado de los Dreamers? ¿ Y a los miles de aspirantes que quedan fuera cada año?

Ante el fortalecimiento del autoritarismo, la apatía social no es opción. El ataque frontal o velado a la universidad, a la educación y a la cultura, no es una dolorosa medida impuesta a los gobiernos. Es una apuesta de éstos a favor de la ignorancia y la obediencia ciega.

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