Él era la noche. Henri de Toulouse-Lautrec, el noble caído en desgracia que se convirtió en el manto nocturno del París de la segunda mitad del siglo XIX; es un ser mitad mito, mitad realidad. ¿Cómo decirlo? Fue un ser real que se convirtió en literatura.

El París de Toulouse-Lautrec: impresos y carteles del MoMA llega a Bellas Artes y es una exposición que deja la quijada floja (de la sorpresa, se entiende). Es seguramente la selección más extensa que se ha hecho del trabajo litográfico de Toulouse-Lautrec. El francés se ganaba la vida haciendo carteles para los diversos tugurios del París romántico. Los cabarets y lupanares parisinos recibían su bautismo cuando Toulouse-Lautrec los dibujaba. Es impresionante la visión de diversos coleccionistas que guardaron esas obras que parecían hechas para el olvido, simple publicidad sin más significado que señalar el camino hacia unos tragos y unos pechos femeninos.

Toulouse-Lautrec? como testigo

La exposición de Bellas Artes traída desde el MoMA de Nueva York tiene a bien seguir los pasos de ese duendecillo dipsómano que fue el artista. Son más de 100 piezas que demuestran cómo el dibujante cambió el modo en que se percibía la publicidad y la honda huella que su uso del color dejó en los carteles promocionales ya bien entrado el siglo XX.

Pero, si me permiten, eso no es lo más apasionante de la exposición. Lo interesante es seguir la vida nocturna de Lautrec, un tipo al mismo tiempo gregario y solitario. Gregario porque le gustaba la fiesta y la noche; solitario porque siempre se supo un outsider: al ser un noble, aunque sea uno caído en desgracia, su mirada era periférica. Además, como cuenta su leyenda, su salud era endeble y su estatura era casi la de un enano, debido a una enfermedad de los huesos que desarrolló desde la infancia.

El Moulin Rouge fue la graduación de Toulouse-Lautrec en el mundo del cartel. Posiblemente enamorado de las bailarinas, se regodea en sus carnes para dibujarlas en el enorme cartel que es la pieza principal de la exposición.

Pero el conde, que eso era Toulouse-Lautrec, no se agotó en una sola obra para el cabaret, qué va. Es posible que el artista sintiera no sólo presiones económicas sino también un gran placer en dibujar mujeres, tragos, personas pasándola bien en lugares de baja estofa. Él era la noche: lejana y presente, testigo de la vida que está más allá. Por eso Toulouse-Lautrec era el testigo perfecto de una era que, de no ser de obras como la suya, hubiera sido olvidada: un puñado de poetas malditos a los que sólo leerían académicos en cubículos polvosos. Hoy ese París es el París que millones de turistas buscan al llegar a la Ciudad Luz.

La obra de Lautrec es bella y accesible, atrevida e impúdica. Se podría decir que para su tiempo era casi pornográfica. Algunos críticos han mencionado la importancia de Lautrec en el progreso de la sexualidad del paso de la era moderna a la posmoderna, sí, tan temprano como en el siglo XIX.

Y es que en la obra de Lautrec hombres y mujeres son libres para ejercer el erotismo de diversas maneras. La noche no tiene reglas.

El París de Toulouse-Lautrec es una exposición tremenda. Vale la pena hacer la fila para verla porque su obra es hermosa y divertida. Una de las grandes exposiciones del año, sin duda. El recorrido es largo pero apenas se siente. Al salir querrá comprar pósters y postales para llevarse un pedazo del duendecillo.

Palacio de Bellas Artes

?Av. Juárez y Eje Central, ?Centro

?Martes a domingo, ?de 10 am a 6 pm?

Entrada: $60.

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