Guadalajara, jal. Era una clase magistral, pero parecía un concierto de rock. El público iba tomando confianza y, con ello, pasó de pedirle tímidamente a Isaac Hernández que ejemplificara algunas de las precisiones que hacía a los alumnos que lo rodeaban sobre el escenario a exigirle que repitiera rutinas complejas que luego eran aplaudidas, vitoreadas sin tregua. Ese público lo conformaban, en su mayoría, las familias de los jóvenes bailarines sobre el escenario.

No fue una clase escueta, mucho menos corta. El primer bailarín del English National Ballet se tomó su tiempo para contar anécdotas, replicar consejos que ha recibido de sus tantos maestros, reconocer los buenos modos para desplazarse de los bailarines, la gran mayoría mujeres, y corregir gentilmente otro tanto. También conversaba con el público, que alternaba las miradas atónitas con arrebatos que lo hacían levantarse de las butacas.

“Trataré de compartir con ustedes cosas que me parecieron fundamentales en mis años de formación. Espero que podamos vernos en otro momento y ver cómo han aplicado lo que vimos aquí hoy”, advirtió desde el inicio de la clase, una vez que le colocaron el micrófono con diadema que le permitió ser escuchado en toda la Sala Plácido Domingo, del Complejo Santander, en Guadalajara, mientras se desplazaba entre los alumnos.

La complejidad de la clase, así como el desbordamiento de los de las butacas, fue gradual. Empezó con ejercicios frente a la barra: tendu delante, flexión con demi-plié, estiramiento. “El tendu se inicia con la parte más alta de la pierna y va hacia abajo, con el talón hacia adelante, pasa por los metatarsos y no llega a estirar el pie sino hasta donde ya no hay a dónde más ir”, empezaba diciendo, mientras ponía el ejemplo, tomando la barra frente a los cerca de 80 pupilos seleccionados para la clase. “El peso en todos los dedos del pie, las piernas bien estiradas. A pesar de estar haciendo un demi-plié, tenemos que intentar mantener la conexión de las piernas durante todo el proceso, y eso es lo que inicia la recuperación. De esa manera se construyen los músculos. Si hacemos solamente el movimiento no nos sirve de nada”, recomendaba, a la par que asumía las posturas.

Del público destacaban decenas de celulares capturando la clase. Las familias alternaban su atención entre lo que hacía su pequeña o pequeño sobre el escenario y el hipnótico paseo del ganador del prestigiado Benois de la Danse 2018 entre los atentos ejecutantes de la clase, a la par de que imitaba con las manos el movimiento que había que ejecutar con los pies.

“De la manera en la que les estoy explicando todo, deben mantener esa conversación todo el tiempo en su cabeza por el resto de su vida como bailarines. Ese trabajo depende solamente de ustedes, jugar con los tiempos, con la energía, con la dinámica de los diferentes pasos. El maestro te puede poner diferentes tiempos, pero soy testigo de que si en su cabeza no está el entendimiento, no van a construir lo que están tratando de construir”, compartió Isaac Hernández.

Ordenó que se retiraran las barras para comenzar con las rutinas más complejas. Ahí comenzó la participación más notoria del público, con las piruetas y los pasos largos que exigían de los jóvenes bailarines toda su pericia. Isaac ponía el ejemplo y las palmas se dejaban notar. Proponía otro movimiento más complejo y a esas palmas se le sumaban las loas y los ánimos para que el bailarín jalisciense repitiera dos, tres veces.

“El passé nunca llega a una condición estática en esta posición. Siempre hay movimiento”, explicaba, al momento en el que sus respiración agitada era notoria en el audio de la sala. “Dale acento al rond de jambe, delante y atrás. Usen los ángulos, si necesitan, para no pegarse, por favor”, eran las instalaciones que lanzaba aquí y allá.

Solicitó a la maestra pianista que acompañaba la clase que parara un momento. Se plantó de espaldas al público, de frente a los bailarines, para compartir una anécdota.

“Cuando hice por primera vez el Romeo de (Rudolph) Nureyev, me costó muchísimo trabajo, porque él coreografiaba todo. Yo no entendía. Me interesaba desarrollar el personaje, entrar al escenario, hacer mi versión de Romeo. Pero él coreografió todo, desde que entras hasta que sales del escenario. Los movimientos deben de tener una motivación. El cuerpo es lo que les da sentido”, explicó, antes de poner como ejemplo la rutina en la que el Romeo de Nureyev entra desde el fondo de la plaza, haciendo una pirouette.

“La pirouette es un paso que te ayuda a expresar muchas cosas en un ballet. No se hace por hacerla. Cuando está profundamente enamorado, el personaje no conoce otro lenguaje más que hacer la pirouette más energética. Si no ven el ballet de esa manera, nunca van a poder bailar en el escenario. Utilícenlo de esa manera, hasta en clase”, aconsejó.

A esa altura, las ejecuciones que ejemplificaba eran de gran complejidad y, con ella, la confianza de los espectadores, quienes ya habían contagiado a los alumnos, era estruendosa. Isaac lo asimiló de esa manera y se lució con breves pero efectivas muestras de la habilidad de un primer bailarín de una compañía de talla internacional.

“Terminamos por hoy porque si no, no llego a la gala del sábado”, declaró casi a manera de súplica para el colectivo insaciable.

Finalmente cerró su master class con un último consejo:

“Hay que estar constantemente en contacto con la realidad. El ballet se puede convertir en una burbuja. Y esa no es la realidad. Nuestro trabajo es pertenecer a esa realidad y hacer que en ella nosotros tengamos un lugar importante. No hay por qué hacer que la gente venga a vernos si no es por reflejar lo que ellos están viviendo”.

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