Recuerdan a Ayrton Senna, por supuesto. Quizá no ha habido corredor de Fórmula 1 más celebrado. Murió en 1994 haciendo lo que amaba, en plena carrera.

Hace unos pocos años se estrenó el documental Senna, que elevaba la relación de Ayrton con su máquina a un estado cuasiespiritual.

Esa idea, la de la unión entre objeto y ser humano, inspira Ayrton, la nueva exposición del Museo Tamayo.

Se trata, en realidad, de cuatro exposiciones en una. Cuatro creadores de diferentes lares con miradas divergentes. Son todos escultores: el danés FOS, el peruano Armando Andrade Tudela, la mexicana Tania Pérez Córdova y la sueca Nina Canell.

Todos son artistas nacidos en los 70, así que es una ventana pequeña, pero interesante, al quehacer de esa generación, la generación X.

Aunque se trata de cuatro exposiciones, el recorrido no es lineal. Las piezas se trenzan en una aventura en la que cada espectador inventa su clímax y desenlace. Es una invitación a reimaginar el espacio ya conocido del museo.

Un tema colectivo fallido

Quien busque referencias obvias a Senna saldrá decepcionado. El nombre del corredor es un pretexto para armar la exposición. A mi parecer, la estrategia es demasiado forzada para ser exitosa.

Si bien la mayor parte de las piezas tienen interés, la ausencia de un verdadero tema en común hace que la muestra se desmorone. ¿O será que el hilo conductor es demasiado abstracto? Se trata, según el texto de sala, de la convivencia entre los objetos y las personas. El visitante está invitado a tocar, caminar por debajo, o simplemente observar las piezas. Como dije, el hilo no es lo bastante resistente y se rompe a la primera vuelta.

Existen exposiciones a las que uno quiere regresar y regresar, que no se agotan a la primera visita. No puedo decir lo mismo de Ayrton.

Las piezas más divertidas son las de FOS y la de Armando Andrade Tudela. Son piezas que podrían estar en la calle como arte urbano, hechas para treparlas como niños o que tienen un corazón de misterio. Algunas de las piezas fueron hechas específicamente para la exposición, ojalá algunas se queden en el Tamayo para su patio de esculturas.

La unión de mente, cuerpo y máquina-objeto es lo que anima Ayrton. Es una lástima que la premisa, que es fascinante, se disuelva en pretensiones y errores curatoriales. El Tamayo siempre es cuidadoso en sus exposiciones. A la mejor cocinera le falla el puchero.

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