Después de cuatro meses de llamadas, solicitudes, rechazos y disculpas por fin parecía que la entrevista con Leonora Carrington se iba a realizar. Pero ya en las puertas de la galería mientras ella, a sus entonces casi 90 años, llegaba con paso calmo y un tanto dificultoso, todavía podía echarse todo para atrás.

Fotos no, por favor . Fue lo primero que dijo, y a los dos fotógrafos que me acompañaban se les cayó el alma al piso.

Ya sentados, con un café para el que suscribe y un vaso de agua para ella, otra dificultad:

Sin grabadora, por favor. Discúlpeme –dice apenada-, es que me pone nerviosa. No me gustan los aparatos (Las comillas, las previas y las que sigan, hacen referencia, desde luego, a citas aproximadas).

Este reportero no podía saberlo, pero los problemas estaban apenas comenzando.

Preámbulo

No le preguntes por su pasado en la Segunda Guerra Mundial ni del manicomio ni de Max Ernst –me pidió la galerista que amablemente hizo el contacto-. No le gusta hablar de eso .

No había problema. Tratándose de la gran pintora surrealista Leonora Carrington cualquiera podía caer en la tentación de pensar que el tema de conversación no sería de este mundo.

A este reportero aún no se le había quitado la imagen que se lo ocurrió siendo niño en una exposición de Leonora en el Museo de Arte de Moderno: Ella tenía una puertita secreta, tal vez detrás de los bastidores amontonados de su estudio, por la que podía llegar a otros mundos de misteriosas geometrías y poblados de seres imposibles. Seguro que cuando nadie la veía abría la puerta y se iba a dar una vuelta por allá.

Esos mundos fantásticos y el acceso a los mismos debían ser el tema…

O tal vez su biblioteca infantil y sus lecturas de Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo. O su dislexia y su capacidad de dibujar a dos manos. O sus primeras lecciones de dibujo en Chelsea.

O sus sueños.

De monosílabos y repeticiones

Pero no. Nada de eso fue posible. Las preguntas de este reportero, esas que había pensado durante meses, obtienen respuestas monosilábicas.

En los mejores casos, la admirada artista ofrece repeticiones del tipo Sí, me gustan los caballos y tenía una buena relación con ellos .

Finalmente, se apiada del reportero.

Entiendo que es usted un joven muy listo (los entrecomillados no son textuales, a excepción de la frase anterior, que vaya que este reportero la recuerda) que está tratando de preguntarme cosas para averiguar cómo es que he pintado lo que he pintado y que ha hecho esas pinturas especiales si es que lo son.

Pero yo no creo que sean especiales. Ni que tengan significados profundos. Me gustan, les han gustado a otros, así es la vida de los pintores.

Y yo soy una mujer normal, que va al mercado y le preocupa el precio de los tomates y del pepino. De la carne no. No me gusta. También soy mamá .

El pretexto para poder platicar con Leonora era que la galería exhibía cuadros de uno de sus hijos, Pablo Weisz-Carrington.

Dimos un recorrido por la exposición.

No hable de mí. Hable de Pablo y de sus cuadros , decía Leonora. Y me contó de su otro hijo, Gabriel, médico.

Fue todo.

A la salida, igual que del reportero y a solicitud (ruego, más bien) de la dueña de la galería El Estudio, Leonora se apiada de los fotógrafos.

Bueno, pero solo una .

Murmullos.

Está bien. Dos o tres para que puedan escoger una donde salga muy guapa .

Ahora que ha muerto, Elena Poniatowska, que la conocía personalmente, en entrevista con Notimex asegura: A ella no le gustaban los periodistas porque siempre se sentía agredida por nosotros los reporteros .

Tal vez. Aunque este reportero prefiere suponer que, en realidad, Leonora aún no quería mostrarle a nadie esa puertita secreta por la que se iba de visita a otros mundos…

Pero, también, este estúpido reportero está seguro que de haber accedido a platicar con Leonora Carrington sobre el precio del jitomate, lo que le gusta comer, los cuadros de Pablo y los pacientes de Gabriel tendría ahora al menos una leve intuición de dónde demonios están la dichosa puertita y los mundos fantásticos de la pintora de prodigios.

Epílogo

Hoy, tras su fallecimiento en la noche del miércoles a causa de una neumonía, el entierro de Leonora fue tal y como ella hubiera querido: una ceremonia íntima con sus hijos, su nuera y un par de amigas; sin aspavientos ni grandes homenajes, lejos de la fama, y de los temidos reporteros y fotógrafos sólo se colaron unos pocos.

Su cuerpo descansa en una fosa del Panteón Británico.

Viva Leonora Carrington.

Cronología

1917 Nace el 6 de abril en el pueblo de Chorley, en Lancashire, Inglaterra.

1936 Ingresa en la academia Ozenfant de arte, en la ciudad de Londres.

1937 Conoce a quien la introdujo indirectamente en el movimiento surrealista: el pintor alemán Max Ernst, a quien vuelve a encontrar de nuevo en un viaje a París y con quien no tarda en establecer una relación sentimental. Durante su estancia en esa ciudad entra en contacto con el movimiento surrealista y convive con personajes notables del movimiento como Joan Miró y André Breton, así como con otros pintores que se reunían alrededor de la mesa del Café Les Deux Magots, como por ejemplo el pintor Pablo Picasso y Salvador Dalí.

1938 Escribe un libro de cuentos titulado La casa del miedo y participa junto con Max Ernst en la Exposición Internacional de Surrealismo en París y Ámsterdam. Previamente a la ocupación nazi de Francia, varios de los pintores del movimiento surrealista, incluyendo a Leonora Carrington, se vuelven colaboradores activos del Kunstler Bund, movimiento subterráneo de intelectuales antifascistas.

1939 Max Ernst es arrestado por las autoridades francesas; la pintora sufre un episodio de depresión nerviosa, del cual se restablece rápidamente, sólo para verse obligada a huir a España, ante la invasión nazi. En España sufre otro colapso nervioso, que causa su internamiento en un hospital psiquiátrico de Santander. De este período la pintora guardará una marca indeleble, que afectará de manera decisiva su obra posterior.

1941 Escapa del hospital y arriba a la ciudad de Lisboa, donde encuentra refugio en la embajada de México. Allí conoce al escritor Renato Leduc, quien terminará ayudándola a emigrar. Ese mismo año contraen matrimonio y Leonora viaja a Nueva York.

1942 Emigra a México.

1943 Se divorcia de Renato Leduc. En México, la pintora restablece sus lazos con varios de sus colegas y amigos surrealistas en el exilio, quienes también se encuentran en ese país, tales como André Breton, Benjamin Péret, Alice Rahon, Wolfgang Paalen y la pintora Remedios Varo, con quien mantendrá una amistad particularmente duradera.

2005 Gana el Premio Nacional de Bellas Artes por el gobierno de México.

2011 Fallece a los 94 años en Ciudad de México el 25 de mayo.