Comienza con un panel de genios. Son tantos que el panel tiene que moverse para presentarlos a todos: Eisenstein, Mayakovsky, Ródchenko, Kandinsky, Stravinsky... Tantos y tantos cuyos nombres se pierden ante la enormidad de sus logros.

¿Qué pasó en Rusia a principios del siglo XX que creó a una de las generaciones de artistas más brillantes que ha conocido la humanidad? Una revolución, por supuesto, la de 1917, pero algo más: unas ganas de hacer un mundo nuevo, de inventar como si nunca se hubiera inventado nada nuevo.

A descifrar esa generación se dedica la gran exposición del Museo del Palacio de Bellas Artes Vanguardia rusa: el vértigo del futuro. Grande por su contenido, pero también por su rigor y su extensión: arte por arte, disciplina por disciplina, el recorrido va dando sentido a ese caso creativo que fueron los primeros años del régimen soviético.

Es extensísima, ocupa prácticamente todas las salas del palacio. En medio, una pasa por los murales del edificio y la sensación es de déjà vú: de esos artistas rusos derivaron de alguna forma nuestros muralistas revolucionarios.

Esos soviéticos alegres

Normalmente cuando se piensa en la Unión Soviética, lo que viene a la mente son tristes edificios de concreto idénticos unos a los otros, acordes a la revolución del proletariado donde nadie es más que su vecino. Es un panorama aburrido.

Nada más lejano a Vanguardia rusa. Sus 500 obras (¡500!) son una fiesta de color, de inventiva, de extravagancia. Una de las primeras obras es una maqueta al propuesto Monumento a la Tercera Internacional, diseñado por Vladimir Tatlin en 1919. Es una locura: una pirámide en tres partes que giraba en distintos periodos: el cubo completaba su rotación en un año; la pirámide, cada mes; el cilindro en un día y una pequeña esfera que coronaba la extravagancia giraba cada media hora.

El monumento nunca se construyó. Como muchas de las obras de la exposición fue una especie de arrebato lírico llevado al extremo. La idea de estos artistas era crear todo nuevo. Como dice el texto de sala, sus propuestas estéticas suceden a la par que un sistema político revolucionario. En esos años en Rusia todo era auténticamente revolucionario: desde la ropa deportiva (hay algunos ejemplos en la exposición) hasta las tazas de té. Es un ambiente parecido al de la Revolución francesa. Es un grito de guerra como el de Rimbaud: hay que ser absolutamente modernos. O como Picasso, inventando el cubismo porque, ah, hay que hacer lo que nadie había hecho.

En una sociedad tan avanzada, la presencia de las mujeres en el arte es vasta. Algunos de los ejemplos en el recorrido son los diseños de Varvara Stepánova y las pinturas de Natalia Goncharova. Sus obras son alegres, llenas de color. Goncharova tiene un políptico llamado La cosecha que bien podría ilustrar un cuento fantástico.

También así de divertidos son los carteles que llenan toda una pared de una de las salas. Como verdadero arte popular, los rusos le echaban ganas a sus carteles que lo mismo anunciaban mantequilla que invitaban a unirse al ejército. Uno no sabe a dónde voltear: aquí un fotomontaje de un tipo en bicicleta, allá una caricatura, más allá un dibujo monumental.

Eran unos adelantados a su tiempo. Y además estaban muy orgullosos de su país.

El rey del barrio

Tatlin y Ródchenko son unos de los artistas más presentes en la exposición. Pero el rey definitivo es Vladimir Mayakovsky. Artista multifuncional, lo mismo poeta que actor y dibujante de cómics, Mayakovsky fue por esos primeros años el artista oficial del régimen.

Mayakovsky (1893-1930) es un personaje fascinante que sólo tenía una velocidad: a toda potencia y con toda la pasión. Su vida fue narrada por el escritor Juan Bonilla en la novela Prohibido entrar sin pantalones (Seix Barral), pero en todo caso, Vanguardia rusa es también una manera de conocer al personaje y sentir curiosidad por él.

En una de las salas hay unas historietas escritas y dibujadas por él. Son al mismo tiempo brutales y chistosas, una especie de precursoras de los Looney Tunes, todas sobre la Gran Guerra: algunas son poemas ilustrados, otra va del peligro que entraña la burguesía. Desgraciadamente, el recorrido no las traduce totalmente, pero en realidad no hace falta: son bastante explícitas.

Eisenstein obsceno

Una de las últimas salas del recorrido está dedicada a una curiosidad. Cuando Sergei Eisenstein, el cineasta, andaba en México filmando su imposible ¡Viva México!, en su tiempo libre hacía lo mismo que un niño de secundaria: hacía dibujitos obscenos.

La exposición los presenta elegantemente como las obras eróticas de Eisenstein , pero a esta reseñista le parecieron más un divertimento que otra cosa. Anita Brenner, la escritora, definió esos dibujos como la brusca irrupción de la línea de la bisexualidad .

Casi todos son dibujos hechos a lápiz o a pluma y retratan actos sexuales que bordean lo surrealista. Muchos son chistosos: Salomé se da placer con la cabeza de Juan Bautista, Dalila le corta el vello público a Sansón, a los ángeles los expulsa un falo de proporciones divinas del Paraíso.

Aunque la mayoría son fantasías de escolar, hay una pieza que sobresale por su poder: Corrida , donde el toro es una mujer desnuda.

Vanguardia rusa: el vértigo del futuro es una gran manera de cerrar el año para Bellas Artes. Es, ni duda cabe, un verdadero descubrimiento.

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