Hoy en día la reseña literaria es un arte poco practicado y poco leído, arronzado en los suplementos literarios, consumido, al parecer, ya solo por especialistas de las letras.

No siempre fue así. En los albores del periodismo de masas, la reseña de libros y de obras de teatro así como de espectáculos varios era la sal de los diarios; la gente leía el periódico para saber qué valía la pena ver, escuchar y comprar.

Por eso Costas extrañas de J. M. Coetzee, ganador del Premio Nobel, es un libro fascinante, raro, como indica su título: un repaso crítico con reseñas extensas, que rozan con el ensayo, sobre clásicos en lengua inglesa (con algunos agregados de otras lenguas) y algunos de los contemporáneos del autor.

Y aun más raro porque aparece en versión de bolsillo, es decir como lectura casual. ¿De verdad es para leer en el metro una larga reseña sobre las dificultades de traducir a Kafka del alemán al inglés? ¿O una larga disertación sobre el valor no religioso de la virginidad en Clarissa de Samuel Richardson?

Pues tanto así como para leer en el metro no son, pero vaya que sí, las reseñas de Coetzee son tan fluidas y amenas que vale la pena cargar con el breve volumen a todas partes. Cada texto es como entrar a una conferencia magistral sobre literatura (no hay que olvidar que Coetzee ha sido catedrático en varias universidades).

Son textos minuciosos, ordenados, claros, sin juicios extravagantes, pero fáciles de leer. La mayor parte de estas reseñas aparecieron originalmente en The New York Review of Books, así pues, están pensadas para ser leídas por lectores, no por especialistas académicos.

Algunos son muy densos y requieren de la lectura previa de la obra referida, la mayoría sirven muy bien como invitación a buscar o releer.

Resalta, por ejemplo, la buena nota histórica que acompaña la reseña de Robison Crusoe de Daniel Dafoe (en la que nos enteramos que Defoe publicó Robinson como si fuera el testimonio verídico de un náufrago inglés). También es fascinante la visión anglosajona de Jorge Luis Borges a través de la pluma del profesor Coetzee.

Mucho más apasionados se leen los ensayos que dedica a sus contemporáneos de la África blanca, especialmente la reseña comparativa entre Nadine Gordimer e Ivan Turgueniev, y el que dedica a los volúmenes autobiográficos de Doris Lessing. Es claro que Coetzee admira a ambas escritoras, aunque no duda en señalar lo que a su parecer son las debilidades de ambas.

En suma, Costas extrañas es una lectura para hacer con calma, un paseo plácido por los contornos extranjeros de la prosa crítica del ganador del Nobel.

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