Si tan solo hablaran los muros del predio con el número 45 de la calle Héroes, en la colonia Guerrero, sus historias dirían mucho de la historia del país, de su arquitectura, de una de las grandes eclosiones de la cultura en el país, pero también podrían decir suficiente sobre el romanticismo, así como del olvido y, finalmente, del rescate de su esplendor.

Es la Casa Rivas Mercado, una residencia ecléctica, única en su tipo por interminables motivos, construida entre 1893 y 1897 por el célebre arquitecto Antonio Rivas Mercado durante la bonanza de la colonia Guerrero, para hacer de ella su lugar de residencia junto con su esposa Matilde Castellanos y su hija Alicia. Más tarde, en esa casa nacieron y vivieron su infancia la evocadísima mecenas Antonieta Rivas Mercado y sus hermanos, Mario y Amelia.

Se trata de una residencia que, a pesar de su peso histórico, se fue quedando a la deriva después del suicidio de Antonieta, en Notre Dame, París, el 11 de febrero de 1931, y de la venta de la propiedad por parte de su hermana Amelia, la menor y última habitante de la familia. Posteriormente fue acondicionada para convertirse en un colegio, una función que casi cuesta la pérdida definitiva de ese patrimonio inmueble.

Muchos son los estruendos históricos del país que hicieron reverberación en la Casa Rivas Mercado, desde la Revolución Mexicana, cuando era residida por Antonieta, hasta el sismo de 1985, cuando finalmente dejó de ser un colegio a causa de su profundo deterioro estructural. Desde entonces, permaneció en el abandono por poco menos de tres décadas e incluso estuvo a punto de ser demolida para dar paso a un edificio residencial, situación que fue impedida por los vecinos de la Guerrero. Pero hoy está de pie y, más que eso, el poder de su lenguaje arquitectónico ha vuelto a hablar por sí mismo y dice: esplendor.

Arquitectura para seducir

Recorrer esta casa de tres niveles y 1,567 metros cuadrados es una experiencia emocional. Hay en su arquitectura mucho de evocación sobre un pasado fulgurante. Hay también en sus muros, sus pisos decorados de manera infatigable y sus contrastes de luz una fuerza que apuntala la historia irredenta de la familia Rivas Mercado.

El Economista acompaña al arquitecto Gabriel Mérigo Basurto, mente maestra detrás de los 10 años de trabajos de restauración, quien comparte los pormenores de la proeza de restituir esta casa de eclecticismo que, dice, “es el lenguaje del romanticismo”.

Basurto define a la Guerrero como una colonia dura, sí, pero muy culta, llena de artistas y de corazón. Reconoce la sensibilidad de los vecinos, quienes se acercaron al gobierno de la Ciudad de México, entonces encabezado por Alejandro Encinas, para exigir que no se demoliera la casa, dado que esta es parte imprescindible de su identidad. Esa acción permitió que la casa fuera catalogada por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y se otorgara un Permiso Administrativo Temporal Revocable (PATR), a través del cual, el gobierno de la ciudad otorga a una persona física o moral el uso de inmuebles, es decir, una autorización por medio de la cual el particular puede ejercer una actividad para la que está previamente legitimado. Este PATR se entregó a la Fundación Conmemoraciones, presidida por Ana Lilia Cepeda, quien entonces también era directora del Fideicomiso del Centro Histórico.

“Estaba al borde del colapso. Venía la solicitud de demolición con un anteproyecto para la construcción de una serie de viviendas de interés medio para sustituir esta casa hermosa”, dice Mérigo Basurto al interior de esta construcción cuya hechura, afirma, tiene la capacidad de seducir a la gente. Porque “la arquitectura de hoy en día no nos seduce, no nos involucra, no nos hace sentir lo que nos hacía sentir la arquitectura tradicional”.

Rompió con los estereotipos

Es una construcción rebosante de detalles: los ocho tipos distintos de cantera, la torsión de la herrería en las celosías, las escalinatas dobles de la entrada principal, los maceteros y las bajadas de agua; las formas de la fachada, las más de 50 mil piezas distintas de cerámica que componen 90 patrones de diseños distintos en el piso de toda la casa, que pareciera que nunca se anda por el mismo suelo; el fulgor de la madera de la escalera interior y de los marcos de cada puerta; la terraza con capiteles de evocaciones prehispánicas y el verde esmeralda de las arquitrabes, por mencionar un puñado de elementos.

Y es que se trata de una construcción que pone en armonía el victoriano inglés, el art noveau, el estilo renacentista, los elementos clásicos y árabes, con una ubicación a 45 grados con relación a la calle, lo cual rompía rotundamente con las reglas estereotipadas de la época.

El restaurador explica que Rivas Mercado sabía que el criterio ecléctico “no es más que voltear a la historia y a la geografía, es inspirarse en los lugares lejanos; utilizar los distintos estilos arquitectónicos como una paleta de trabajo. Y esto no correspondía con la arquitectura neoclásica que era el lenguaje de la Ciudad de México, una imitación muy precisa de los modelos romanos tomados de las revistas europeas, en los que ni siquiera correspondía la fachada con lo que sucedía dentro de los edificios. Y él comenzó a cuestionar todos esos modelos y a generar esta arquitectura que responde a involucrar los sentimientos y la emociones en la producción arquitectónica”.

Una notable inclinación

Los más de 90 modelos distintos de azulejos que componen los pisos de la Casa Rivas Mercado la hacen una de las más ricas en cerámica del país. Todos los ejemplares fueron adquiridos en Inglaterra por su edificador; las adquirió de la prestigiada empresa Craven Dunnill Jackfield, cuya fábrica y moldes originales forman parte del Patrimonio Cultural de la Humanidad, puesto que la fábrica se ubica en el lugar donde se detonó la Revolución Industrial.

Amalia Rivas Mercado vendió la casa a un hombre que fundó ahí mismo el Instituto Washington, el cual fue tan popular como problemático para la estructura. El nuevo dueño demolió la parte de las caballerizas y las bodegas, en el costado izquierdo de la casa, y levantó un edificio que, con su peso y el paso del tiempo, fue sumiendo dicho flanco hasta generar en ella una inclinación de 90 centímetros que hoy en día es sumamente notable.

El restaurador agrega que al inicio de la evaluación se encontró con que todos los muros habían sido aplanados con una capa de 5 centímetros de cemento “para que no pudiéramos percibir el daño que tenían los muros. Gran parte de los tabiques estaban quebrados, ya no tenían capacidad de carga. Tuvimos que rehacer todos los muros, quitar tabique por tabique”.

Al restaurar una casa, concluye Mérido Basurto, “hay un compromiso teórico con todas las convenciones internacionales que se han firmado por parte de nuestro país en el que lo que tenemos que hacer es responder a la situación original de la casa, porque no podemos inventar nada, sino que todo tiene que ser una respuesta clara a lo que fue en su momento, porque finalmente es un testimonio histórico que es fundamental”.

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