Gracias por ejecutarme y mandarme al cielo , dice un hombre sonriente mientras cuelga una medalla al cuello de Anwar Congo. Congo viste una túnica negra, detrás cae una cascada y una docena de modelos bailan al son de una melodía melosa.

No se trata de una comedia negra, a la usanza macabra de Hollywood, sino de The Act of Killing, la película que Congo y sus colegas filman a sugerencia del documentalista Joshua Oppenheimer. Un testimonio de los asesinatos cometidos después del golpe militar de 1965 en Indonesia por escuadras de la muerte y el grupo paramilitar de Pancasila Youth.

Aunque hayamos escuchado mil veces aquello de la historia la escriben los vencedores , nada nos prepara para este viaje a una realidad que sacude nuestras expectativas más profundas, no sólo de justicia social, sino de lo que consideramos la más elemental humanidad.

Después del mencionado golpe de estado militar, en Indonesia se ejecutaron entre uno y millones de personas. Una limpieza étnica y política donde se eliminaba a los chinos y a los comunistas . Para ello el nuevo gobierno dio carta libre a grupos de autonombrados gángsters, que en la definición local significa hombres libres .

En la mayoría de los países un suceso así hubiera dejado cicatrices imborrables en el tejido social que hubieran llevado, años más tarde, a una búsqueda de justicia, confrontación con los sucesos buscando una eventual reconciliación. En Indonesia no.

Ahí, los asesinos de esos años son los héroes de hoy, celebrados por el gobierno y los medios, mirados con reverencia y pavor por la población civil. El grupo Pancasila Youth, un ejército paramilitar de uniformes color naranja, fue uno de los responsables de la masacre y hoy suma 3 millones de miembros (superando al ejército indonesio 10 veces en número).

En un documental que tomó ocho años filmar, Oppenheimer se acerca a algunos de los líderes de esos gángsters [sic] y les propone hacer una película, donde ellos elijan los actores, el tono y las situaciones, para que narren su versión de los hechos. La versión de los ganadores.

Esto de sí ya es inusual, pues la narrativa del genocidio y la búsqueda de justicia y destape de secretos ha sido tradicionalmente una labor empujada por las víctimas y ocultada con vergüenza por los victimarios. En el caso Indonesio las víctimas fueron exterminadas, y los victimarios no sólo están en el poder, sino que han vuelto parte de su discurso la narración casi épica de los crímenes.

Quizá por ello, la perspectiva de Oppenheimer sea tan brillante. Consigue un grado de confianza insólito con los sujetos, mientras planean su película, mientras intentan a convencer a temerosos habitantes de la ciudad a que participen haciendo de víctimas , mientras ruedan sus delirantes versiones de lo sucedido y finalmente mientras registra sus reacciones y reflexiones frente al resultado.

Es imposible mirar The Act of Killing (uno de los documentales nominados al Oscar este año) sin sentir tanta indignación como perplejidad. La película se centra, principalmente en Anwar Congo, un viejo, responsable personalmente, según sus cuentas, de más de 1,000 asesinatos. Algunos de los cuales le quitan el sueño .

Ver a Congo y sus compinches comentando cómo fueron puliendo sus métodos de asesinato inspirándose en películas de Hollywood es escalofriante: Los Brando y los Pacino nos inspiraron a mejorar nuestra técnica , explica Congo mientras muestra a la cámara cómo usar un alambre para estrangular a uno de los extras de su película, antes los matábamos a palos, pero ensuciaban demasiado por la cantidad de sangre .

La película no muestra violencia y no lo necesita. Es el tono desenfadado, anecdótico, frío y celebratorio de los asesinos el que nos deja pasmados. La desconexión con las emociones y compasión humanas.

Imposible saber qué les dijo Oppenheimer para conseguir tal nivel de acceso, pero frente a él, figuras del gobierno del país (el vicepresidente y algunos ministros), líderes paramilitares y candidatos al congreso, exhiben no sólo la corrupción absoluta de una sociedad podrida, sino una donde los valores que solemos considerar como elementales han desaparecido.

Oppenheimer no interviene, no sale a cuadro, apenas hace alguna pregunta. Su sobriedad e inteligencia son asombrosas. Nunca hace un juicio moral, etiqueta o condena. No hace falta. En una escena clave, Congo, después de hacer de víctima, afirma que ya sabe lo que sintieron aquellos a los que mató. Oppenheimer le replica, detrás de cámaras: Para ellos fue peor . Congo parece no entender: ¿Por qué, Joshua?. Porque esto es una película y ellos sabían de verdad que iban a morir , le responde el director, minutos antes del magnífico final.