Es invierno y el viento tiene el sonido lúgubre del desamparo. Desde el Puente Carlos, las cosas parecen mejores, la sensación de vacío es sólo eso, sobre todo luego de tomar un absinthe, el hada verde, que enmienda los días precarios del pasado.

Praga es memoria extraña. Su aspecto deslumbra por esa oscuridad que fascinó a los aspirantes al encuentro esotérico al estilo del emperador Rodolfo II de Habsburgo (1552-1612), rey de Bohemia y Hungría, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, sobrino de Felipe II, quien trasladó su corte de Viena a la hermosa capital de la ahora República Checa. En esa ciudad de aspecto expresionista, con su barrio judío en el que se encuentra la sinagoga de la que emerge la figura mítica del Golem, sus callejones estrechos, sus muros ennegrecidos por el paso del tiempo, surge Franz Kafka (1883-1924).

Hace años se hizo popular una puesta escénica de La metamorfosis, en la que se autodirigía el cineasta Román Polanski en una interpretación de Gregorio Samsa, ese personaje que se convierte en insecto. La obra le valió alabanzas de los críticos teatrales.

Por cierto, en esa obra el cuerpo de un hombre se transmuta en bicho indefinido. ¿Quién podría olvidar el inicio de ese relato estremecedor?: Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontrose en un su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba punto de escurrirse hasta el suelo .

Praga era un entorno extraño, que sostenía y atrapaba, a la vez, a sus habitantes; en vínculo con su grupo social, se distinguían si hablaban otra lengua, el alemán, por ejemplo. Kafka era un ser solitario, un paseante en la Praga de los magos que se convertía en algo real, en un espacio aturdido que convertía a sus ciudadanos en entidades ambiguas. Tal vez en un potentado, en un diplomático o en un redactor de informes de nefasta verbosidad o de aplastante simpleza. Kafka estuvo en ese vendaval, como el que se siente desde el Puente Carlos en las noches invernales. Resulta claro que alguien con la sensibilidad del escritor se percibiera como un insecto de vientre abultado y caparazón, uno más de los que pululan por los barrios bajos y que se deslizan por las callejuelas.

El ensayista Paul Landsberg dijo sobre La metamorfosis que todo en ella está dado: Como algo evidente, impuesto brutalmente como un hecho innegable .

En los textos del escritor checo lo que aparece con toda claridad es el rechazo al cuerpo enfermo, magro y debilitado que posee. En El artista del hambre , el personaje es ascético y su masa corporal disminuye en la medida en que logra su maestría en el arte de las abstenciones alimentarias. En las cartas y diarios del escritor están las referencias a su organismo tuberculoso que de pronto está atrapado por necesidades físicas que son imposibles de cumplir. Una es la voluntad del deseo y otra, la incapacidad patológica.

Praga y Kafka forman un nudo inseparable. Se está en la bella urbe, de mujeres de belleza celestial y de actitudes profanas, y se está en el centro de un universo que alcanzó un grado supremo en las letras universales.

Praga la esotérica, Praga la de las torres puntiagudas, Praga la que vivió el asedio de los tanques soviéticos, Praga la que cohabita con un turismo exacerbado, Praga la de los carteristas, Praga la infinita y la que bordea el asombro y el misterio. Kafka perdió su cuerpo y ganó el alma de una literatura portentosa. ¿Qué más se le puede pedir a una ciudad?