Ah, la primavera. La detesto. Hace calor, las parejitas cuentan dinero enfrente de los pobres y las jacarandas en flor de la Ciudad de México me dan alergia.

Odio la primavera. ¿No podríamos pasar director del frío decembrino a los aguaceros del verano?

Pero todo tiene su gracia. La primavera es un gran momento para caminar por el Paseo de la Reforma. Nótese: no es una avenida, es un paseo. A pesar de los atorones del tráfico, Reforma fue hecho para parecerse a los grandes paseos europeos. Está, pues, hecho para caminarse.

Si va por ahí un sábado en la tarde, siéntese en alguna de las bancas de piedra, esas que están enfrente del Ángel (que ahora se le dice Victoria Alada; pues sí, tiene tetas). Sólo espere y verá un espectáculo nuevo.

Verá llegar, de pronto, una limusina Hummer (si los Hummer son feos, la limusinas Hummer son la cúspide de lo hórrido). Un montón de adolescentes trajeados con corbatas que no combinan saldrán corriendo hacia la escalinata del Ángel. Y atrás de ellos, quizá de la mano del único con cierta consideración, una niña vestida de amarillo, rosa solferino, morado o hasta negro: es la quinceañera.

Quédense un rato. Una tras otra llegarán las quinceañeras, cada una con su estilo, cada una cosa con formas distintas de sentirse la gran reina de la noche. El chiste es tomar video y selfies al pie del Ángel. Una nueva tradición chilanga.