La imagen más lejana que tengo de José Luis Cuevas es viéndome, de joven, leyendo uno de sus Cuevarios . Habré tenido 13 o 14 años y Cuevas era algo así como un Pierre Louÿs fresa, artista fascinante y pornógrafo de best seller gringo que, en un ambiente casi siempre glamoroso, se cogía a cuanta señora conociera para luego alardear en el periódico.

Comentario crítico: lo que a finales de los 70 podía resultar erótico, audaz y cosmopolita, hoy sería visto como los diarios de un play boy de provincia, o bien, personaje de esa pornografía light en la que predominan los días lluviosos, los gatos, las escenas oníricas, las señoras ricas y maduras que cometen adulterio con un pintor de ojos verdemar, tipo Cuevas, que las inmortaliza en el lienzo.

Con mis amigos de entonces, quienes querían ser artistas, uno pintor, otro fotógrafo y el tercero músico, la primera exposición que vimos de Cuevas fue en una galería de San Ángel Inn donde, al entrar, había un pequeño tubo de ensayo que contenía, según la ficha técnica, semen de José Luis Cuevas .

Comentario crítico: lo que a principio de la década de los 80 era una provocación en el mundo del arte, en la actualidad puede significar dos cosas: o que Cuevas fue un visionario del performance entendiéndolo como se define ahora y no como se conocía en los 60 , cuyo legado encontró continuidad en los trabajos de Teresa Margolles, La Congelada de Uva e, incluso, de Niña Yhared; o que la procacidad guarra y objetual de Cuevas desde entonces ya se consideraba obra artística.

A mediados de la década de los 80, el padre de Miguel Ángel, el señor Merodio, quien montó incluso una galería de arte en la calle de Dinamarca, un sábado nos invitó al ahora artista conceptual Rubén Ortiz, a Migue y a mí a conocer a Cuevas en su casa de Galeana, también en San Ángel Inn. Apenas llegamos, José Luis nos mostró, orgulloso, los balazos incrustados en las paredes del pequeño museo que tenía en la planta baja de su residencia, marcas de cuando lo quisieron asesinar a razón de ya no recuerdo qué.

Luego pasamos a su estudio en la parte alta, que era un gran salón con mesas de diversos tamaños, libreros, libros por doquier, cuadros, espejos, una gran cama que Elena Poniatowska acaba de llamar catedralicia, pinturas, grabados, pinceles, etcétera. Ahí nos enseñó un álbum de autorretratos, fotografías tamaño pasaporte que se tomaba a diario, cada mañana, desde hace varios años.

Al poco rato llegó el videasta Manuel Bonilla, quien estaba filmando un documental de Cuevas; Bertha, su esposa, la cual dejó en claro que ahí era la que mandaba; la menor de sus hijas, que me parece es María José, en ese entonces una niña de 12 años que su padre colmaba de cariño. Así, mientras Manuel filmaba, y Rubén y Miguel tomaban fotografías, el resto del grupo platicábamos o escuchábamos al dueño de la casa que, pese a su egolatría, era encantador.

Comentario crítico: si bien al principio sus dibujos y grabados me parecían que iban al fondo de la condición humana, al adentrarme en su trabajo descubrí que casi todas sus imágenes no son más que un autorretrato repetido miles de veces y que, a la postre, Cuevas no estaba creando la gran obra, sino que ésta era el pretexto inconsciente o consciente de otra creación, la de sí mismo como personaje, como objeto de culto, más grande incluso que su Giganta .

Pasaron los años, Bertha falleció en el 2000 y José Luis se volvió a casarse con una señora, Beatriz del Carmen, quien poco a poco empieza a matar a ese personaje que Cuevas construyó durante décadas; primero, alejándolo de su familia, de sus amigos y, por último, de la escena pública. Más allá de herencias, Bakunin dice: La pasión por la destrucción también es un goce creador . Ésa es la única defensa de la viuda.