Con cada nuevo libro, y los escribe por montones, Agustín Monsreal se reinventa y, en esa reinvención, se busca a sí mismo y, en caso de no encontrarse, le pide al lector que, de encontrarlo, le avise, sobre todo si es un día que este incluido entre los días que incluye la semana .

Ahí empieza el juego. Lo lúdico, como el día entre los días, se convierte en literatura o, por el contrario, lo literario se convierte en ludismo. Pero no sólo eso, también, en tanto el personaje se reinventa, se convierte en novela, y en poesía, que no en prosa poética.

¿Qué, cuál es la diferencia?

A tan anfibológica pregunta, la distinción entre novela y poesía es que, la primera, busca crear un personaje, y Agustín ya escribió que lo suyo es buscarse en la literatura, y en el libro Los pigmeos vuelven a casa, Agustín busca al Agustín literario desde niño hasta llegar a Agustín Séptimo, mientras que la poesía, que no prosa poética, se conforma de una o varias imágenes.

La prosa poética, por ejemplo, sabe a almíbar, mientras que la poesía en frases como, cito, como las jirafas mordiéndole trocitos de algodón al cielo que, aunque la imagen es azucarada, se visualiza más como miel de abeja que como la miel de maple de un poema cursi para señoras... O señores.

En la literatura contemporánea no existen los géneros puros y, este de pigmeos, de usos y costumbres, no es la excepción. De entrada se trata de un microrrelatario que viene a ser la segunda parte de Los hermanos menores de los pigmeos, también llamado Alacena de triquiñuelas y frioleras o La rebelión de los pingüinos, libro que Agustín publicara en 2004. Sí, un microrrelatario que también es un microcuentario, porque el cuento es relato, pero no todos los relatos son cuentos.

El relato cuenta historias reales o imaginadas mientras que el cuento se decanta en la ficción. De lo que se infiere que el microcuento o el cuento brevísimo del que hablaba Edmundo Valadés antes de la era digital, o el cuento pigmeo, bonsái, jíbaro, liliputiense, cuántico u homeopático, cabe en el microrrelato y no al revés, pues en éste se gesta lo real y lo imaginario mientras que aquél se delimita en la invención.

El microrrelato nace en México a principios del siglo XX en obras Carlos Díaz Dufóo hijo, Genaro Estrada, Francisco Monterde, Alfonso Reyes y Julio Torri. En 1969 se publica La oveja negra y demás fábulas, de Augusto Monterroso, y en 1976 El libro de la imaginación, de Edmundo Valadés, quien, además, en El cuento, Revista de Imaginación, promueve, desde 1968 hasta la muerte del maestro en 1994, el Concurso del Cuento Brevísimo, cuyo requisito de participación era un texto que no exceda el tamaño de una cuartilla por una sola cara y a doble espacio de la máquina de escribir .

Con Valadés, Monsreal hace su aparición en el mundo de la literatura brevísima o pigmea e, incluso, forma parte del comité editorial de El cuento. Así, antes de que la internet convirtiera al microrrelato en un boom, se puede hablar de una tradición forjada, primero, por los escritores antes nombrados, a quienes se les unen Guadalupe Dueñas, Juan José Arreola, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco, René Avilés Fábila, Guillermo Samperio, Raúl Renán, José de la Colina, Beatriz Espejo, Felipe Garrido y, por supuesto, Agustín Monsreal.

Los pigmeos vuelven a casa, de Agustín Monsreal, se presentará mañana martes, a las 19 horas, en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia (Av. Nuevo León 91, col. Hipódromo Condesa). Comentarán la obra Fernando Sánchez Clelo, Laura Elisa Vizcaíno, el autor y el de la voz.

[email protected]