Yo no recuerdo haberla conocido, pero Gustavo me dice que Lucille, hermana de Sally, tía de Mercedes, Victoria y Tino, era bastante divertida.

Para principios de los 90, él tenía veintitantos años, mientras que ella le doblaba la edad. Gustavo en ese entonces era novio de Victoria y Lucille, quien había venido a México a cuidar a Sally, ya había sufrido excesos con drogas de diversa índole; casada y divorciada varias veces, madre de cuatro, sobrevivió en diferentes épocas de lavar ajeno, de enfermera, telefonista o maestra de español, publicando relatos casi de manera anónima y, ahora, a 13 años de fallecida, sus historias se han convertido en un fenómeno de ventas en EU.

Gustavo me cuenta relatos de humor negro que, a su vez, se los narró Lucille, quien los había escuchado en sesiones de doble A y elucubramos, inventamos y nos convencemos de que sus cuatro hijos la maltrataron antes de morir y, en la actualidad, reciben carretadas de dinero a razón de regalías.

Este punto me gusta y, por lo tanto, voy a hacer una digresión: yo no sé en EU, Argentina, Europa, Japón e, incluso, Israel, pero en México, en donde es casi imposible que un escritor de literatura sobreviva de sus regalías, cuando muere y a un editor le interesa reeditar su obra, los herederos quieren cobrarse lo que dicho autor los hizo sufrir en vida y por eso la mayoría de nuestros clásicos sólo pueden ser rescatados en ediciones subvencionadas o gubernamentales.

Tal historia, la de Lucille, quien podría ser paralela a la de Van Gogh en cuanto al reconocimiento póstumo, se me quedó en la cabeza y, a la primera oportunidad, en la librería pedí alguno de sus libros y el vendedor, más enamorado de la escritora que de su escritura, me enseñó un retrato de una mujer caucásica, cabello corto, ojiazul y rasgos afilados, casi tan guapa como su hermana Molly Brown.

El librero sigue hablando de la belleza de la escritora hasta que, por fin, pone en mis manos el libro que Alfaguara publicó en el 2016. El título, Manual para mujeres de la limpieza y no me parece atractivo. Le doy la vuelta y, en la contraportada, la editorial habla de todo un clásico de la literatura estadounidense mientras que Elizabeth Geoghegan, en The Paris Review, escribe: Su prosa desciende de Proust y de Chéjov. Siempre me he preguntado por qué el mundo ha tardado tanto en descubrir a Lucía Berlin .

Compro el libro y en la página 409 aparece Gustavo, y la literatura de Lucille, Lucia Brown, Lucia Newton o Lucia Berlin, recuerda a las crónicas que, en la década de los 90, Ignacio Trejo Fuentes, Arturo Trejo Villafuerte, José Francisco Conde Ortega, entre otros, escribían en el Unomásuno, sólo que en lugar de que sucedan en la Roma, en la Bondojito o en Nezahualcóyotl tienen sitio en los suburbios de Idaho, Kentucky, El Paso o excepcionalmente en México y Chile.

Su amigo y antólogo Stephen Emerson expresa que Lucia Berlin escribió 76 cuentos conocidos; 43 están recopilados en Manual para mujeres de la limpieza. No me parecen cuentos, sino crónicas biográficas de una mujer en un viaje constante. Y lo fascinante de su literatura radica en que puede narrar el suceso más atroz y, en el fondo, no se lamenta, sino vive tal momento como una aventura, como algo digno de ser contado.